Desde los albores de la civilización, la humanidad ha firmado pactos de todo tipo: entre Estados, entre organismos internacionales y entre enemigos. Algunos cambiaron el curso de la historia, como los Tratados Torrijos-Carter o el acta de rendición incondicional de la Alemania nazi. Otros sellaron reconciliaciones contra todo pronóstico, como la de Elton John y Madonna, que enterraron el hacha tras años de rifirrafes. Y otros acabaron en letra muerta: el pacto Molotov-Ribbentrop duró lo que tardó Hitler en lanzar la Operación Barbarroja, y el último tratado de control nuclear entre Washington y Moscú expiró discretamente en febrero pasado, abandonado a su suerte. ¡Tic, tac! El Reloj del Apocalipsis da la hora: 85 segundos para la medianoche.
Hay pactos que terminan en tablas: nadie gana, nadie pierde y, peor aún, nadie les para bola. El Protocolo de Kioto, por citar un caso, ni lo ratificó Estados Unidos ni lo tomó en serio medio planeta. Yo tampoco, lo admito: todavía extraño las bolsas plásticas del supermercado. Al otro lado del océano, incluso hubo pactos capaces de saltar por encima de las trincheras ideológicas, aunque fuera por un rato. En plena Guerra Fría, con el Muro de Berlín recién levantado, las dos Alemanias desfilaron como un solo equipo olímpico en los Juegos de Tokio 1964. Y, trágicamente, hay partidas cuyo último movimiento nunca llega: los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993 entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina, se fueron al traste tras el asesinato del primer ministro Isaac Rabin, dos años después, y la violencia extrema entre los herederos de Abraham.
Pero también hay motivos para el optimismo —¿por qué no?, hasta panglosiano—. En 1985, más de cuarenta estrellas convocadas por Michael Jackson, Lionel Richie y Quincy Jones grabaron “We Are the World” para combatir la hambruna en Etiopía. A veces, la suma de voluntades pesa más que la voz de los solitarios. Aunque no siempre: cuando un puñado de figuras del género urbano colombiano se juntó en “+57”, bastó un verso que sexualizaba a una adolescente para demostrar que no por juntar muchas cabezas se evita la burrada. Otras veces, en cambio, los pactos de venganza se fraguan a lo Shakira y Bizarrap: convirtiendo el despecho en un éxito mundial, claramente a costa de los aludidos.
Sin embargo, la humanidad también ha protagonizado escenas de memorable grandeza. Tras el genocidio, Ruanda ensayó una forma de justicia restaurativa que no se limitaba a castigar, sino que buscaba la verdad, el reconocimiento del daño y, allí donde todavía fuera posible, la reconciliación. Colombia, nuestro hermano vecino, intentó algo parecido con las guerrillas, aunque hoy en la Casa de Nariño ruge un tigre que promete mano dura donde antes se buscaba la paz —o el olvido—, y en la espesura de la selva más de uno se quedó pasmado.
Por ironía del destino, caprichoso como siempre, hay amistades que no resisten consejos, y basta un arrebato para que se rompa la palabra empeñada. Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, vecinos y compañeros de copas en Barcelona, y futuros premios Nobel de Literatura, terminaron a puñetazos en 1976, cuando el peruano no le perdonó al colombiano haber hecho de consejero amoroso durante su crisis con su entonces esposa, Patricia. Ni hablar de la eterna disputa entre los fanáticos de Messi y Cristiano Ronaldo, que llevan casi dos décadas lanzándose dardos envenenados sin zanjar la única pregunta que importa: quién es el mejor. Y, por si fuera poco, están los pactos que llegan tarde, aunque vengan cargados de buenas intenciones —o rebosantes de intereses—, como el que la Meta de Zuckerberg acaba de firmar con los fiscales de prácticamente todo Estados Unidos, y que pertenece a una categoría tan vieja como el dinero: la del que paga para no responder.
Hoy, en Panamá, amanecemos con el debate sobre la reapertura de la mina. Ya ensordecen las acusaciones escatológicas entre bandos opuestos. Pero si algo enseña la historia es que ningún pacto dura sin verdad y sin reconocer al otro. Ojalá se piense en los miles de desempleados y en quienes salieron a las calles a defender sus ideas, y que la pasión no nos robe la cordura. ¡Tic, tac!
El autor es psicólogo clínico y forense.


