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Diálogo

Nuestra América: entre dos relatos y la esperanza

En el marco de los 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá (voy a prescindir de la palabra ‘celebración’ porque no hay demasiado que celebrar)

América Latina atraviesa un momento históricamente crítico. Está crisis se da entre las tensiones de dos relatos. Por un lado el relato que se construye desde el miedo al otro, desde imaginarios de presencias malignas, desde la militarización y neocolonización, desde la inseguridad y los fake news. Y por el otro lado el relato que se narra desde los derechos humanos, desde la justicia social, desde el cuidado del medio ambiente, desde la memoria, la educación y la cultura.

Doscientos años después del Congreso Anfictiónico, América Latina sigue buscando ese lugar donde la libertad, la democracia y los derechos humanos y la identidad tengan un espacio con el sentido que Bolívar quería para el continente: soberanía real. Estos ideales siguen siendo proyectos por conquistar, utopías que se alejan en el horizonte y caminos que parecen cada vez más duros de andar porque las principales barreras nacen de la confrontación que tenemos con nuestras propias falacias y defectos.

Más allá de las celebraciones oficiales, del arrullo diplomático, del gesto protocolar, grandioso sería que en las escuelas, los barrios, las comunidades campesinas e indígenas, en las universidades y los espacios culturales se convocara a la gente para conversar de los valores de las ideas y el pensamiento, de qué significa la palabra patria en estos momentos; hablar de qué es América Latina y por qué es una región estratégica en la hegemonía hemisférica; si en verdad existe la democracia y la libertad de los pueblos o quiénes son los que verdaderamente son una presencia maligna y necesitan de la sumisión como base de su seguridad global y militar.

De eso deberíamos hablar para honrar la memoria del Libertador. De nada sirvió que el hombre cabalgara por Nuestra América para liberarnos de los colonizadores torvos, solo para que ahora casi todo el continente esté en la sumisión total y con líderes trumpificando sus conductas porque son pequeños trumpitos que mimetizan ideas ajenas para resolver los problemas de la manera más despiadada que afectan a los más necesitados, porque el culto al poder es más importante para ellos que la gente.

La pregunta que debemos hacernos es cómo responder a esta realidad sin caer en la trampa de la confrontación inútil. Por eso es importante reflexionar en lo que José Martí quería decir con frases como “Trinchera de ideas, valen más que trincheras de piedra” o “Saber leer es saber andar”. Son las ideas, el pensamiento, el conocimiento los elementos que pueden ayudarnos a defender Nuestra América del miedo.

El miedo es el principal combustible que enciende la chispa de la trumpificación. La cultura del poder se alimenta del miedo: lo produce, lo gestiona y lo capitaliza. El miedo legitima la mentira y construye muros. Contra el miedo debemos crear relatos que le devuelvan la dignidad y la esperanza a la gente. La esperanza frente al miedo propone la comunión de ideas. La comunión crea comunidad y así nace el diálogo que, a la vez, desafía la lógica del miedo.

Es por eso que debemos crear espacios para dialogar, para pensar, para que las ideas sean trincheras de resistencia y esperanza. Y para que no digan que esto es puro romanticismo y que por eso las personas progresistas hemos perdido el relato en las urnas, porque no sabemos combatir los miedos de la sociedad con propuestas efectivas, hay que recordar que la tecnología, la ciencia, la economía y la cultura jamás habían sido tan importantes para servir a la humanidad y por eso las han empobrecido.

Es la cultura la que crea consensos en la comunidad desde la conversación.

Pensemos en algo muy sencillo como un círculo de lectura. No un congreso ni un foro. Un simple club de lectura. La lectura es una forma de resistencia; una palabra que no le gusta a la ultraderecha. No leemos solo por placer, sino para desmantelar los relatos del miedo: la propaganda que convierte al migrante en enemigo, la indiferencia hacia la naturaleza, las ideas ultraconservadoras de que las mujeres no deben votar o que los ambientalistas están locos.

Otra vez: La cultura como antídoto para combatir el miedo. La lectura crítica, la memoria histórica y la construcción de relatos alternativos se fortalecen desde pequeñas acciones concretas como clubes de lectura en bibliotecas públicas de barrios populares, teatro comunitario, cine foro en centros culturales, debates juveniles en las escuelas, encuentros sucesivos de escritores y artistas, donde se genere la discusión saludable.

Entonces, desde las raíces de la memoria histórica y los ideales del Libertador de Nuestra América, desde los libros y el pensamiento que desafían la superficialidad del algoritmo y la postverdad; desde la solidaridad, la fraternidad, la justicia y la dignidad de los pueblos, volvamos a dialogar y pensar. Frente al vacío ético, frente a la militarización, frente a la mentira, frente al miedo y la división, no dudemos en preguntar: ¿Para qué sirve el poder? ¿Qué sociedad queremos construir? ¿Para que sirve la cultura?

El autor es escritor.


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