Hace unos días fui al cine a ver la interpretación de La odisea de Christopher Nolan. Fue un espectáculo visual deslumbrante, fiel a su estilo monumental. Al salir del cine me quedé reflexionando y me hice una pregunta que considero fundamental para el presente de nuestra región: ¿cuál es el mensaje que nos deja? Más allá del mero entretenimiento, la obra ofrece un espejo político en el que también podemos mirar la realidad institucional de nuestros países.

El caballo de Troya funciona en el filme como una poderosa metáfora de la infiltración y el engaño político. Se presenta como una aparente ofrenda, pero oculta en su interior el instrumento de la destrucción. En nuestro entorno cotidiano, este caballo toma frecuentemente la forma de promesas mesiánicas o maniobras legislativas presentadas bajo el ropaje de supuestos beneficios populares. Detrás de esa fachada noble y supuestamente redentora pueden esconderse agendas orientadas al saqueo de los recursos públicos y al debilitamiento progresivo del imperio de la ley.

A este engaño se suma el simbolismo de la flor de loto. Su efecto permite ilustrar cómo el poder puede anestesiar a una población hasta hacerle perder la memoria de su pasado y, sobre todo, de su misión cívica. Esa flor moderna puede adoptar la forma de subsidios clientelares, discursos que dividen o entretenimiento utilizado como distracción, sumergiendo a la sociedad en una amnesia colectiva que difumina la urgencia ciudadana de exigir un verdadero Estado de derecho.

El episodio de Circe arranca desde la fragilidad humana: el desespero de los marineros por subsistir los lleva a aceptar los alimentos de la hechicera en un acto de supervivencia. Ellos creen en su hospitalidad y terminan convertidos en animales. La escena permite reflexionar sobre cómo el poder puede utilizar la necesidad como anzuelo.

Al amparo de promesas de infraestructura básica, regalos de jamones, ferias de comida barata o eslóganes de una falsa “salud igual para todos”, puede escenificarse una trampa de dependencia. Sometida a largas y humillantes filas, la población necesitada queda obnubilada ante la ilusión de una promesa que nunca llega y corre el riesgo de convertirse en una ciudadanía dependiente y despojada de juicio crítico, mientras los pretendientes al trono de Ítaca esperan al acecho para repartirse el botín a puerta cerrada.

Frente a esta corrupción generalizada, la historia introduce una metáfora especialmente potente: el pasaje de las sirenas, una lección de autolimitación. Odiseo sabe que sus cantos son irresistibles y ordena a sus hombres que lo aten firmemente al mástil, prohibiéndoles liberarlo sin importar cuánto suplique o se desespere después.

Trágicamente, en nuestra realidad no siempre hacemos como los marineros de Odiseo: no nos ponemos cera en los oídos. Nos dejamos llevar por los cantos de sirena, seducidos por falsas promesas y cayendo una y otra vez en la trampa.

Esos cantos ocultan, además, un problema institucional: Constituciones marcadas por el hiperpresidencialismo concentran un enorme poder en el gobernante de turno. Nos adormecemos esperando un “ángel” milagroso, cuando una verdadera república exige precisamente lo contrario: que los dirigentes estén atados al mástil de la ley y sometidos a una efectiva separación de poderes y a verdaderos frenos y contrapesos.

El camino de una república libre siempre estará acechado por engaños y oportunistas. Por eso, el desenlace de la historia nos devuelve a otra imagen poderosa: el regreso de Odiseo y su enfrentamiento con los pretendientes al trono de Ítaca, quienes durante su ausencia vivían a expensas de su reino y consumían los bienes de su palacio.

Esa es también una batalla cívica que debemos enfrentar si queremos construir una verdadera república. La caída de Troya fue posible porque alguien abrió las puertas al caballo; la recuperación de Ítaca exigió poner fin al abuso de quienes se aprovechaban de su ausencia. Entre ambas imágenes hay una misma advertencia: las instituciones también pueden ser destruidas desde dentro cuando los ciudadanos dejan de vigilarlas.

Al salir de la sala, la entrada puede transformarse en capital cívico. Si la sociedad civil no despierta del letargo del loto, si no se educa en valores republicanos y en las reglas del constitucionalismo moderno, seremos incapaces de construir un marco institucional con los frenos necesarios para contener a quienes pretenden enriquecerse a costa de todos.

La cartelera nos propone una película; la realidad nos exige una reacción.

La autora es arquitecta.