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La depresión: el enemigo que habla con nuestra propia voz

La depresión: el enemigo que habla con nuestra propia voz

Durante mucho tiempo pensé que la depresión era simplemente estar triste. Con los años descubrí que no. La tristeza suele tener un motivo y, tarde o temprano, se desvanece.

La depresión, en cambio, puede instalarse incluso cuando, objetivamente, existen razones para sentirse agradecido. Es una enfermedad capaz de alterar la forma en que interpretamos la realidad y, lo más inquietante, la manera en que pensamos sobre nosotros mismos.

Hace poco desayunaba con un amigo que también convive con la depresión. En medio de la conversación me dijo algo que nunca antes había escuchado expresado con tanta claridad: “A veces siento que mi mente cae en un agujero negro”. No hablaba de un lugar físico. Hablaba de ese espacio oscuro donde aparecen pensamientos rumiantes, culpa, desesperanza y una crítica implacable hacia uno mismo.

Quienes hemos pasado por ahí sabemos exactamente de qué se trata. Sabemos que estamos en el hueco. Somos conscientes de que nuestros pensamientos no son saludables. Incluso alcanzamos a reconocer que esa voz interior nos está haciendo daño.

Sin embargo, salir de allí parece casi imposible. Es como si la oscuridad nos absorbiera y el cerebro nos convenciera de que ese estado es la realidad. No es que nos guste sufrir. Es que la depresión habla con nuestra propia voz y termina haciéndonos creer que sus mentiras son nuestras conclusiones.

Entonces comienza un proceso devastador. Recordamos con nitidez cada error cometido y olvidamos casi todos nuestros aciertos. Nos culpamos por decisiones equivocadas. Revivimos conversaciones de hace años. Imaginamos escenarios catastróficos. Nos castigamos por cosas que quizá nunca estuvieron completamente bajo nuestro control. La mente se convierte en un juez que nunca descansa y cuya sentencia siempre parece ser la misma: culpable.

En mi caso, hubo otro factor que hizo ese agujero todavía más profundo: el alcohol. Durante mucho tiempo creí, como tantas personas, que una copa ayudaba a aliviar la ansiedad, el estrés o la tristeza. Con el tiempo comprendí que el alcohol promete exactamente lo contrario de lo que entrega. Nos ofrece alivio momentáneo, pero después amplifica la ansiedad, intensifica la depresión y debilita nuestra capacidad para tomar decisiones sensatas.

Muchas de las peores decisiones de mi vida no nacieron únicamente de la depresión ni únicamente del alcohol, sino de la combinación de ambos. Una mente atrapada en pensamientos oscuros y un juicio alterado por el alcohol son una mezcla profundamente peligrosa.

Las repercusiones no tardan en aparecer. Se dicen palabras que jamás debieron pronunciarse. Se toman decisiones económicas que afectan a la familia. Se deterioran relaciones valiosas. Se pierde la confianza de personas que nos aman. En ocasiones ocurren accidentes que pudieron haber terminado en tragedias. Después llega el remordimiento... y ese mismo remordimiento alimenta nuevamente la depresión.

Es un círculo vicioso que parece no tener salida. Por eso me preocupa cuando seguimos normalizando el consumo excesivo de alcohol como si fuera sinónimo de alegría, éxito o integración social. Para muchas personas quizá sea una bebida más. Para otras, especialmente quienes convivimos con trastornos del estado de ánimo o con antecedentes de adicción, puede convertirse en gasolina sobre un incendio que ya existía.

La depresión tampoco distingue profesiones, edades, nivel económico ni éxito aparente. Puede afectar al empresario, al médico, al estudiante, al sacerdote, al deportista o al vecino que todos los días parece sonreír. Muchas veces quienes más sonríen en público son quienes libran las batallas más silenciosas.

Todavía existe un enorme estigma alrededor de la salud mental. Seguimos confundiendo una enfermedad con una falta de carácter. Seguimos diciendo “anímate”, “todo está en tu mente” o “debes ser más fuerte”, como si la fuerza de voluntad bastara para corregir un trastorno que requiere tratamiento, acompañamiento y comprensión.

Hablar de depresión no nos hace más débiles. Al contrario, rompe el aislamiento que la enfermedad necesita para seguir creciendo. Quizá todos tengamos una responsabilidad mayor de la que imaginamos. Aprender a escuchar sin juzgar. A preguntar cómo está alguien y esperar realmente la respuesta. A entender que pedir ayuda no es un fracaso, sino un acto de valentía. Y también a reconocer que algunas decisiones —como abandonar el alcohol cuando este se convierte en un enemigo— pueden marcar la diferencia entre seguir descendiendo o comenzar lentamente a salir del agujero.

La depresión intenta convencernos de que no existe esperanza. Esa es, probablemente, su mayor mentira. Porque incluso en los días más oscuros, la esperanza sigue existiendo. Lo que ocurre es que, desde el fondo del agujero, dejamos de verla. Y quizá esa sea la lección más importante: no siempre podemos elegir las enfermedades que nos toca enfrentar, pero sí podemos elegir no enfrentarlas solos.

El autor es empresario y Caballero de la Orden de Malta.


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