Estos días abro las redes y me encuentro con una imagen que me emociona: caravanas de camionetas cargadas de agua, colchones, ropa y alimentos rumbo al interior. Vecinos que no se conocen cargando cajas juntos. Colegas que cierran su consulta para viajar horas con cajas llenas de medicinas. Panamá, que a veces parece dividido en casi todo, se ha unido en lo esencial: ayudar al que hoy lo necesita.

Como pediatra, esa bondad me ha tocado de cerca. En la Sociedad Panameña de Pediatría montamos un centro de acopio y hemos enviado ayuda a colegas que atienden en distintos puntos del interior. Cada donación trae detrás una historia de generosidad, y me reafirma en haber elegido este país para formar el hogar donde crecen mis hijos.

Pero hay una historia que me quita el sueño. Pedro tiene tres años, brazos y piernas largos y muy delgados, y un abdomen prominente. Quien no es del oficio podría pensar que es un niño bien alimentado. Lamentablemente, no lo es. Ese abdomen no está lleno de nutrientes, sino de parásitos.

Pedro no se enfermó el 9 de octubre. Su parasitosis lleva meses sin atención. Los parásitos le roban lo poco que come, lo debilitan, le provocan anemia y le frenan el crecimiento y el aprendizaje. En su comunidad hay varios niños como él. El terremoto no creó ese problema. Pedro y su familia llevan meses esperando una atención que no llegó.

Hasta que llegó la Dra. Francia con sus colegas. Amy nos había contado de Pedro y del camino hasta su comunidad, y gracias a eso pudieron llegar. La Dra. Francia atendió a Pedro con cariño, le dio el tratamiento que necesitaba y, lo más importante, le dará seguimiento. Muy probablemente Pedro va a estar bien, pero porque un grupo de profesionales decidió ir, no porque el sistema lo buscara.

Lo que más me duele es que el terremoto, igual que la pandemia de 2020, no golpeó a todos por igual. Sacudió con más fuerza a quienes siempre tuvieron menos, y a ellos la recuperación les costará mucho más. Las comunidades que ya vivían lejos de un centro de salud, con poco acceso a controles y atención, ahora además viven sin casa.

Me preocupa también lo que viene cuando se apaguen las cámaras. Si el Estado entrega dinero para materiales de construcción pero no acompaña con asesoría técnica, las familias reconstruirán sus casas como saben, y la próxima vez que tiemble, la casa volverá a caer. Si no se adecúan espacios para las escuelas del interior, esos niños terminarán el año sin clases.

Gracias a los profesionales que siguen haciendo giras médicas al interior. Gracias por llegar donde el Estado no llega. Pero no puedo callar esto: que un niño como Pedro dependa de la buena voluntad de un grupo de médicos que decide viajar es inaceptable. La atención en salud es un derecho de cada niño panameño, y el Estado debe garantizarla todos los días, no solo después de una tragedia.

Siento rabia y siento impotencia. Rabia, porque Pedro y los niños como él esperaban desde antes de que la tierra se moviera. Impotencia, porque sé que una caravana, por generosa que sea, no reemplaza a un sistema de salud presente.

A las autoridades les pido tres cosas concretas. Primero, giras de salud permanentes y programadas, con controles de crecimiento y desarrollo en cada comunidad, no solo brigadas esporádicas. Segundo, reconstrucción con asesoría técnica, para que las casas nuevas resistan el próximo sismo. Tercero, espacios seguros y con fecha para que los niños de las escuelas del interior regresen a clases cuanto antes.

A los padres, a los abuelos y a todos los que trabajamos con niños, les dejo una tarea doble. Sigamos ayudando: donemos, acompañemos, usemos nuestra voz. Y conversen con sus hijos sobre lo que pasa: ayudar es un acto de amor, pero exigir un país justo también lo es.

Panamá ha demostrado que su corazón es enorme. Ahora falta que su Estado esté a la altura. Que la solidaridad de la gente no sea el plan, y que ningún niño más tenga que esperar meses a que alguien llegue por iniciativa propia a ocuparse de su salud.

La autora es pediatra.