En Panamá suele decirse que somos buenos para vivir el presente y excelentes para olvidar el pasado. Esa fragilidad de la memoria colectiva marca también la política que se avecina. Cuando una figura busca regresar a la arena pública, necesita diferenciarse claramente de lo que representó antes y, sobre todo, de las viejas caras que la acompañaron. Por más experiencia que aporten, sus controversias siguen pesando. Lo estratégico es mantenerlas a distancia. No se trata de negar de dónde proviene el poder, sino de comprender que la ciudadanía —especialmente los votantes jóvenes— exige señales auténticas de renovación. Aunque esta dinámica no es nueva, cobrará aún más importancia en el próximo ciclo electoral. Después de años de promesas incumplidas, escándalos de corrupción y la extendida percepción de que “todos son iguales”, las posibilidades de una renovación genuina son cada vez más estrechas y se desarrollan en un clima de profundo pesimismo.
La distancia entre la política tradicional y los jóvenes no es solo generacional, sino también de lenguaje, prioridades y expectativas. Mientras los partidos tradicionales repiten fórmulas del pasado, las nuevas generaciones demandan coherencia, transparencia y propuestas concretas frente a los desafíos reales: empleo digno, movilidad social, acceso a vivienda, educación de calidad y un país donde la corrupción deje de ser la norma. Ignorar esta brecha significa perder a un sector cada vez más decisivo del electorado.
Panamá ha sido históricamente un país de memoria política frágil, lo que ha facilitado el retorno constante de figuras cuestionadas. Sin embargo, esa realidad está cambiando. Cada vez más personas investigan, contrastan información y exigen explicaciones sólidas. La idea de que “el pueblo olvida” ya no aplica con la misma fuerza. El acceso inmediato a la información ha creado una ciudadanía más crítica.
Giovanni Sartori, en Partidos y sistemas de partidos, explica que los partidos envejecidos desarrollan mecanismos de autopreservación que los vuelven rígidos y resistentes al cambio. Su prioridad deja de ser la representación ciudadana para convertirse en la supervivencia de la estructura. Esto explica por qué reaparecen las mismas figuras: el sistema partidista panameño está diseñado para reproducirse, incluso cuando la sociedad clama por renovación. A esta lectura se suma Pierre Bourdieu, con su teoría del “campo político”, quien muestra cómo las élites reproducen su poder a través de redes históricas, capital simbólico y prácticas que excluyen a los nuevos actores. Cuando un candidato se rodea de figuras del pasado, envía un mensaje inequívoco: el cambio es solo retórico. Yascha Mounk, en El pueblo contra la democracia, advierte que cuando los partidos tradicionales fallan en responder a las demandas sociales, los ciudadanos buscan alternativas fuera del sistema. En Panamá, el creciente desencanto con los partidos tradicionales —más preocupados por su propia estabilidad que por el país— alimenta el apoyo a candidaturas independientes o movimientos de ruptura.
Ulrich Beck, en La sociedad del riesgo, describe cómo las transformaciones modernas generan incertidumbre y desconfianza hacia las instituciones. En un país donde los riesgos económicos, sociales y ambientales se multiplican, las instituciones pierden legitimidad si no se adaptan con rapidez. Los votantes jóvenes, habituados a cuestionarlo todo e informarse en segundos, son especialmente sensibles a esta falta de credibilidad.
Manuel Castells, en Comunicación y poder, recuerda que la política contemporánea se construye en gran medida en el espacio digital. Las redes sociales moldean percepciones, generan identidades y exigen coherencia inmediata. En este ecosistema, rodearse de figuras del pasado resta relevancia y autenticidad. Sin embargo, Panamá sigue siendo un país con fuerte componente territorial. El interior conserva dinámicas propias donde la presencia física, el contacto directo y la escucha activa siguen siendo fundamentales. Todo proyecto que aspire a transformar el país debe combinar la potencia de lo digital con la cercanía del territorio. Más allá de la crítica a la política tradicional, Panamá necesita un proyecto nacional que articule las aspiraciones de los distintos sectores sociales. Un verdadero proyecto de renovación debe traducirse en medidas claras: una reforma educativa que priorice la formación técnica y digital, un plan nacional de vivienda accesible para jóvenes y familias, la digitalización total de trámites gubernamentales para combatir la corrupción, y una estrategia seria de diversificación económica que reduzca la dependencia del Canal y del discurso minero. No se trata solo de criticar lo viejo, sino de construir lo nuevo con seriedad.
La política panameña no puede seguir operando con lógicas del siglo pasado. La ciudadanía exige procesos más transparentes, decisiones basadas en evidencia y comunicación clara y honesta. La verdadera modernización es cultural: romper con el clientelismo, promover la meritocracia y fortalecer las instituciones. En este contexto, los independientes enfrentan una doble tarea: construir una alternativa creíble y hacerlo con tiempo suficiente. Ante los obstáculos que el Tribunal Electoral sigue imponiendo a las candidaturas independientes, mediante requisitos excesivos de firmas y trabas burocráticas que dificultan sus postulaciones, se hace necesario actuar con inteligencia. Constituir cuanto antes un partido político no es una traición a la independencia, sino una decisión estratégica. Este proceso toma tiempo, organización y estructura sólida; por eso, entre antes se inicie, mayores serán las probabilidades de éxito en las próximas elecciones. Ante un país todavía profundamente partidista, donde la mayoría legislativa es clave para gobernar, esta estrategia se vuelve prácticamente indispensable para competir en igualdad de condiciones. No se trata de renunciar a la independencia, sino de no dejarse vencer por reglas del juego que favorecen al statu quo. Los independientes deben conquistar no solo el voto joven, sino también el voto adulto y de las personas mayores. Para lograrlo, no basta con las redes sociales: hay que caminar el país, escuchar, construir alianzas y demostrar que el cambio no es un eslogan, sino un proyecto real y posible.
El momento exige valentía y visión. Panamá no puede permitirse otra década perdida. Los independientes y las fuerzas renovadoras tienen la responsabilidad histórica de ofrecerle al país una alternativa seria, moderna y honesta. El cambio no vendrá solo por el rechazo a lo viejo, sino por la construcción de algo mejor. Llegó la hora de pasar de la crítica a la acción concreta.
El autor es abogado, docente y doctor en Derecho.

