1. El comienzo de la travesía
Hay experiencias que comienzan como una oportunidad y terminan convirtiéndose en una lección de vida. La mía dentro del sistema educativo no fue diferente. Llegué con ilusiones, con deseos de crecer profesionalmente y, sobre todo, con la convicción de que la educación debía ser un espacio para aprender, enseñar, cuestionar y construir.
No llegué buscando privilegios, amistades estratégicas ni espacios de poder. Llegué con la intención de trabajar, cumplir con mis responsabilidades y desarrollar mi vocación. Mi formación académica me había enseñado que pensar era una responsabilidad, que argumentar exigía fundamentos y que el conocimiento no debía utilizarse para imponer voluntades, sino para comprender la realidad y transformarla.
Antes de llegar a ese entorno institucional, también había tenido que superar mis propias dificultades. Durante el último año de secundaria atravesé limitaciones económicas que amenazaban con interrumpir mis estudios. Sin embargo, una profesora de Español creyó en mí y me animó a continuar. Aquella experiencia me enseñó que un docente puede marcar la diferencia en la vida de una persona, no solamente por lo que explica desde un aula, sino por la confianza que es capaz de despertar.
Más adelante, ingresé a la universidad con la intención de estudiar Español, pero terminé enamorándome de la Filosofía. Allí encontré herramientas para pensar, cuestionar, analizar argumentos y no aceptar cualquier afirmación solamente porque alguien la pronunciara desde una posición de autoridad.
Quizá por eso, cuando llegué a aquella isla institucional, no imaginé que algunas de las lecciones más importantes no las recibiría en un salón de clases, sino observando el comportamiento de quienes debían dar ejemplo.
2. El reino de las sonrisas y las reverencias
Pronto descubrí que no todas las instituciones se organizan únicamente alrededor de sus objetivos educativos. Algunas parecen desarrollar una estructura paralela, donde las relaciones personales, las simpatías y las conveniencias terminan ocupando un lugar demasiado importante.
En aquel escenario, había que aprender a interpretar los silencios, las miradas, los comentarios disfrazados de bromas y las conversaciones que parecían inocentes, pero que llevaban una intención bastante clara. Las diferencias no siempre se expresaban de frente; con frecuencia aparecían envueltas en indirectas, rumores y pequeñas provocaciones.
La capacidad profesional no siempre parecía suficiente. También había que saber quién estaba de buen humor, quién podía sentirse incómodo ante una opinión distinta y quién esperaba una muestra de reconocimiento para mantener su sonrisa.
Era curioso observar cómo algunas personas podían confundir el respeto con la obediencia absoluta y la convivencia con la obligación de estar de acuerdo. Parecía que pensar por cuenta propia era una descortesía y que expresar una opinión diferente podía interpretarse como una declaración de guerra.
Sin embargo, una institución educativa no debería funcionar como una corte. El respeto no puede depender de la cantidad de elogios que una persona recibe, ni la autoridad debería necesitar un desfile permanente de aprobaciones para sentirse reconocida.
Una cosa es reconocer el trabajo de quien dirige y otra muy distinta es convertir ese reconocimiento en una obligación cotidiana. La admiración auténtica no se decreta, no se exige y mucho menos se consigue mediante la presión.
3. Su Majestad sin corona y el protocolo de la adulación
En aquella isla también existía una figura que parecía disfrutar de una posición muy particular. No necesitaba corona, trono ni ceremonia oficial: bastaba con que el entorno se comportara como si estuviera frente a una majestad.
La autoridad, que debería ejercerse con sensatez, equilibrio y responsabilidad, parecía adquirir por momentos una dimensión ceremonial. Había que cuidar las palabras, medir los gestos y procurar no alterar el ambiente de reverencias que se había instalado alrededor de ciertas decisiones.
Hasta el atuendo parecía formar parte del protocolo. En ocasiones, la vestimenta adquiría una importancia que parecía superar otras necesidades institucionales mucho más urgentes. Las actividades relacionadas con las representaciones culturales y los desfiles podían convertirse en una especie de escenario donde la imagen terminaba ocupando el primer lugar.
