Las viejas rockola (rocola) tenían un encanto difícil de explicar. Bastaba introducir una moneda, escoger una canción y esperar que la aguja hiciera su trabajo. Eran mucho más que una máquina; eran el corazón de cafeterías, bares y restaurantes. Allí sonaban boleros, tangos, salsa, rock and roll y las canciones que terminaban convirtiéndose en la banda sonora de una generación.
Pocos saben que el nombre con el que las conocemos proviene de Rock-Ola, una empresa fundada en Estados Unidos por David Cullen Rockola. Con el paso de los años, aquella marca terminó dando nombre a todas esas máquinas musicales que ofrecían algo maravilloso: la posibilidad de elegir. Una buena rockola nunca imponía una canción; ponía a disposición decenas de historias convertidas en música.
Hace algún tiempo comprendí que esa vieja máquina tenía mucho que enseñarnos sobre la comunicación.
Durante una clase universitaria conté una anécdota para ilustrar un tema. Les relaté a mis estudiantes cómo hice mi primera compra por internet. Muchos imaginarán que fue una computadora, un teléfono celular o algún aparato tecnológico. No. Lo primero que compré fue un muñeco de Roberto Durán. La historia provocó sonrisas y cumplió su propósito pedagógico. Días después, un estudiante levantó la mano y me sorprendió con una petición inesperada.
—Profesor, vuelva a contar la historia del muñeco de Roberto Durán.
Mi primera reacción fue pensar que estaba bromeando. Sin embargo, hablaba completamente en serio. Quería escuchar nuevamente la historia. Fue entonces cuando entendí algo que nunca había considerado: existen relatos que las personas disfrutan escuchar más de una vez. No porque desconozcan el final, sino porque vuelven a disfrutar la emoción con la que son contados.
Lo mismo ocurre con una buena canción. Sabemos exactamente cómo empieza, cómo termina y, aun así, la escuchamos decenas de veces. También sucede con ciertas películas, con los cuentos infantiles que los niños piden cada noche o con ese gol histórico que un aficionado al fútbol puede ver una y otra vez sin perder el entusiasmo.
Pero no todas las historias tienen ese privilegio.
Existen personas que convierten cada conversación en un concierto de un solo tema. Cambia el lugar, cambia el público y cambian los años, pero ellas siguen interpretando el mismo repertorio. Antes de que comiencen a hablar, ya sabemos cuál será la anécdota, el chiste, la queja o la opinión que volverán a repetir.
Es allí donde aparece la vieja rockola.
No porque repita canciones, sino porque parece tener un solo disco disponible.
Como profesor, esa experiencia me dejó una lección que intento compartir con mis estudiantes. Comunicar bien no consiste únicamente en hablar con seguridad. También significa saber leer al público. Hay historias que merecen regresar porque siguen emocionando. Otras ya cumplieron su ciclo y necesitan descansar.
Por eso siempre les digo que alimenten su conversación. Lean un libro. Escuchen un podcast. Visiten un museo. Conversen con personas distintas. Aprendan una habilidad nueva. Viajen cuando puedan, aunque sea al barrio de al lado. Observen. Pregunten. Curioseen. La mejor forma de no repetir siempre el mismo discurso es darle a la mente material nuevo para pensar.
También les recuerdo algo que suele olvidarse: levantar la voz no fortalece un argumento. Una buena idea no necesita gritar para hacerse escuchar. Lo que convence no es el volumen, sino la claridad; no es la insistencia, sino la calidad del mensaje.
Todos repetimos alguna historia de vez en cuando. Eso nos hace humanos. Lo importante es que nuestro repertorio sea mucho más amplio que una sola anécdota. Quizá por eso sigo recordando aquellas viejas rockolas con tanta simpatía. A diferencia de algunas personas, ellas siempre ofrecían alternativas. Si un bolero no era el indicado, bastaba elegir un tango. Si el tango no convencía, allí estaban la salsa, el jazz o el rock and roll esperando su turno.
La comunicación debería funcionar igual. Tener la capacidad de cambiar de tema, de descubrir nuevas historias, de sorprender a quienes nos escuchan y, sobre todo, de saber cuándo una anécdota merece volver a contarse y cuándo es momento de buscar otra.
Porque, al final, una buena conversación no se mide por la cantidad de palabras que pronunciamos, sino por la cantidad de puertas que abrimos en la imaginación de quienes nos escuchan.
Y, si alguna vez descubre que lleva años contando exactamente la misma historia, no se preocupe. No necesita cambiar de voz. No necesita hablar más fuerte. Solo necesita hacer lo que hacían las viejas rockolas: ampliar el repertorio.
El autor es profesor universitario, periodista y abogado.

