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La hora de los resultados

La hora de los resultados
Tomado de internet

América Latina parece estar viviendo uno de esos momentos históricos en los que el péndulo político cambia de dirección.

En distintos países de la región, millones de ciudadanos han decidido confiar en líderes que prometen fortalecer la libertad económica, atraer inversiones, impulsar el emprendimiento y generar empleo como herramientas para combatir la pobreza y mejorar la calidad de vida.

Hoy observamos una tendencia que abarca buena parte del continente. Presidentes como Nayib Bukele, de El Salvador; Javier Milei, de Argentina; Daniel Noboa, de Ecuador; Santiago Peña, de Paraguay; Luis Abinader, de República Dominicana; José Raúl Mulino, de Panamá; y José Antonio Kast en Chile, junto con recientes triunfos o resultados favorables para Laura Fernández, en Costa Rica; Keiko Fujimori, en Perú; y Abelardo de la Espriella, en Colombia, representan una corriente de liderazgo que ha prometido fortalecer la iniciativa privada, la inversión y la generación de oportunidades.

Más allá de las diferencias que puedan existir entre ellos, todos enfrentan ahora el mismo desafío: demostrar que sus propuestas pueden traducirse en una mejor calidad de vida para millones de personas.

Porque la verdadera prueba no es ganar elecciones.

La verdadera prueba es gobernar bien.

La Doctrina Social de la Iglesia ofrece una perspectiva valiosa para analizar este momento. Desde la encíclica Rerum Novarum, de León XIII, hasta Centesimus Annus, de San Juan Pablo II, la Iglesia ha defendido simultáneamente la dignidad de la persona humana, el derecho a la propiedad privada y la responsabilidad hacia el bien común.

Estas enseñanzas recuerdan que la propiedad privada es un derecho legítimo y necesario para la libertad de las personas y las familias. Pero también enseñan que la riqueza nunca puede separarse de una responsabilidad moral hacia la sociedad. La economía debe estar al servicio de la persona humana, y no la persona humana al servicio de la economía.

Esta visión continúa vigente. El papa León XIV ha insistido en que la dignidad humana debe permanecer en el centro de toda actividad económica, política y tecnológica. En una época marcada por la inteligencia artificial y los cambios acelerados en el mundo laboral, ha recordado que el verdadero progreso debe medirse por su capacidad de servir al ser humano, fortalecer a las familias y promover el bien común.

La libertad económica no puede evaluarse únicamente por indicadores financieros o por el crecimiento del producto interno bruto. Debe medirse por su capacidad de generar oportunidades reales para quienes más las necesitan. Debe traducirse en empleos dignos, seguridad, educación de calidad, acceso a la salud, vivienda adecuada y posibilidades concretas de progreso para las familias.

La dignidad humana también está estrechamente ligada al trabajo. San Pablo escribió: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma”. No se trata de una invitación a la indiferencia frente a la pobreza, sino de un recordatorio de que toda persona está llamada, en la medida de sus capacidades, a contribuir al bienestar propio, de su familia y de la comunidad.

Una sociedad sana no es aquella donde las personas dependen permanentemente del Estado, sino aquella que crea las condiciones para que cada individuo pueda salir adelante por sus propios medios, desarrollar sus talentos, emprender, trabajar y construir un futuro mejor para sus hijos.

La verdadera inclusión consiste en abrir oportunidades, no en perpetuar dependencias.

La lucha contra la pobreza tampoco consiste en empobrecer a quienes han logrado prosperar. Consiste en ayudar a que quienes están abajo puedan ascender. El objetivo no es bajar a los de arriba, sino elevar a los de abajo. La riqueza productiva, cuando se genera de manera ética y responsable, crea empleos, impulsa inversiones y amplía las oportunidades para toda la sociedad.

Por ello, el desafío de nuestros tiempos no es repartir pobreza con mayor equidad, sino crear prosperidad con mayor amplitud. No se trata de destruir riqueza, sino de generar más riqueza. No se trata de enfrentar a unos ciudadanos contra otros, sino de construir las condiciones para que más personas puedan acceder a una vida digna, formar un patrimonio, adquirir una vivienda adecuada y ofrecer un mejor futuro a sus hijos.

Los ciudadanos no viven de teorías económicas. Viven de resultados.

En última instancia, el criterio más importante para evaluar cualquier gobierno no será la cantidad de discursos pronunciados ni el número de promesas realizadas. Será su capacidad para mejorar la vida concreta de las personas.

América Latina parece estar entrando en una nueva etapa política. Quienes hoy gobiernan —o se preparan para gobernar— han recibido una gran oportunidad y una enorme responsabilidad.

La historia no recordará cuántas elecciones ganaron.

Recordará cuántas vidas ayudaron a mejorar.

Porque, al final, el futuro no juzgará las promesas.

Juzgará los resultados.

#TodosSomosUno

El autor es empresario, consultor, caballero de la Orden de Malta


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