Y es que una cosa es promover la cultura, reconocer las tradiciones y participar voluntariamente en actividades que fortalecen la identidad; otra muy distinta es convertir esas expresiones en una obligación que deja poco espacio para la voluntad individual. La cultura merece respeto, no imposición. La identidad no necesita convertirse en uniforme para demostrar que existe.
A veces daba la impresión de que ciertas decisiones buscaban más alimentar una imagen de autoridad que responder a las verdaderas necesidades de la comunidad educativa. Y mientras se cuidaban los detalles de la presentación, quedaban asuntos más importantes esperando atención.
Lo verdaderamente llamativo era que el protocolo parecía tener más rigor que algunas responsabilidades institucionales. Para ciertos detalles había instrucciones precisas; para resolver problemas, en cambio, no siempre aparecía la misma diligencia.
Su Majestad sin corona podía no tener un reino reconocido oficialmente, pero en aquella isla el protocolo parecía estar bastante bien establecido. Y, como suele ocurrir en las cortes, siempre había quien encontraba conveniente estar cerca del trono.
4. El tesoro de la permanencia y las ilusiones a descuento
La permanencia docente, que debería representar estabilidad, reconocimiento al esfuerzo y seguridad para continuar desarrollando una carrera profesional, terminó convirtiéndose en una experiencia llena de expectativas, trámites y preguntas.
Durante años, muchos docentes trabajan esperando que sus derechos sean reconocidos oportunamente. Cumplen horarios, atienden estudiantes, preparan clases, asumen responsabilidades y esperan que los procedimientos administrativos respondan con la misma puntualidad que se les exige a ellos.
En mi caso, después de seis años de servicio, la permanencia fue reconocida por el Ministerio de Educación. Sin embargo, el reconocimiento no significó que todo quedara resuelto. La documentación correspondiente todavía no se reflejaba en la instancia administrativa encargada de formalizar el proceso, y el reconocimiento económico seguía pendiente.
Así descubrí que una cosa es obtener un derecho y otra conseguir que todas las oficinas involucradas lo hagan efectivo. La permanencia podía estar reconocida en un documento, pero su recorrido administrativo parecía tener vida propia.
En medio de esa espera también aparecían comentarios, rumores y versiones sobre quién debía firmar, quién podía facilitar el trámite y qué persona tenía influencia para que las cosas avanzaran. No todo lo que se decía podía comprobarse, y precisamente por eso aprendí a distinguir entre la información verificable y las especulaciones que circulaban por los pasillos.
En una ocasión, un docente jubilado comentó: «Si yo de joven hubiera tenido la plata que tengo hoy, ¡uf!». Aquella expresión me hizo pensar en el futuro, en la jubilación y en la tranquilidad económica que uno espera alcanzar después de tantos años de trabajo. Sin embargo, en un país donde las circunstancias cambian y las certezas parecen tener fecha de vencimiento, hasta la ilusión de una vejez tranquila termina pasando por caja.
También conocí la realidad de un docente que, pese a haberse jubilado, continuaba ocupando un puesto como docente activo. Y aclaro que no todos son así; hablo de lo que me tocó observar. Lo que llamaba mi atención no era su condición de jubilado ni el hecho de que continuara vinculado a la institución, sino la contradicción entre su permanencia, el poco compromiso que observaba en el cumplimiento de determinadas responsabilidades y su disposición para cuestionar el trabajo de los demás. Al parecer, señalar las deficiencias ajenas resultaba una tarea mucho más llevadera que revisar las propias.
Mientras tanto, algunos jóvenes docentes de su propio pueblo esperaban una oportunidad para ingresar al sistema educativo y ejercer la profesión para la que se habían preparado. Tenían capacidad, formación y deseos de trabajar, pero aquella plaza seguía ocupada y no parecía cercana la posibilidad de que quedara disponible. La espera de unos contrastaba con la permanencia de quien no parecía tener prisa por dejar el puesto.
