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La medicina en un teclado

La medicina en un teclado

Toda la medicina en un teclado: el desconocimiento fundacional de la historia natural de la enfermedad, del algoritmo de las excepciones, de la incertidumbre a través de los siglos, de la incorrección de las bacterias y los virus y de la diversa cultura humana. Basta ignorar todo esto y algunas otras cosas más para atreverse a enfrentar y confrontar tal ejército de hechos e interrogantes alrededor de los enfermos, de las enfermedades y de los patógenos, como si se hubieran adquirido los instrumentos del arte y la ciencia en una Escuela de Medicina.

Me es muy difícil, lo confieso, pasar por alto una receta de batidos de hormonas, proteínas y creatina que, con una levedad insoportable, prescribe el entrenador de un gimnasio y conmina a sus clientes a tomarlos. Allí llegaron buscando belleza, salud, vida y fuerzas, pero, a ese ritmo, competirán ahora por hemorragias cerebrales, el endurecimiento de sus arterias, los infartos cardiacos, una movilidad robótica y la fugaz admiración de los espejos.

La creatina es el suplemento para deportistas adolescentes más popular e ingerido. No importa desconocer su propio estado de salud, que ciertamente modifica la disposición de los fármacos, propia de cada sistema corporal. El propósito de su uso es mejorar el rendimiento en los deportes, el desempeño en el levantamiento de pesas y los resultados en las diversas actividades de los gimnasios. Aquellos propósitos se verán frustrados por dietas inapropiadas ricas en proteínas y aminoácidos, o nocivas y peligrosas por sus contenidos innecesarios de hormonas y esteroides. Crear gran volumen corporal y masa muscular desfigurante solo serviría para sostener trofeos fugazmente.

“Mi vecina, la costurera, me dijo esta mañana que su hijo tiene lo mismo que tiene el mío. Los mismos síntomas, el mismo malestar, la misma fiebre, y que no es necesario que lo examine su doctor; que me vaya al laboratorio, donde le harán estas pruebas y sus resultados estarán listos en una hora. Aquí los tengo, mándeme la receta del antibiótico. El hijo de mi vecina ya los está tomando y me dice ella que le sirven también a mi hijo, que ella siempre se los da a sus hijos con fiebre”. Se fumigaron entre ella y su vecina el interrogatorio sobre la enfermedad, los hallazgos del examen físico, el sorteo de síntomas similares para diferentes enfermedades y el juicio crítico del médico sobre cómo proceder. Ahora, aspira a terminar con la fumigación del último eslabón de la consulta médica. Toca decirle, como buen colombiano: “déjate ver para atenderte”.

“Una foto dice más que mil palabras”, me contestó cuando pregunté qué mensaje traía la fotografía que viajó muda por WhatsApp. Seguramente, el cerebro debe tener impresas todas las ocasiones que le permiten ver una imagen y hacer un diagnóstico inequívoco, según la nueva medicina en las redes. Pero unas pocas palabras pueden cambiar toda la historia, toda la imagen, todo el horror o el escándalo que ella sugiere. Y no despreciemos la grave verdad de los teléfonos celulares, cuyas cámaras pixelizan, deshonesta e inoportunamente, cuanto se les pone enfrente.

El paciente enfermo tiene que ser examinado integralmente por un médico, no por un robot ni por una consulta lejana con un desconocido entrenado para ser amable, quien tampoco conoce al enfermo. Si la consulta a Google, a ChatGPT o a la IA es para ahorrar tiempo, también le confieso que la velocidad de estos instrumentos no la puedo superar en mi consultorio, pero en lo que ellos no me superan es en la enorme y probada ventaja de un examen físico, seguido de una historia clínica bien hecha y no tergiversada por la carga emocional que la enfermedad le suma a las descripciones e impresiones que hacen un niño con miedo y una madre preocupada.

Confieso el escalofrío y la molestia que me producen la seguridad altisonante y el atrevimiento cínico de algún “productor de contenidos”, quien pronuncia su discurso médico sin siquiera haber terminado la escuela secundaria, ni conocer cuántas cavidades tiene el corazón humano o cuántas vértebras le facilitan su postura y marcha al animal bípedo, ni siquiera conoce la definición de fiebre o para qué sirve la vacunación de los adultos. Y, peor, aquel “productor de contenidos” que sí estudió medicina, al parecer para tener un título y embaucar a los enfermos y a los sanos. Uno que burla a quien lo busca para construir confianza y seguridad, las cuales necesita todo enfermo para curarse.

Ejercer la medicina es un compromiso con el paciente que requiere responsabilidades éticas. Es entender los deberes del médico, discernir con sabiduría, desarrollar un razonamiento clínico y moral, y buscar la confianza de la sociedad y del paciente. Ejercer la medicina no es el ejercicio de un robot, de un algoritmo memorizado, de una duplicación de recetas, como tampoco es la oportunidad ni el lugar para las diversiones de un farsante.

El autor es médico.


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