Que panameños, voluntariamente o no, hayan sido reclutados para participar en una guerra es solo un síntoma de un mal mayor: la miseria política. Lo que está propiciando el gobierno es de una bajeza poco vista en estos años de democracia. El trofeo, la manipulación del relato y tensionar la economía hasta hacer gemir a la gente por la reapertura de una mina que ha sido ruina ambiental y ganancia para otros convierten a este gobierno en uno de los peores.
Insinuar que es por la mina cerrada que panameños tienen que emigrar a conflictos armados para poder trabajar es de una vileza que merece todo nuestro desprecio. Con la desmemoria bien aprendida en estos años, ahora resulta que toda nuestra renta como país está en el cobre, y es tanta la plata que sacaremos de allí que se acabarán todos nuestros males, como si la mina no hubiera estado abierta durante años, en contra de la ley y sin rentar apenas a las arcas estatales.
Ojo con los nombres de los nuevos jefes de las comisiones de la Asamblea; ojo con los que se postulan en nuevos o renovados partidos, viejas ruinas, descarados enemigos de la decencia y amantes fervientes del trago caro, de los fastos y las fiestas; mediocres recién llegados que, con su blando silencio y su «¡sí, señor!» a los arrogantones del patio asambleario, solo contribuyen a que se perpetúe un sistema al servicio de los de siempre.
La miseria política está amenazando nuestra democracia. La consigna es mantenerse en el poder, contando con el legítimo 34%, e ignorando a la amplísima mayoría que no votó por ti y a la cual también te debes. Pero no, se es proempresa, que está bien, pero reduciendo a los ciudadanos a mano de obra hambrienta y barata, que no dirá que no al peor de los sueldos con tal de poder comprar en los mercaditos de la miseria, habilitados para no prosperar nunca.
El autor es escritor.


