Por años pensé que las encíclicas eran documentos lejanos, escritos para sacerdotes, teólogos o personas profundamente involucradas en la vida religiosa. Pero debo admitir que la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, me obligó a detenerme y leer. Y no porque sea una católica ejemplar. No lo soy. Hace mucho dejé la rutina de las misas dominicales, aunque nunca he dejado de creer en Dios. Tal vez por eso este documento me impactó de una manera distinta: porque habla de algo que todos estamos viviendo, aunque no siempre queramos admitirlo.
La encíclica aborda el tema de la inteligencia artificial y el riesgo de que la humanidad pierda su esencia en medio de una revolución tecnológica que avanza más rápido que nuestra capacidad ética para comprenderla. Y quizás ahí radica uno de sus mayores méritos: no demoniza la tecnología, pero tampoco se arrodilla ante ella. León XIV deja claro que la tecnología no es mala en sí misma, aunque advierte que tampoco es neutral, porque siempre refleja los intereses y valores de quienes la controlan.
Vivimos una época extraña. Tenemos teléfonos capaces de responder preguntas en segundos, algoritmos que deciden qué vemos, qué compramos e incluso qué pensamos. Las redes sociales nos mantienen conectados, pero muchas veces profundamente solos. Y mientras celebramos avances impresionantes, pareciera que olvidamos algo básico: seguimos siendo humanos. Ese es precisamente el llamado central de Magnifica Humanitas: “permanecer siendo humanos”.
Como creyente —aunque imperfecta— entiendo perfectamente el temor del Papa. No se trata de miedo a las máquinas; se trata del temor a que el ser humano deje de verse como una criatura digna y empiece a verse como un simple dato, una estadística o una pieza reemplazable. La encíclica insiste en que ninguna inteligencia artificial puede experimentar el amor, el dolor, la compasión o la conciencia moral como lo hace una persona. Y aunque parezca obvio, en estos tiempos hace falta recordarlo.
Me llamó especialmente la atención que León XIV vinculara esta nueva revolución tecnológica con la histórica encíclica Rerum Novarum de León XIII. En aquel entonces, la Iglesia levantó la voz frente a los abusos de la revolución industrial y la explotación obrera. Hoy, el nuevo Papa parece advertirnos que podríamos repetir los mismos errores, solo que ahora bajo pantallas, algoritmos y corporaciones digitales gigantescas.
Y, siendo honestos, no hace falta ser un fanático religioso para darse cuenta de que algo no anda bien. Vivimos hiperconectados, pero emocionalmente agotados. Tenemos acceso a más información que nunca, pero cada vez cuesta más encontrar la verdad. La inteligencia artificial puede escribir poemas, pintar cuadros e incluso imitar voces humanas, pero sigue siendo incapaz de abrazar a una madre, llorar una pérdida o sentir culpa. Tal vez por eso el Papa insiste tanto en defender la dignidad humana frente al “tecnofascismo” y el dominio de unos pocos sobre la vida digital del planeta.
No sé si Magnifica Humanitas cambiará el rumbo del mundo. Probablemente no. Pero sí creo que llega en el momento correcto. Porque mientras todos discuten sobre avances tecnológicos, productividad y automatización, alguien tenía que recordar que el alma humana también importa.
Quizás eso fue lo que más me hizo conectar con esta encíclica: no habla únicamente como un documento religioso, sino como una advertencia profundamente humana. Y aunque muchos, como yo, no vayamos cada domingo a misa, todavía necesitamos escuchar mensajes que nos recuerden que no todo puede medirse en eficiencia, dinero o datos.
Al final, más allá de credos o ideologías, la pregunta que deja León XIV es sencilla y poderosa: ¿seguiremos construyendo un mundo para seres humanos o terminaremos adaptando a los seres humanos a las máquinas?
La autora es abogada.


