Hay celos normales, exagerados, enfermizos, inexistentes, peligrosos y hasta mortales. Los hay de todos los tamaños, colores y sabores. Algunos se manifiestan como una pequeña dosis de inseguridad; otros se convierten en una obsesión capaz de destruir matrimonios, familias, amistades y, en los casos más extremos, acabar con una vida.

Pero ¿hasta dónde puede llegar una persona, hombre o mujer, cuando los celos se apoderan de su mente? ¿Dónde termina el interés amoroso y comienza el afán de controlar al otro?

Es curioso, porque a muchas mujeres les gusta que las celen. Interpretan ciertos reclamos como señales de amor, interés y preocupación. A algunos hombres también les agrada sentir que su pareja no quiere compartirlos con nadie. Un poquito de celos, dicen, le pone sabor a la relación. Pero ¿cuánto es un poquito? ¿Y quién establece el límite?

Conocí el caso de un compañero de trabajo cuya novia lo llamaba unas veinte veces al día. No importaba si estaba reunido, ocupado o atendiendo algún asunto laboral. El teléfono sonaba una y otra vez. Uno pensaría que semejante persecución terminaría por cansarlo. ¡Pues no! Se casó con ella. Al parecer, aquellas veinte llamadas diarias no eran un impedimento para el amor, sino parte del paquete matrimonial.

Otro compañero tenía una esposa que lo esperaba religiosamente a la salida del trabajo. No se trataba de una coincidencia ni de una demostración de cariño. Ella quería comprobar personalmente a qué hora salía, con quién se iba y si regresaba directamente a casa.

Y hubo otra que llegó a un nivel de organización digno de una agencia de inteligencia: le pagaba a la secretaria de su marido para que le avisara si él salía de la oficina antes de la hora acostumbrada. ¡Aquello ya no era celar, era tener un departamento de vigilancia funcionando a tiempo completo!

También están las que reciben al marido como si fueran perros sabuesos: lo olfatean de arriba abajo, buscan perfumes desconocidos, examinan la ropa y hasta intentan descubrir si algún cabello ajeno quedó pegado en la camisa. Otras prefieren métodos más tecnológicos: revisan el celular, los mensajes, las llamadas, las fotografías, la maleta, los bolsillos y hasta los recibos que aparecen en la billetera.

Pero no creamos que el hombre se quede atrás. Hay hombres celosos que no hacen escándalos, no levantan la voz y jamás confiesan sus sospechas. Sin embargo, observan, investigan, revisan, huelen y sacan conclusiones. Son silenciosos, pero no necesariamente menos desconfiados. Algunos pueden pasar meses acumulando sospechas hasta que encuentran una excusa para explotar.

El asunto puede llegar mucho más lejos. Existen los detectives privados contratados para seguir al cónyuge, las vecinas convertidas en informantes, los familiares que participan en las investigaciones y los amigos que reciben instrucciones de vigilar. Hay teléfonos intervenidos ilegalmente, cámaras escondidas, micrófonos ocultos y hasta cuentas falsas en las redes sociales para poner a prueba la fidelidad de la pareja.

¡Toda una red de espionaje doméstico! Si alguien quisiera organizar semejante operación para una película de suspenso, probablemente no necesitaría inventar demasiado.

Y los celos no son exclusivos de las relaciones de pareja. Las madres celan a sus hijos, especialmente cuando aparece una novia que comienza a ocupar un lugar importante en sus vidas. Los padres pueden sentir celos cuando sus hijas empiezan a enamorarse. Los hermanos se disputan la atención de los padres, y hasta entre amigos puede surgir esa rivalidad cuando uno siente que está perdiendo su lugar.

En el fondo, los celos suelen nacer del miedo: miedo a perder, a ser reemplazado, a no ser suficiente o a descubrir una infidelidad. Pero una cosa es sentir inseguridad y otra muy distinta convertirla en una autorización para vigilar, perseguir, humillar o amenazar a otra persona.

Porque hay una diferencia enorme entre decir «te celo porque te quiero» y «te controlo porque creo que me perteneces». El amor no concede derechos de propiedad sobre nadie.

Los celos extremos pueden desembocar en violencia psicológica, acoso, agresiones físicas y feminicidios. También hay hombres asesinados por parejas o exparejas dominadas por los celos. Cuando aparecen las amenazas, la intimidación, la persecución y la violencia, ya no estamos hablando de una simple manifestación de amor, sino de una situación de peligro que requiere atención.

Quizás la pregunta más importante no sea cuánto nos cela nuestra pareja, sino cuánto estamos dispuestos a tolerar en nombre del amor.

Porque, al final, una llamada puede ser una demostración de cariño; veinte pueden ser una obsesión. Una pregunta puede expresar interés; un interrogatorio permanente puede convertirse en tortura. Y una mirada de desconfianza puede parecer insignificante, hasta que se transforma en una vigilancia de veinticuatro horas.

¿Y usted qué piensa? ¿Los celos son una prueba de amor, una manifestación de inseguridad o una enfermedad que puede terminar en tragedia?

¡Cuidado! A veces, entre los celos y la locura, la distancia es mucho más corta de lo que imaginamos.

El autor es ingeniero retirado.