La política tiene memoria, aunque a veces los políticos parecen tenerla selectiva. Y cuando las circunstancias cambian, también pueden cambiar los discursos, las relaciones y hasta la manera de mirar al adversario.
La reciente conversación entre Ricardo Lombana y Ricardo Martinelli en Colombia vuelve a poner sobre la mesa un asunto que trasciende a ambos dirigentes: la coherencia entre el discurso político y la conducta política.
Comencemos por los hechos. Lombana visitó a Martinelli en Colombia, donde este permanece asilado. El Movimiento Otro Camino confirmó el encuentro, pero negó que exista un acuerdo político o una alianza electoral. Una conversación, ciertamente, no constituye por sí misma un pacto. Pero tampoco es políticamente irrelevante cuando quienes conversan han mantenido durante años una relación de abierto antagonismo.
Ricardo Lombana construyó buena parte de su identidad política alrededor de la lucha contra la corrupción, la impunidad y la vieja política. Y Ricardo Martinelli ocupó un lugar central en ese discurso.
Lombana llegó a afirmar que Martinelli no quería ser presidente, sino que “necesita ser presidente para evadir la justicia”. También lo calificó como “uno de los corruptos más grandes que ha tenido el país desde la política” y sostuvo que el problema no terminaba en Martinelli, sino que existía un sistema político “corrupto, clientelista”.
En 2023, durante la firma del Pacto Ético Electoral, ambos coincidieron y se saludaron. Lombana dijo entonces: “Ambos somos Ricardo Albertos, pero creo que nos une que queremos lo mejor para Panamá.” La frase generó críticas y posteriormente Lombana explicó que había sido una expresión desafortunada y que no significaba un cambio en su posición.
Hoy la situación es distinta. Ya no hablamos solamente de un saludo protocolar en un acto público. Hablamos de un encuentro y de conversaciones privadas.
Según informaciones publicadas, ambos intercambiaron ideas sobre la situación del país. Alejandro Pérez afirmó que Lombana habría conversado con Martinelli sobre cómo “componer el país”, mientras Martinelli exponía su visión para “despegar económicamente”. Conviene precisar que estas afirmaciones corresponden a Pérez y no deben presentarse como declaraciones directas de Lombana.
Aquí aparece el verdadero problema.
La doble moral política no consiste en conversar con un adversario. Una democracia necesita diálogo, incluso entre quienes han estado enfrentados. El problema surge cuando los principios que ayer parecían innegociables comienzan a flexibilizarse cuando cambian las circunstancias políticas.
Si Martinelli era presentado como parte del problema que debía ser superado, ¿qué significa ahora conversar con él sobre cómo “componer el país”? Si se sostenía que necesitaba regresar al poder para evadir la justicia, ¿qué lugar ocupa hoy aquella afirmación?
No estoy afirmando que exista un pacto. No hay evidencia pública suficiente para sostenerlo y MOCA lo niega. Tampoco corresponde afirmar que Lombana haya abandonado sus principios. Esa valoración pertenece a los ciudadanos.
Pero los dirigentes políticos tienen una responsabilidad con sus propias palabras. La coherencia no significa negarse a conversar; significa explicar los cambios.
Y esta reflexión no es exclusiva de Lombana. La doble moral atraviesa la política panameña: se condena el clientelismo del adversario y se tolera cuando beneficia a los propios; se exige transparencia desde la oposición y se encuentran justificaciones cuando se llega al poder.
Los ciudadanos tienen derecho a preguntar.
¿Qué cambió entre el Martinelli que Lombana presentó durante años como parte del problema y el Martinelli con quien hoy conversa sobre cómo “componer el país”?
La política es también pedagogía. Enseña a la ciudadanía, no solamente desde los discursos, sino desde los comportamientos. Cuando un político condena una conducta en su adversario y posteriormente la relativiza cuando las circunstancias cambian, no solamente modifica su posición: transmite una lección sobre la moral pública.
Por eso, el coloquio de los Ricardos no debería interesarnos únicamente por lo que ambos pudieron conversar. También debería llevarnos a preguntarnos qué lección de moral política estamos transmitiendo a una ciudadanía que ya desconfía de la política.
La política necesita diálogo, sí. Pero también necesita memoria, coherencia y principios. Porque gobernar no es solamente administrar el poder: es educar con el ejemplo.
El autor es especialista en Ciencias Sociales

