La tierra parecía haber perdido toda obediencia a las leyes que conocíamos. Se levantaba, se estremecía y volvía a sacudirse con una violencia imposible de detener. Un estruendo ensordecedor, semejante al rugido de un viento impetuoso, se mezclaba con los gritos de quienes buscaban protección. Por momentos, los movimientos disminuían y creíamos que lo peor había pasado. Pero aquella fuerza regresaba, sin dar tregua. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Nada a mi alrededor parecía reconocible.
En Las Tablas, durante el terremoto del 9 de octubre, aquella fuerza parecía un monstruo gigantesco e invisible que surgía de las profundidades de la tierra. Los vehículos se balanceaban como si hubieran perdido su peso; las motocicletas estacionadas de los agentes de tránsito caían al pavimento. Las personas salían de las oficinas, gritaban y corrían desconcertadas.
Hasta entonces, conocía los terremotos por películas y noticias: calles abiertas por enormes grietas, edificios desplomados y estructuras convertidas en escombros. No presencié aquellas escenas donde me encontraba, pero tampoco imaginaba lo que llegaría a sentir. Los simulacros son indispensables para aprender a protegernos; aun así, ninguna práctica reproduce el desconcierto de sentir que la tierra pierde su firmeza.
En medio de aquella angustia, mi pensamiento recorría desesperadamente a toda mi familia. ¿Dónde estaba mi esposo? ¿Qué ocurría con mis hijos, mis nietos, mis hermanos y los demás seres queridos? Apenas pensaba en unos cuando comenzaba a temer por otros. Cada pregunta se convertía en una súplica.
Tomé de la mano a una persona que estaba a mi lado y juntas repetíamos: «Dios, ayúdanos. Dios, ayúdanos. Dios, protégenos». Pedíamos por nuestras familias y por todos los presentes, aferradas a la esperanza de salir con vida.
Cuando las sacudidas dieron una tregua, llegó mi esposo a buscarme. Verlo fue mi primer gran alivio, aunque la angustia por nuestros hijos, nietos y demás familiares continuaba. La falta de comunicación hacía todavía más dolorosa aquella incertidumbre.
Pero el miedo no terminó con aquel encuentro. Las réplicas han continuado durante días y noches y todavía se hacen sentir, algunas como latigazos repentinos, acompañados de sonidos secos que renuevan el sobresalto. Intentábamos descansar bajo los árboles de mango, en sillas, hamacas o dentro de los automóviles. En los patios, familiares, vecinos y amigos compartíamos alimentos, preocupaciones y compañía. Surgieron cocinas improvisadas y gestos de apoyo que nos ayudaron a sobrellevar la incertidumbre. No podíamos detener las sacudidas, pero sí acompañarnos.
En las comunidades más afectadas también surgieron iniciativas solidarias para aliviar necesidades urgentes. Sin embargo, las consecuencias no han sido iguales para todos. Algunas familias regresaron a sus viviendas con cautela; otras permanecen fuera por los daños sufridos. Y están quienes perdieron sus hogares, sus pertenencias y el resultado de años de sacrificio. Una cosa es temer regresar a casa; otra, descubrir que ya no existe una casa a la cual volver.
Para quienes permanecen a la intemperie, la emergencia se prolonga. La falta de agua segura y servicios sanitarios incrementa el riesgo de enfermedades. Los pacientes atendidos provisionalmente bajo carpas necesitan protección frente a la lluvia, al igual que el personal y los equipos médicos. Evacuar no basta si el lugar destinado a protegerlos tampoco ofrece condiciones adecuadas.
Las denuncias de asistencia gubernamental insuficiente o tardía no pueden quedar sin respuesta. Una visita oficial, una fotografía, un informe o una entrega de alimentos pueden ser necesarios, pero ninguno sustituye las soluciones que esperan las familias. Si la comida recibida apenas alcanza para un día, ¿qué ocurrirá mañana? Si una vivienda quedó inhabitable, ¿dónde dormirán sus ocupantes la próxima semana?
La solidaridad ciudadana es valiosa, pero no reemplaza las obligaciones del Estado. Urgen un censo público y actualizado de las viviendas afectadas, un canal único de información y plazos verificables para brindar asistencia, con prioridad para las familias más vulnerables y las comunidades apartadas. También debe informarse qué comunidades han recibido atención y cuáles continúan esperando.
Un terremoto puede sorprendernos; la desorganización, la improvisación y las demoras no deberían hacerlo. Existen instituciones, recursos y planes de emergencia para responder ante situaciones como esta. Las autoridades locales requieren coordinación y respaldo inmediatos y eficaces. La emergencia no puede administrarse al ritmo de la burocracia. Son seres humanos, no expedientes. Ninguna familia debería tener que demostrar una y otra vez su sufrimiento para recibir atención.
Desde mi fe, agradezco la infinita misericordia divina y le pido a Dios fortaleza, esperanza y sabiduría para que todos podamos salir adelante. Deseo que ninguna familia se sienta abandonada y que la voluntad de ayudar permanezca cuando desaparezca la atención de los primeros días.
Pero ayudar también exige integridad. Aprovecharse del sufrimiento ajeno para obtener privilegios, reconocimiento o beneficios personales constituye una profunda falta de humanidad. La necesidad de otros no puede convertirse en negocio, instrumento de poder ni oportunidad para satisfacer ambiciones particulares. Cuando alguien lo ha perdido todo, la prioridad debe ser aliviar su dolor, no obtener provecho de su desgracia.
Nuestros mayores advertían que nadie sabe si podrá regresar a casa cuando sale de ella. Hoy aquellas palabras adquieren un significado que duele: hay familias que sobrevivieron al terremoto, pero no tienen un hogar al cual volver.
La tierra sigue temblando. Y mientras sus réplicas nos recuerdan nuestra vulnerabilidad, hay familias para quienes cada amanecer llega después de otra noche sin techo, otra jornada de incertidumbre, otra espera. La naturaleza no nos pidió permiso para sacudir nuestras vidas, pero nosotros sí podemos decidir cómo responder. Que ninguna autoridad confunda el paso de los días con el final de la emergencia, ni la solidaridad con una oportunidad de beneficio personal. Porque aquel minuto que vivimos todavía no termina. Y no terminará para quienes lo perdieron todo mientras la ayuda que necesitan siga siendo una promesa.
¿Qué justificación puede tener la espera cuando de ella dependen la dignidad, la seguridad y el futuro de una familia que ya lo perdió todo?
La autora es educadora.


