Hay palabras que, de tanto repetirlas, terminan perdiendo su significado. En educación, una de ellas parece ser vocación.

En conversaciones entre familias, docentes y estudiantes, y especialmente en redes sociales, aparece con frecuencia una idea curiosa: el buen docente es quien da más de su tiempo, pone más dinero de su bolsillo, resuelve más problemas y reclama menos.

Y aquí aparece una ironía difícil de ignorar: hay docentes que efectivamente hacen todo eso y, aun así, terminan siendo criticados, cuestionados o hasta ridiculizados.

Entonces, ¿cuál es la medida?

¿Sacrificarse para demostrar vocación y, cuando se hace, ser criticado por hacerlo?

Parece que la vocación viniera con una cláusula bastante peculiar: dar más, reclamar menos y, si es posible, hacerlo sin esperar siquiera reconocimiento.

Pero no.

La vocación es compromiso con una profesión. No es una condena al sacrificio permanente.

Un docente puede ser responsable, preparado y dedicado sin tener que deteriorar su calidad de vida para demostrarlo. Puede utilizar los recursos que la institución le proporciona sin sentirse obligado a comprar cada herramienta con su salario.

Y aquí surge una pregunta legítima: ¿por qué al docente se le cuestiona cuando no quiere pagar de su bolsillo aquello que necesita para trabajar, cuando en otras profesiones se entiende con naturalidad que las herramientas forman parte de las condiciones laborales?

No se trata de señalar a otras profesiones ni de establecer competencias sobre quién trabaja más. Se trata de reconocer una diferencia en la manera en que socialmente se juzga al docente.

Si existe una preocupación por el uso del dinero público, perfecto: revisemos presupuestos, compras, procedimientos, costos, calidad y transparencia.

La lupa debe mirar las decisiones, no convertir en sospechoso al trabajador que recibe una herramienta para trabajar.

Tampoco se trata de idealizar al docente. No todos cumplen de la misma manera. Hay profesionales que deben mejorar, responder por sus actuaciones o, sencillamente, hacer mejor su trabajo. La vocación no otorga inmunidad frente a la responsabilidad.

Pero tampoco existe una única manera de vivirla.

Hay quienes voluntariamente entregan tiempo, dinero y esfuerzo adicional porque así entienden su profesión. Algunos disfrutan hacerlo y otros encuentran satisfacción en el reconocimiento y el afecto de su comunidad educativa.

Se respeta.

También merece respeto quien considera que su vocación consiste en cumplir con excelencia dentro de sus responsabilidades, proteger su tiempo, utilizar los recursos disponibles y establecer límites.

Una decisión personal no puede convertirse en la vara con la que se mida la vocación de todos.

Y tampoco estamos en un concurso de popularidad.

Claro que resulta agradable ser recordado con cariño. Pero el objetivo de enseñar no puede ser conseguir aplausos.

Un docente no necesita caerle bien a todo el mundo para hacer bien su trabajo. Puede establecer límites, exigir respeto, cuestionar una decisión o negarse a tolerar un abuso y continuar ejerciendo con responsabilidad.

De hecho, hay una lección que también forma parte de la educación: respetar a los demás comienza por aprender a respetarse a uno mismo.

Si queremos enseñar ética, valores y principios, el respeto no puede funcionar en una sola dirección. También debe existir hacia quien enseña.

Las familias tienen responsabilidades. Los estudiantes tienen deberes. Las instituciones deben garantizar condiciones adecuadas. Las autoridades deben administrar los recursos con transparencia. Y los docentes deben cumplir con excelencia sus funciones.

Eso no es pedir menos.

Es pedir lo correcto.

La vocación no consiste en regalarse, empobrecerse, trabajar hasta el agotamiento ni aceptar faltas de respeto.

Tampoco consiste en lograr que todos nos quieran.

La vocación consiste en hacer bien aquello que corresponde.

Y sí: poner límites también es vocación.

Defender la ética también es vocación.

Respetar la profesión también es vocación.

Y respetarse a uno mismo, también.

Porque la educación no necesita ni mártires ni héroes.

Necesita profesionales.

La autora es profesora de filosofía.