Durante años nos dijeron que el futuro de la educación estaba en la tecnología. Primero llegaron las computadoras, después las tablets, luego las plataformas educativas y ahora, nuevamente, las laptops. Cada anuncio se presenta como una señal de progreso y cada compra millonaria parece venir acompañada de la misma promesa: mientras más tecnología tengan nuestros estudiantes, mejor preparados estarán para el futuro, como si estuviéramos cosechando mucho progreso con las meduquitas de la generación del cambio.

El problema es que los resultados comienzan a contar una historia muy distinta de la que nos quiere vender el gobierno proempresarial.

Las pruebas PISA de la OCDE muestran un deterioro preocupante del rendimiento de los adolescentes. Las puntuaciones en matemáticas y lectura vienen cayendo desde hace más de una década y el descenso no puede explicarse únicamente por la pandemia. En lectura, incluso, el deterioro continúa acelerándose. Los jóvenes de hoy tienen acceso a más información que cualquier generación anterior y, paradójicamente, parecen tener cada vez mayores dificultades para comprenderla.

Ahí debería comenzar la verdadera discusión sobre las laptops del Meduca.

Porque nadie puede negar que una computadora puede ser una magnífica herramienta educativa. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es que entregar computadoras, por sí mismo, mejore la educación.

La tecnología llegó prometiendo democratizar el conocimiento, pero también transformó profundamente la manera en que las nuevas generaciones consumen y procesan información. Cada vez leen menos textos largos y pasan más tiempo desplazándose entre videos, mensajes, notificaciones y contenidos diseñados para capturar su atención durante segundos. Andreas Schleicher, responsable de educación de la OCDE, ha advertido incluso sobre el aumento de los llamados lectores apresurados, jóvenes que recorren rápidamente un texto, pero comprenden poco de lo que acaban de leer.

Y mientras esto ocurre, seguimos celebrando la llegada de más pantallas de laptops a las aulas con Ventura.

Quizás estamos formulando mal la pregunta. En lugar de preguntarnos cuántas laptops puede entregar el Meduca, deberíamos preguntarnos cuántos libros completos leen nuestros estudiantes, cuánto comprenden de ellos, cuánto tiempo pueden permanecer concentrados, qué tan bien escriben y si son capaces de resolver un problema matemático sin depender de una aplicación.

Porque la comprensión lectora no sirve únicamente para aprobar Español. Un ciudadano que comprende lo que lee puede analizar un contrato, interpretar un presupuesto público, cuestionar una propuesta electoral y descubrir cuándo un discurso político intenta manipularlo.

Y aquí el asunto deja de ser exclusivamente educativo. Se convierte en un problema democrático.

Una sociedad que pierde progresivamente su capacidad de leer, analizar y cuestionar también pierde una parte de su capacidad para vigilar a quienes ejercen el poder.

Tal vez por eso, antes de celebrar cada nueva pantalla, deberíamos recordar cómo comenzó todo. Nos dijeron que venían a mejorar la educación.

La pregunta es si alguien se ha detenido a comprobar que realmente lo estén haciendo.

La historia resulta todavía más preocupante cuando miramos hacia atrás.

Durante años confundimos modernización con digitalización y, poco a poco, terminamos confundiendo digitalización con educación. Comenzamos a medir el progreso por la cantidad de dispositivos entregados, la velocidad del internet y el número de plataformas disponibles, mientras aquello que realmente determina la calidad educativa quedó relegado a una conversación mucho menos atractiva: profesores bien remunerados, disciplina, lectura, conocimientos sólidos, exigencia académica y capacidad de razonamiento.

La propia experiencia internacional debería hacernos reconsiderar el camino.

La OCDE ha cuestionado el uso desordenado de software educativo y Schleicher ha advertido que demasiados alumnos han terminado convertidos en sujetos de prueba de tecnologías cuya eficacia pedagógica no estaba suficientemente demostrada. Al mismo tiempo, algunos sistemas educativos que han resistido mejor el deterioro internacional han apostado por algo bastante menos novedoso.

Inglaterra reforzó los contenidos de sus programas, aumentó el rigor de sus exámenes, fortaleció las inspecciones y recuperó métodos tradicionales de enseñanza. Sus resultados han resistido mejor que los de otros sistemas cercanos que escogieron caminos diferentes.

Quizás esa comparación explica por qué resulta políticamente tan seductora una laptop. Una computadora puede entregarse frente a las cámaras. La comprensión lectora no.

Un ministro puede anunciar veinte mil dispositivos nuevos. No puede inaugurar veinte mil adolescentes capaces de pensar críticamente.

Y ahí aparece una pregunta todavía más incómoda: ¿a quién beneficia una sociedad que lee cada vez menos?

No hace falta demostrar la existencia de una conspiración para comprender el peligro. Una ciudadanía incapaz de sostener la atención frente a un argumento complejo es más vulnerable a las consignas. Quien no comprende un presupuesto difícilmente podrá cuestionarlo. Quien no puede distinguir evidencia de opinión tendrá mayores dificultades para reconocer propaganda. Y quien se acostumbra a recibir toda la realidad resumida en treinta segundos termina dependiendo de otros para decidir qué merece su atención.

Eso debería preocuparnos mucho más que cualquier discusión sobre marcas de computadoras.

Panamá necesita tecnología, por supuesto. Pero necesita tecnología subordinada a la educación y no una educación subordinada a la tecnología.

Necesitamos estudiantes que lean libros completos, escriban, memoricen cuando sea necesario, calculen, discutan, investiguen y aprendan a defender una idea con argumentos. Necesitamos profesores estimulados y aulas donde, nuevamente, aprender requiera esfuerzo. Después podemos hablar de laptops.

Porque dentro de diez años podríamos descubrir que nuestras escuelas tienen más computadoras, más aplicaciones, más plataformas y mejor conexión a internet, mientras nuestros jóvenes tienen menos vocabulario, menos concentración y menos capacidad para cuestionar lo que tienen frente a ellos.

Y entonces tendremos que volver al comienzo. Nos prometieron que una pantalla abriría las puertas del conocimiento. Nunca preguntamos qué ocurriría si terminaba cerrando las puertas del pensamiento.

El autor es cirujano sub especialista.