Lo paradójico era que, mientras continuaba en funciones, recibía dos ingresos: el correspondiente a su jubilación y el salario por mantenerse como docente activo. No cuestiono aquí el derecho a percibir los ingresos que correspondan; cuestiono la falta de correspondencia que observé entre la remuneración por el puesto activo y el cumplimiento de las responsabilidades docentes.
Dos cheques podían llegar con puntualidad admirable, aunque el trabajo no mostrara el mismo entusiasmo. ¡Qué curioso equilibrio el de aquella isla: para cobrar no parecía haber retrasos, pero para cumplir con ciertas responsabilidades siempre había margen para la pausa!
No se trata de negar derechos ni de cuestionar la dignidad de quien ha trabajado durante años. Se trata de preguntarnos qué sentido tiene conservar una posición cuando no se asume con responsabilidad y cuando, al mismo tiempo, hay profesionales jóvenes esperando una oportunidad legítima para demostrar sus capacidades.
La experiencia profesional debería ser un patrimonio que se comparte, no una silla que se conserva por el simple hecho de estar ocupada. Una institución necesita memoria, pero también renovación. Necesita docentes con trayectoria que aporten sus conocimientos y jóvenes profesionales que tengan la oportunidad de demostrar sus capacidades. La antigüedad merece respeto, pero no puede convertirse en una patente de inmunidad frente a las responsabilidades.
Porque una cosa es tener años de servicio y otra muy distinta es honrar la profesión. Cuestionar el trabajo ajeno mientras se descuida el propio es una contradicción que merece, por lo menos, una reflexión. Y si además hay jóvenes esperando esa oportunidad, la pregunta deja de ser individual y se convierte en un asunto de responsabilidad institucional.
En aquella isla, el reloj parecía avanzar lentamente para unos, pero la planilla de pago conservaba una puntualidad admirable.
5. El gremio: ¿escudo o espada?
Si hay algo que un docente necesita durante su trayectoria profesional es saber que cuenta con una representación gremial capaz de escuchar, orientar y defender sus derechos. La organización gremial debería ser un espacio de acompañamiento, no una credencial para obtener comodidades personales.
Sin embargo, también conocí una experiencia que me hizo cuestionar la distancia entre lo que se espera de un representante y lo que realmente puede llegar a hacer.
En mi caso, me tocó observar a un representante que no parecía mostrar la misma diligencia para atender las inquietudes de los docentes, comunicar las situaciones que se presentaban o informar sobre los asuntos que debían preocupar al colectivo. Cuando se necesitaba una respuesta, el silencio podía ser bastante prolongado. Cuando se requería una gestión, la disposición no siempre aparecía.
Curiosamente, para las giras académicas y los paseos relacionados con actividades gremiales sí parecía existir una organización mucho más eficiente. Al parecer, había asuntos que encontraban transporte, itinerario y entusiasmo con mayor facilidad que las preocupaciones de quienes necesitaban orientación.
No pretendo afirmar que todos los representantes gremiales actúan de esa manera. Sería injusto generalizar. Hay personas que cumplen su función con responsabilidad, compromiso y verdadera vocación de servicio. Pero esa no fue la experiencia que me tocó vivir.
Con el tiempo comprendí que no basta con ocupar un cargo para representar a los demás. La representación exige presencia, comunicación, transparencia y disposición para asumir responsabilidades, incluso cuando hacerlo resulte incómodo.
Un cargo gremial no debería ser un escondite para eludir las obligaciones ni una oportunidad para convertir los beneficios de la representación en privilegios personales. Si se acepta representar a un colectivo, también se acepta la responsabilidad de responder por él.
Y allí aprendí otra lección: no podía depositar mi tranquilidad profesional en la esperanza de que alguien más resolviera mis asuntos. Tenía que informarme, conocer los procedimientos, guardar documentos, preguntar, insistir y actuar correctamente.
