En el epílogo de Antes del fin, titulado «Pacto entre derrotados», Ernesto Sábato recuerda una fotografía del terremoto que destruyó años atrás Concepción de Chile. Describe a una mujer indígena barriendo con una vieja escoba ese pedazo de tierra apisonada delante de su casucha, un ranchito hecho de chapas de zinc y de cartones. Es un ejemplo de cómo la esperanza de reconstruir sobre las ruinas es una constante del espíritu humano y, sobre todo, del coraje y la resistencia que tiene la mujer.
Sábato también hace referencia a un verso del himno «Patmos», de Friedrich Hölderlin: «Donde hay peligro, crece también lo que nos salva». Porque «cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia, nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad». El papa Francisco, en su libro Soñemos juntos: el camino a un futuro mejor, cita también el mismo verso de Hölderlin y reflexiona: «Siempre hay una salida para escapar de la destrucción. La humanidad tiene que actuar precisamente ahí, en la amenaza misma: es ahí donde se abre la puerta».
El 14 de octubre, mi amigo Rodrigo Noriega escribió un artículo que tituló «En busca del sentido de la vida», en el que relata su experiencia con el terremoto del 9 de octubre. Es un testimonio de una humanidad y una sensibilidad loables, que Rodrigo cierra con un consejo para los lectores: «[…] puede imaginarse contándoles a sus nietos, o a los niños de una escuela primaria, cómo se vivió ese evento y las mil maneras en que las personas fueron solidarias. A lo único a lo que debemos tenerle miedo es al miedo».
La propuesta de Rodrigo Noriega me remite al concepto del sociólogo Zygmunt Bauman que podemos leer en su libro Retrotopía. La retrotopía (lo contrario de la utopía) es el intento de buscar el mundo ideal en un pasado perdido/robado/abandonado. Mientras Bauman propone integrar a la humanidad desde un pasado en el que refugiarse, es decir, la nostalgia como mecanismo de defensa ante un futuro inseguro, Rodrigo Noriega apela a imaginar un futuro en el que la memoria es también una reconstrucción colectiva y una forma de salvación como comunidad.
Los seres humanos gravitamos entre la esperanza y la desesperanza, entre la incertidumbre y la certeza, entre el sufrimiento y la felicidad. Es una dualidad que nos permite, como especie, tener algo esencial: el sentido de comunidad. En comunidad tenemos la capacidad humana de celebrar y también de sufrir. Es algo fundamental para crear futuro, porque sin esperanza no hay futuro. Solo en comunidad podemos aspirar a tener futuro. En medio de una crisis, el sentido de comunidad se expresa en la solidaridad del presente para narrar el futuro.
De allí el valor y la fuerza de las palabras. Estos días de miedo e incertidumbre he pensado en qué palabras debemos buscar y rescatar. Hice una breve lista de palabras: pensamiento, belleza, conocimiento, esperanza, pasado, resistencia y otredad. Tomaré dos como ejemplo: belleza y otredad.
Pese a que los ideales de belleza cambian con las épocas y las culturas, debemos recuperar el asombro por las cosas pequeñas donde habita la belleza. La belleza se encuentra en la experiencia personal y colectiva. Lo hemos comprobado estos días. En medio de la crisis, la belleza puede aparecer en lugares inesperados: en una conversación entre madre e hijo que se llaman para saber si están bien, en el rostro de una persona mayor, en la solidaridad de una comunidad o en un recuerdo.
Días después del terremoto, una señora mayor y humilde entró en la biblioteca donde trabajo para vender limones. Se sentó y conversó con nosotros. Nos habló de su experiencia y de sus cosas. La miré y le hice algunas preguntas. Comprobé que la belleza no está siempre en los grandes paisajes o amaneceres; también puede estar en los rostros de la gente simple, en el otro. La prisa cotidiana, la distracción, los problemas o el trabajo suelen ocultar la belleza.
Y esto me lleva a pensar en la otredad. Para reconocer la otredad, debemos comprender que las personas no necesitan ser iguales para sufrir las mismas experiencias traumáticas, para compartir derechos y responsabilidades. La capacidad de ayudar, escuchar y reconocer la dignidad de quienes no piensan como nosotros cobra un valor humano en medio de la urgencia. El encuentro con el otro supera nuestra identidad, pero fortalece la dignidad porque nos permite descubrir en otras miradas el dolor que compartimos.
Tal vez hay otra palabra que debo sumar: pueblo. Termino citando otra vez al papa Francisco. «¿Qué significa ser un pueblo?», se pregunta Francisco. Y él mismo se responde: «Pueblo es una categoría de pensamiento, un concepto mítico, pero no en el sentido de una fábula o una fantasía». La categoría mítica del pueblo se expresa en la cultura, en su memoria colectiva. «Un pueblo está unido por esa memoria atesorada en la historia», dice. Lo que nos pasó el 9 de octubre de 2026 quedará en la memoria. No para contar el relato de miedo de un pueblo, sino una historia épica de valor, solidaridad y dignidad.
El autor es escritor.

