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Les basta un gol, no la victoria

La doble moral y el discurso en nuestro fútbol

Les basta un gol, no la victoria
Panamá integró el Grupo L, junto a Croacia, Ghana e Inglaterra. Cortesía/Fepafut

Los panameños estamos acostumbrados a señalar los errores de los demás, pero pocas veces miramos a nuestro alrededor. Ese es uno de nuestros defectos, aunque también es justo reconocer que somos un pueblo noble, solidario y generoso.

A los políticos, a los partidos y a los servidores públicos les exigimos transparencia, pulcritud y rendición de cuentas, como debe ser. Sin embargo, esas mismas exigencias deben aplicarse a todos los sectores de la sociedad, sin excepciones.

Recientemente, el director técnico de la selección nacional decidió llevar al Mundial a dos jugadores que, según era de conocimiento público, estaban lesionados y a otros cuya edad y condición física generaban dudas sobre si podían ofrecer el máximo rendimiento competitivo. Estas decisiones dieron lugar a serios cuestionamientos y es legítimo preguntarse si respondieron exclusivamente a criterios deportivos o si pudieron influir intereses ajenos al rendimiento de la selección. Precisamente por ello, la afición panameña merece una explicación clara y transparente.

También resulta preocupante la falta de información sobre los recursos públicos destinados a la preparación de la selección. El Gobierno Nacional, por conducto de la máxima autoridad deportiva del país, realizó importantes aportes económicos durante todo el proceso, hasta llegar al Mundial, para respaldar a nuestros muchachos Ese dinero pertenece a todos los panameños y, por lo tanto, la ciudadanía tiene derecho a conocer cuánto se entregó, cómo se administró y en qué se invirtió.

La propia dirigencia de nuestro fútbol sabe que el Gobierno Nacional actuó con responsabilidad al brindar ese respaldo. Sin embargo, ese reconocimiento casi nunca se hace público, como si algunos de sus dirigentes consideraran que todo les corresponde por derecho propio y que no tienen la obligación de rendir cuentas, ni siquiera de agradecer al pueblo panameño ese apoyo. Ese silencio no fortalece la institucionalidad; por el contrario, debilita la confianza ciudadana.

Lo más preocupante es que esa actitud tampoco viene acompañada de resultados que la justifiquen. Pareciera que algunos se conforman con construir convenientes relatos de éxito y con alimentar una alegría desmedida por derrotas decorosas. Les basta anotar un gol, aunque el partido se pierda. Les basta el aplauso por el esfuerzo, pero no exigen la victoria.

Han sustituido la cultura de la excelencia por la cultura de la resignación. Pero el deporte de alta competencia no se mide por las excusas, ni por las buenas intenciones. Se mide por resultados.

La falta de transparencia en torno al manejo de recursos públicos y las dudas que han surgido sobre los criterios utilizados para conformar la selección son razones suficientes para que muchos panameños cuestionen la conveniencia de renovar el contrato del director técnico. En lugar de ofrecer explicaciones convincentes, de inmediato aparece una verdadera jauría de intereses dispuesta a justificar lo injustificable y a descalificar cualquier cuestionamiento, cuando lo que corresponde es rendir cuentas al país.

Los panameños no podemos acostumbrarnos a aceptar que unos pocos decidan por todos sin rendir cuentas. El deporte, cuando representa a una nación, debe estar guiado por el mérito, la honestidad, la transparencia y el compromiso con el interés nacional, nunca por intereses particulares.

No podemos seguir conformándonos con derrotas adornadas de discursos triunfalistas. Panamá merece dirigentes que aspiren a la excelencia y que entiendan que representar al país es un honor y una enorme responsabilidad. La transparencia no se demuestra cuando todo sale bien; se demuestra cuando existen dudas y quienes tienen la responsabilidad de decidir están dispuestos a explicar sus decisiones de cara al país.

La verdadera derrota no ocurre cuando se pierde un partido; ocurre cuando se pierde la voluntad de exigir transparencia, mérito y victorias. Una sociedad que deja de exigir excelencia termina acostumbrándose a la mediocridad, y ese es el camino más corto hacia el fracaso.

El autor es abogado.


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