Cada mes de julio, Las Tablas se convierte en el corazón del folclore panameño. En el marco de las festividades de Santa Librada, el Festival Nacional de la Pollera, organizado por el Club de Leones de Las Tablas desde 1957 y posteriormente institucionalizado mediante la Ley 50 de 1961, para rendir homenaje al traje nacional, símbolo por excelencia de nuestra identidad y de nuestro patrimonio cultural.
Sin embargo, conviene recordar cuál fue el verdadero espíritu con el que nació esta celebración.
Cuando un acordeonista obtiene el primer lugar, el premio no pertenece al acordeón. El reconocimiento es para el músico.
Cuando una camisilla es declarada vencedora, el mérito no corresponde a quien la viste. El reconocimiento recae sobre el artesano o la artesana que dedicó incontables horas de trabajo, paciencia y conocimiento para convertir una tela en una auténtica obra de arte.
Con la pollera ocurre exactamente lo mismo. La mujer que la luce merece admiración por su elegancia, porte y respeto por nuestras tradiciones. Pero el verdadero corazón del concurso está en la obra artesanal: en las manos que diseñaron, bordaron, tejieron encajes, confeccionaron tembleques y dieron vida a una pieza única, fruto de un conocimiento transmitido de generación en generación.
La pollera ganadora es, ante todo, una victoria del arte popular panameño. No es casualidad que el máximo reconocimiento del Festival sea la Medalla Margarita Lozano. Esa distinción refleja el verdadero espíritu de esta celebración, pues reconoce a la pollera que, entre las vencedoras de las distintas categorías, representa la máxima expresión de la excelencia artesanal, la tradición y la identidad nacional.
La dama que la luce tiene el honor de presentarla con donaire y elegancia, pero la verdadera protagonista es la pollera y, detrás de ella, el artesano o la artesana que hizo posible esa obra de arte. Ese es el espíritu que históricamente ha inspirado al Festival Nacional de la Pollera: honrar la excelencia de la obra artesanal como expresión suprema del patrimonio cultural panameño.
Por ello, resulta equivocado atribuir ese triunfo a una persona jurídica, cualquiera que sea su nombre, o utilizar el resultado para alimentar rivalidades que nada tienen que ver con el propósito del Festival. Es aún más lamentable cuando se intenta trasladar a esta celebración la lógica de otras confrontaciones tradicionales, convirtiendo una manifestación cultural de alcance nacional en un escenario de protagonismos y competencias ajenas a su esencia.
No todo debe medirse bajo esa óptica. Hay tradiciones que pertenecen a todos los panameños. La Pollera es una de ellas.
Mercantilizar el patrimonio cultural o utilizarlo para obtener beneficios particulares desvirtúa el legado que nuestros mayores nos confiaron. La pollera no nació para dividir; nació para unir. No representa a un barrio, una organización o una
sociedad. Representa a Panamá.
Quienes confeccionan una pollera dedican, en muchos casos, meses e incluso
años de trabajo. Cada puntada resume siglos de historia, creatividad y amor por nuestras raíces. Allí reside el verdadero valor del concurso y allí debe recaer el reconocimiento de la Nación.
Cuando el jurado otorga la máxima distinción, no está premiando únicamente a quien desfila con gracia y elegancia. Está reconociendo una obra de arte textil, una tradición centenaria y el extraordinario talento de quienes mantienen vivo uno de los más preciados símbolos de nuestra identidad.
Defender esa esencia es defender a Panamá. Por todo lo anterior, los medios de comunicación tienen también una enorme responsabilidad. Informar con rigor es proteger el patrimonio cultural de la Nación.
Ningún medio debe desvirtuar el profundo sentido nacional, histórico y cultural del Festival Nacional de la Pollera para privilegiar lo superficial sobre lo esencial.
Cuando el propio Festival, a través de la Medalla Margarita Lozano, consagra como máxima expresión del certamen a una pollera y al extraordinario trabajo artesanal que representa, no resulta correcto trasladar ese mérito a intereses o protagonismos ajenos a su verdadera naturaleza. Que nunca permitamos que el afán de crear confrontaciones o de exaltar intereses particulares opaque el brillo de quienes, con sus manos, mantienen viva la más hermosa expresión del folclore panameño. Porque cuando lo sublime se reduce a lo mundano, no pierde la pollera: pierde Panamá.
Las naciones no se engrandecen cuando convierten sus tradiciones en motivo de rivalidad; sino honrando a quienes, con paciencia, talento y amor, las hacen posibles. La pollera es el orgullo de Panamá porque primero fue el orgullo de sus artesanos.
El autor es abogado.


