La ética, primera piedra del Canal
Las grandes obras suelen recordarse por la colocación de su primera piedra, por la primera palada de tierra o por las dimensiones de la infraestructura que finalmente las distingue. Sin embargo, existen construcciones cuya verdadera grandeza comienza mucho antes de que sus resultados puedan medirse. Sus cimientos descansan sobre valores intangibles que, aunque escapan a la mirada, contribuyen a determinar su permanencia y sostenibilidad. La historia moderna del Canal de Panamá invita a reflexionar sobre esta dimensión de la institucionalidad.
¿Cómo comprender sus resultados económicos sin examinar su génesis? ¿Cómo enseñar a las nuevas generaciones las virtudes de su modelo de gestión sin explicar los principios que contribuyeron a hacerlo posible? Hemos aprendido a reconocer la rentabilidad del Canal, su eficiencia y su importancia para el comercio mundial, pero quizás hemos dedicado menos atención a la construcción ética y humana que acompañó el nacimiento de su modelo panameño de administración.
Ya lo advertía Douglass C. North, premio Nobel de Economía de 1993, al sostener que las instituciones se configuran mediante la interacción de reglas formales, como las constituciones y las leyes, con restricciones informales, entre ellas las normas de comportamiento, las convenciones y los códigos de conducta. Esta perspectiva nos invita a mirar más allá de la arquitectura jurídica y descubrir esa dimensión profundamente humana de las instituciones, donde las convicciones adquieren significado en las decisiones cotidianas y los principios encuentran su verdadera expresión en el comportamiento de las personas. Por supuesto, esta mirada tampoco pretende idealizar el pasado ni atribuir perfección moral a quienes participaron en la transformación. Toda construcción humana contiene contradicciones, desacuerdos y decisiones susceptibles de revisión.
La experiencia panameña constituye un ejemplo de esa articulación. La Constitución Política y la Ley Orgánica del Canal establecieron las bases jurídicas indispensables para su autonomía, continuidad y administración cada vez más especializada; sin embargo, ninguna norma podía garantizar por sí sola la cultura organizacional que debía desarrollarse dentro de aquella estructura, porque era necesario transformar principios en conductas, autoridad en responsabilidad y autonomía en confianza.
Un dato revelador es que aproximadamente siete de cada diez panameños no habían nacido cuando se firmaron los Tratados Torrijos-Carter, mientras que cerca de cuatro de cada diez nacieron cuando el Canal ya estaba bajo administración panameña. Tampoco sería históricamente acertado imaginar que el modelo panameño surgió como una simple continuidad de la administración estadounidense. Panamá recibió, y lo valora, una extraordinaria infraestructura, conocimientos técnicos y una fuerza laboral experimentada, pero debió construir su propio modelo de gobernanza, adaptado a su condición soberana y a la responsabilidad de administrar una ruta estratégica para el mundo.
Alberto Alemán Zubieta, uno de los protagonistas de ese proceso, ha destacado la importancia de preservar la institucionalidad por encima de los intereses individuales. La ética siguió siendo un hilo conductor en la vida del Canal. En su mensaje de despedida, publicado por la Autoridad del Canal el 30 de agosto de 2019, Jorge Luis Quijano afirmó: “Debemos ser sinceros, honestos y transparentes”.
Esta concepción conserva plena actualidad. Nuestra nueva administradora del Canal, Ilya Espino de Marotta, en una entrevista concedida a TVN Noticias el 7 de septiembre de 2026, destacó la importancia de la autonomía constitucional y la transparencia para explicar los resultados de la administración panameña. Al referirse a la posibilidad de modificar el marco institucional, expresó que no sería correcto alterar aquello que ha demostrado funcionar adecuadamente. Así, sus declaraciones invitan a comprender que la defensa de la institucionalidad constituye una responsabilidad que debe transmitirse entre generaciones, ya que, como ella dice, “la confianza se gana todos los días”.
Quizás uno de nuestros mayores desafíos educativos consista en superar la tendencia a enseñar los resultados sin explicar suficientemente a las generaciones que reciben la estafeta los desafíos que los hicieron posibles. Cuando observamos un Canal próspero, podemos olvidar que su grandeza administrativa no surgió por generación espontánea, que su modelo de gestión no nació grande y que cada avance descansó sobre decisiones, tensiones y convicciones que merecen formar parte de nuestra memoria histórica.
Desde mi punto de vista, uno de los grandes retos pedagógicos al enseñar la historia institucional del Canal de Panamá consiste en comprender que explicar su rentabilidad sin examinar el proceso de construcción de confianza que la hizo posible ofrece una visión incompleta de su éxito. La verdadera enseñanza, entonces, consiste en mostrar cómo los principios constitucionales, el conocimiento técnico, el trabajo en equipo y los valores que la orientan llegaron a articularse en un modelo propio, capaz de responder a las exigencias nacionales e internacionales.
Por lo dicho, la sostenibilidad institucional también depende de aquello que no aparece en los estados financieros. Como legado que pasamos entre generaciones, la integridad, la confianza, el respeto a las personas y el compromiso con una elevada reputación como bien superior no negociable constituyen un patrimonio intangible que debe cultivarse y transmitirse como un inestimable recurso educativo. Porque una obra puede levantarse sobre cemento, acero y tierra, pero una institución destinada a perdurar debe asentarse en sus preceptos éticos y en los indiscutibles valores que hasta hoy sostienen la grandeza de la marca Canal de Panamá.