Aprendí a jugar vivo, sí, pero no a hacer trampas. Aprendí a moverme con inteligencia, a no regalar mis derechos y a no confundir la prudencia con el silencio. Jugar vivo, para mí, significó hacer lo correcto sin ser ingenua; avanzar sin pisotear a nadie y defender lo que me correspondía sin convertirme en aquello que cuestionaba.
6. La educación más allá de las paredes del aula
Todas estas experiencias me obligaron a reflexionar sobre el sentido de la educación. Porque la escuela no enseña solamente a través de los contenidos que aparecen en los programas. También educa mediante las conductas, las decisiones, los ejemplos y las relaciones que se construyen dentro de ella.
¿Qué mensaje recibe un estudiante cuando observa que la adulación parece tener más valor que el mérito? ¿Qué aprende cuando descubre que algunas personas pueden cuestionar a los demás sin revisar primero sus propias responsabilidades? ¿Qué idea de justicia se construye cuando quienes esperan una oportunidad no encuentran espacio, mientras otros parecen aferrarse a posiciones que ya no desempeñan con el compromiso esperado?
La educación pierde fuerza cuando el discurso institucional se separa de las prácticas cotidianas. No podemos hablar de responsabilidad, respeto, honestidad y compromiso frente a los estudiantes si esos mismos principios no encuentran correspondencia en el comportamiento de los adultos.
Tampoco se trata de exigir perfección. Nadie está libre de equivocarse. Todos tenemos aspectos que corregir y oportunidades para mejorar. Precisamente por eso, la crítica debería entenderse como una posibilidad de aprendizaje y no como una amenaza personal.
No escribo estas líneas para presentar una historia de buenos contra malos ni para atribuirme una superioridad moral. También he cometido errores, he tenido que aprender y he descubierto que no siempre es sencillo actuar correctamente en ambientes donde las conveniencias parecen marcar el ritmo.
Pero hay una diferencia entre equivocarse y negarse a revisar la propia conducta. Una institución crece cuando sus integrantes pueden reconocer sus fallas, escuchar observaciones y corregir lo que no funciona. Se estanca cuando toda crítica se interpreta como una ofensa y toda discrepancia como una falta de lealtad.
La verdadera autoridad no necesita que los demás la adulen. Se fortalece cuando sus decisiones son justas, cuando escucha y cuando demuestra con hechos aquello que exige con palabras.
7. El patio limoso: donde resbalar no significa quedarse
No voy a decir que todo fue sencillo. Hubo momentos en los que las indirectas, las provocaciones y el ambiente institucional terminaron afectándome más de lo que hubiera querido admitir.
Llegó un momento en que necesité buscar ayuda psicológica. Reconocerlo no me resta fortaleza; al contrario, me permitió comprender que no tenía por qué cargar sola con situaciones que estaban afectando mi bienestar.
También encontré en la escritura una manera de ordenar mis pensamientos, revisar lo vivido y convertir algunas experiencias en reflexiones. Escribir me permitió tomar distancia, mirar los acontecimientos con mayor claridad y comprender que no todo conflicto merece una respuesta inmediata.
No romantizo lo vivido. No creo que sufrir sea necesario para crecer ni que las experiencias desagradables deban agradecerse como si fueran regalos. Hay situaciones que sencillamente no debieron ocurrir y conductas que necesitan ser corregidas.
Sin embargo, sí creo que podemos decidir qué hacemos con lo aprendido. Una experiencia difícil puede convertirse en una oportunidad para establecer límites, fortalecer el criterio y reconocer qué clase de profesional queremos ser.
En aquella isla aprendí que no siempre gana quien más habla, quien más sonríe o quien mejor domina el arte de quedar bien. A veces, la verdadera victoria consiste en conservar la capacidad de pensar con independencia y actuar con coherencia, incluso cuando eso no produce aplausos.
