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Llegué tan temprano que todavía no habían puesto el día

A finales del año pasado me pasó algo que aún no sé si fue culpa mía, del despertador o de ese exceso de responsabilidad que a uno le da de repente y siempre termina mal. Lo cierto es que confirmé una gran verdad nacional: en Panamá no solo se llega tarde… también se puede llegar tan temprano que es increíble de aceptar, y eso debería estar prohibido por el Ministerio de Trabajo y por la lógica humana.

Entro a trabajar a las 6:00 a.m., horario que ya de por sí es una agresión directa a los derechos humanos. Eso no es “madrugar”; eso es levantarse cuando Dios todavía está bostezando. Pero ese día, por razones que mi cerebro aún se niega a aceptar, llegué a las 2:22 a.m. Sí, a la hora en que los gallos están dormidos, los sueños están en REM profundo y el día ni siquiera ha enviado la solicitud para empezar.

Todo comenzó el día anterior, cuando terminé mi jornada y el jefe —con esa sonrisa peligrosa— me pidió un reporte “para mañana a primera hora”. Como yo soy más madrugador que trasnochador (y más responsable de lo que conviene), decidí llegar una hora más temprano para terminarlo tranquilo, con café y falsa sensación de control. En la noche programé el despertador una hora antes de lo habitual y me acosté orgulloso de mí mismo. Error número uno.

Cuando sonó el despertador, no dudé. Ese no fue un ring ring delicado. Fue un “levántate ahora mismo o pierde la vida”. Y a esas horas uno no razona. Uno no cuestiona. Uno se levanta como soldado entrenado, obedeciendo órdenes de un aparato que claramente me odia.

Me bañé en modo automático. Ese baño donde uno no sabe si ya se echó shampoo, acondicionador o detergente. Me vestí sin tener la menor idea de si eso combinaba o si simplemente era ropa limpia. Agarré mis cosas y salí convencido de que iba tarde… porque el estrés también se despierta temprano y nunca revisa la hora.

La calle estaba rara. Solo algunos pocos carros; no había taxis, no había buses, no estaba ni ese vecino misterioso que siempre está despierto y barre la acera a cualquier hora. Pensé: “Qué raro, hoy Panamá está organizada”. Claramente, mi cerebro aún estaba cargando, como computadora vieja.

Mientras avanzaba, el ambiente parecía de película apocalíptica: calles vacías, silencio absoluto, ni un perro, ni un borracho, ni una fritanga abierta. Nada. Pero yo seguí, porque cuando uno va medio dormido, el sentido común se queda roncando con la almohada.

Al llegar al trabajo, el panorama era digno de película de terror de bajo presupuesto: luces apagadas, puertas cerradas y un silencio tan profundo que daba miedo toser. No había nadie. Absolutamente nadie. Ni el guardia, ni el eco del guardia, ni el espíritu del guardia. Ahí fue cuando miré el reloj: 2:22 a.m.

En ese instante entendí que no había llegado temprano. Había llegado antes de que el día existiera. Me adelanté tanto que el amanecer todavía estaba en aduanas, esperando permiso para entrar al país.

Acabé el informe en aproximadamente 30 minutos y me senté a esperar. Tenía más de tres horas para pensar en la vida, en mis decisiones, en mi relación abusiva con el despertador y en por qué cerré el año trabajando horas extra que nadie pidió, nadie agradeció y nadie va a pagar.

Pasé por todas las reflexiones posibles: que uno quiere ser responsable, pero tampoco competir con Batman; que la puntualidad está bien, pero viajar en el tiempo ya es otro nivel de compromiso; y que definitivamente debo revisar la hora con los dos ojos abiertos y una neurona activa antes de salir de la casa.

A las seis en punto empezó a llegar la gente: fresca, despierta, normal, oliendo a café y esperanza. Yo ya llevaba ahí medio turno cumplido, con hambre, sueño y cara de haber sobrevivido a un evento histórico.

Moraleja panameña: revise la hora. No confíe ciegamente en el despertador. Y si llega al trabajo y parece que el país aún no ha despertado… probablemente usted tampoco debía hacerlo.

Porque una cosa es madrugar… y otra muy distinta es llegar cuando ni el sol ha marcado entrada y el día todavía está en borrador.

El autor es ingeniero retirado.


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