No es lo mismo contar la historia de la ciudad de Santa María la Antigua del Darién desde Colombia que desde Panamá. Cualquier profesor colombiano de historia que intente enseñar la historia de esta localidad terminará, inevitablemente, enseñando historia de Panamá. Un profesor panameño, en cambio, se sonrojará, pues los vestigios de aquel rústico recinto yacen allende nuestro territorio nacional. Fundada por Vasco Núñez de Balboa, aunque modesta, fue la primera ciudad española establecida en Tierra Firme. Mereció el título de capital de Castilla de Oro, fue sede del primer obispado de Tierra Firme y punto de partida de la expedición que avistó el mar del Sur, así como del sucesivo desencadenamiento histórico y épico de la conquista y colonización del istmo panameño. A pesar de una corta y precaria existencia (1510-1524), su sitio, como su situación, la ubican en el ombligo de nuestra identidad nacional.
El Tratado Victoria-Vélez, firmado en Bogotá el 20 de agosto de 1924, que estableció la frontera entre Panamá y Colombia, fue el origen de la debacle. No solo trastocó nuestros intereses históricos, sino también los políticos y económicos. En la negociación, o lo que fuera, el gobierno colombiano propuso utilizar como base legal la ley granadina de 1855, que establecía los límites entre dos provincias, Panamá y Colombia. Era una frontera de carácter doméstico, utilizada con propósitos internos por la otrora República de Nueva Granada (1831-1858), y nunca pensada para dividir países.
Panamá, por su parte, se acogió al principio internacional uti possidetis iuris (del latín “como poseéis de acuerdo con el derecho, así poseeréis”) y exigió el reconocimiento de la antigua frontera establecida en el período colonial. Esta extendía su territorio hasta la ribera occidental del río Atrato y del golfo de Urabá.
Desafortunadamente, Estados Unidos intervino, y Panamá se vio obligada a desistir de sus reclamos históricos. A cambio, Panamá recibió reconocimiento como nación independiente y soberana por parte de Colombia, que hasta entonces la consideraba, jurídicamente, como una “provincia rebelde”.
Las pérdidas de Panamá fueron enormes. Por un lado, perdió el acceso a la cuenca del río Atrato y a sus vastos recursos naturales, especialmente hidrocarburos. Por otro, quedó al margen de la eventual construcción de un canal interoceánico por esos parajes.
Las pérdidas no materiales fueron igualmente importantes. Se perdió la soberanía sobre parte del hábitat de los pueblos guna y chocó, que quedaron divididos administrativamente entre Panamá y Colombia, lo que complicó su gestión y comprensión. Igual ocurrió con el “Tapón del Darién”. Pero es quizás la pérdida de nuestra soberanía sobre el sitio histórico de Santa María la Antigua del Darién la más significativa de todas. Para Colombia se trata de un sitio de gran valor arqueológico y turístico; pero, para Panamá, es un símbolo de nuestra nacionalidad e identidad.
Revertir esta situación parece más un trabajo de Hércules que de hombres mortales. Pero, de darse el caso hipotético, es posible aportar una perspectiva “geoembriológica” a partir de la formación de estas dos regiones, cuando aún se encontraban en estado “fetal”. Esto podría asegurar la paternidad del recién nacido, casi como el ADN. En tiempos remotos, Panamá y el Chocó formaban parte de una misma masa insular volcánica. Con el paso del tiempo se fue llenando el espacio entre ellas, con excepción de una franja que mantenía separados ambos países y ambos continentes. Finalmente, se cierra la brecha cuando emerge la región del Chocó, lo que consolida el istmo de Panamá y une el continente americano.
La intuición de los cartógrafos coloniales fue la correcta. La frontera Panamá-Colombia es artificial, antihistórica y “antigeológica”. Su imposición corroboró la amarga tesis del doctor Justo Arosemena: Panamá fue gobernada como una provincia olvidada. Tras independizarse de España en 1821, se unió a Colombia por instinto de sobrevivencia. Panamá se encontraba en un lamentable estado de pobreza. Una vez disuelta la Gran Colombia, ambos países siguieron unidos, formando parte de la nueva república granadina, ya mencionada. En estas circunstancias, resultó sencillo para Colombia constreñir la frontera de los advenedizos (Panamá) y despejar la región del Atrato para la población autóctona colombiana. ¿Más fácil? Ni quitarle el caramelo a un crío.
Ahora, solo cabe esperar el milagro que reviva las conversaciones bipartitas, dormidas —no muertas— desde hace más de cien años, pero esta vez sin la presencia norteña.
Ya es tiempo de enseñar nuestra historia patria de una manera integral y diáfana. Aspiramos a que todos los arquetipos de nuestra identidad nacional se reúnan en un solo territorio y bajo una sola bandera.
El autor es arquitecto y docente de historia de la arquitectura en la Universidad Santa María la Antigua (USMA).