Jugar vivo haciendo lo correcto fue mi manera de avanzar. No me presté para intrigas, no necesité rendir pleitesía y tampoco confundí la prudencia con la sumisión. Aprendí a observar, a documentar, a cumplir y a defender mis derechos por las vías correspondientes.
Porque ser inteligente no significa aprovecharse de los demás. Significa reconocer el terreno, entender las reglas y no permitir que la ingenuidad termine convirtiéndose en una desventaja.
8. La salida del reino
Con el tiempo llegó la decisión de salir de aquel entorno. No fue una declaración de derrota ni una renuncia a mi vocación. Fue, sencillamente, reconocer que permanecer en un lugar no siempre significa avanzar.
A veces se confunde la resistencia con la obligación de soportarlo todo. Se piensa que quien se queda demuestra fortaleza y quien se marcha ha perdido. Pero la vida profesional no debería medirse por la cantidad de años que una persona logra permanecer en un ambiente, sino también por la calidad de lo que puede construir en él y por la dignidad con la que decide continuar.
Irme no significó renunciar a la educación. Significó entender que mi vocación era mucho más grande que las dinámicas de una institución particular.
Me llevé aprendizajes, experiencias y también preguntas que todavía merecen respuesta. Comprendí que ningún cargo es eterno, que ninguna autoridad debería sentirse dueña de una institución y que ningún puesto tendría que convertirse en un pequeño trono desde el cual se decide quién merece ser escuchado y quién debe limitarse a obedecer.
La institución continúa su camino, como ocurre con todas. Las personas pasan, los cargos cambian y los escenarios se transforman. Lo que permanece, sin embargo, es la huella que cada quien deja con sus acciones.
Y esa huella no se construye con reverencias, fotografías, discursos ni ceremonias. Se construye trabajando, respetando, cumpliendo y tratando a los demás con justicia.
9. Epílogo: la permanencia que no aparece en ningún decreto
Al mirar hacia atrás, entiendo que aquella isla me enseñó mucho más de lo que esperaba, aunque no precisamente mediante las lecciones que aparecían en los planes de trabajo.
Aprendí que la permanencia administrativa tiene un valor importante, pero que existe otra permanencia que no depende de una resolución, una firma ni un sello: la permanencia de los principios.
Una persona puede conservar un cargo durante años y, aun así, perder de vista el sentido de su responsabilidad. También puede abandonar una institución y llevarse consigo aquello que ninguna estructura tiene autoridad para quitarle: su criterio, su dignidad y la coherencia con la que decidió actuar.
No escribo para ajustar cuentas ni para convertir mis experiencias en una sentencia contra todos. Escribo porque considero que las instituciones necesitan mirarse críticamente. Las anécdotas que comparto no pretenden ser una condena general, sino una invitación a revisar prácticas que, cuando se normalizan, terminan perjudicando el ambiente laboral y la calidad de la educación.
Que la autoridad no se confunda con el autoritarismo. Que el respeto no se convierta en adulación. Que la experiencia no sea una excusa para apropiarse de oportunidades. Que la representación gremial no se reduzca a los beneficios del cargo. Que la cultura se promueva con respeto y no mediante imposiciones. Y que la crítica, cuando tiene fundamento, pueda servir para corregir y mejorar.
Porque una institución educativa no necesita súbditos: necesita profesionales capaces de pensar, trabajar, dialogar y asumir responsabilidades. Necesita líderes que no teman a las preguntas y docentes que comprendan que su compromiso no termina cuando cumplen un horario.
Al final, la verdadera enseñanza de aquella isla no fue aprender a inclinar la cabeza para sobrevivir, sino descubrir que se puede avanzar sin renunciar a la propia conciencia.
No rendí pleitesía para llegar, no me arrodillé para permanecer y no renuncié a mis principios para sobrevivir.
Porque hay quienes luchan toda una vida por conservar un puesto, mientras otros luchamos por no perder aquello que nos hizo merecerlo.
La autora es profesora de filosofía.


