Hace poco leí una columna escrita por el ingeniero Roberto Alfaro, diplomático y empresario, donde, rebasada su paciencia, se quejaba de la ausencia de recursos legales para reclamar justicia.
Si antes, sugiere el Ing. Alfaro, nos quejábamos de la lentitud de los procesos, ahora sencillamente ni siquiera se mueven.
Los mismos abogados parecen haber desistido de ejercer su profesión, conocedores de que, más allá de la denuncia, los documentos laboriosamente preparados quedarán en el limbo por falta de padrino.
Estudié Derecho; las enseñanzas me resultaron fascinantes y motivadoras. Quienes, tras difíciles estudios y exámenes, logramos acreditarnos ante la Corte Suprema de Justicia, confiamos en que, llegado el momento, ofreceríamos nuestros exquisitos conocimientos y desarrollaríamos una carrera lúcida.
Da la casualidad de que estoy leyendo a Cicerón, quien nació en el año 106 antes de la era cristiana y es el primer abogado de quien se conservan sus alegatos. De hecho, se considera a Cicerón el más grande de los oradores romanos. Doy fe de que lo que suele decirse es cierto: el modo de alegar moderno en cualquier corte se inspira en los alegatos de Cicerón.
Me permitiré un breve desvío: el inolvidable encuentro entre padre e hija.
“¿Qué cosa has soñado siempre con tener, Tichi? ¿Cuál ha sido tu sueño?”
“Papá, toda mi vida he soñado con tener un cuarto lleno de libros que no haya leído”.
El padre quedó tan sorprendido como admirado: “¡Tener una hija que lo que me pide son libros!”.
Así llegaron a mi vida 106 tomos de las palabras más sabias jamás escritas por seres que dedicaron su vida a producirlas.
Por eso digo, con igual veracidad, que si quiero más años de vida es para leer más libros de ese maravilloso regalo.
Concluyo dirigiéndome a Roberto: amigo, Cicerón (año 106 a.C.) siempre comenzaba sus brillantes alegatos diciendo que se veía obligado a regresar al foro porque la indolencia de los abogados y la corrupción llenaban de desesperación a los agraviados.
La autora es escritora.


