Alguna vez, estando cerca de un bebé o un niño pequeño, habrás escuchado frases como «no lo cargues tanto, que lo vas a malacostumbrar» o «está muy apegado, tiene mamitis». Pero, ¿te has puesto a pensar qué es realmente estar “demasiado apegado”? ¿Y si esas cosas no fueran tan malas como las hacen sonar estos comentarios?
Vivimos en una cultura que valora la independencia y los resultados inmediatos, una sociedad que nos empuja a compararnos con personas que ni siquiera conocemos: vidas perfectas, opiniones ajenas y expectativas sobre cómo “deberíamos” hacer las cosas, incluyendo ser papás, todo a un clic gracias a las redes sociales. Y ahora, en una era marcada por la inteligencia artificial, las respuestas a casi todo están en un aparato del que no logramos separarnos. Pero, ¿qué le pasa a nuestro instinto humano —esa necesidad de brazos, de miradas y de una respuesta a tiempo cuando algo nos afecta— en medio de tanta pantalla e inmediatez artificial?
La realidad es que, al vivir en una cultura que valora todas estas cosas, esperamos que nuestros bebés y niños actúen de la misma forma. Esperamos que se vuelvan independientes rápidamente y que no nos necesiten. Que no se despierten por la noche buscando el consuelo de sus padres o que, si lo hacen, aprendan a calmarse solos, sin importar cómo. Que no necesiten ser mecidos ni cargados desde chiquitos. Que, cuando nos vayamos de viaje, no lloren ni protesten. Que entren al maternal y se adapten rápidamente, sin problema. Y que, cuando estén rodeados de personas que para ellos son extrañas —aunque sean su familia—, se dejen cargar sin protestar.
Y, sin embargo, nada de esto tiene respaldo en lo que la ciencia sabe sobre el desarrollo infantil. Todo lo contrario: las investigaciones sobre apego llevan décadas mostrando que los primeros tres años de vida no son el momento de entrenar la independencia, sino el período en el que se construye algo más importante: el estilo de apego, el molde con el que nos relacionaremos con quienes más nos importan, ya sean padres, amigos, parejas o jefes.
Este molde se construye a través del tipo de respuesta que los cuidadores dan a sus bebés cuando buscan cercanía, calidez física, seguridad y consuelo. Porque todos necesitamos contacto físico, la calidez del tacto y una voz rítmica que nos tranquilice. Necesitamos una respuesta consistente y contingente, una y otra vez. Saber que, si la necesitamos, esa persona segura siempre estará ahí. En esos momentos que parecen pequeños e insignificantes se va formando el apego: en cómo respondemos a las señales de un niño, a su búsqueda de consuelo en momentos de angustia. Esa es la huella relacional que marcará cómo nuestros hijos se vinculen con el mundo. Y, aunque esta huella es profunda, no es una sentencia definitiva, ya que, según investigaciones recientes, el apego puede seguir transformándose a lo largo de la vida.
Esto significa que, para poder crear un apego seguro, nuestros niños necesitan crecer sintiendo que sus papás pueden responder a sus necesidades de forma consistente, cálida y sensible cada vez que lloran o buscan cercanía. Y esto, contrario a lo que la cultura nos hace creer, es lo que genera una independencia saludable en la adultez. Son adultos que tienen un buen autoconcepto, una autoestima sólida, una salud emocional adecuada, una sensación de autonomía y capacidad de agencia. Son personas que se sienten cómodas con la intimidad sin volverse dependientes. Personas que se sienten seguras de pedir ayuda y que confían en que los demás estarán ahí cuando los necesiten.
El apego nos invita a volver a las dos preguntas con las que empezamos: ¿qué es realmente estar “demasiado apegado”? ¿Y son estas cosas tan malas como las hacen sonar esos comentarios? La respuesta es que los niños pequeños necesitan estar “muy apegados” a sus padres durante los primeros años de vida para poder construir, en el futuro, vínculos sanos e interdependientes. El apego nos invita a conectar con nuestro instinto humano, a dejar de lado las pantallas para poder relacionarnos de verdad con ellos. Así que, si te vuelven a decir que tu hijo está demasiado apegado o que tiene mamitis, tómalo como un halago: estás haciendo un buen trabajo.
La autora es psicóloga clínica.


