La conversación sobre inteligencia artificial en la educación panameña ha girado alrededor del Meduca, las plataformas tecnológicas y lo que traerá la próxima reforma educativa. Es una conversación necesaria, pero deja en la sombra una decisión que ya se está tomando en cada colegio del país, casi siempre sin que nadie lo note.
Esa decisión es qué postura adopta el colegio frente a una tecnología que ya está dentro de sus aulas, usada por sus estudiantes, casi siempre sin que el colegio haya dicho nada coherente. Por postura entiendo la respuesta a una pregunta. Cuando un docente ve a un estudiante usando IA para preparar una prueba semestral, para redactar un ensayo en español o para resolver un problema de matemáticas, ¿el colegio trata a ese estudiante como alguien que está haciendo trampa o como alguien que está aprendiendo a pensar con un instrumento nuevo?
La experiencia de dos años formando a unos cincuenta profesores en alfabetización en IA, en tres colegios secundarios de São Paulo, revela un patrón difícil de ignorar. Los colegios que adoptan una postura policial terminan con docentes ansiosos, rutinas de detección que consumen más tiempo del que ahorran y estudiantes que aprenden a eludirlas. En cambio, aquellos que optan por una postura constructiva forman docentes capaces de explicar, desde su propia asignatura, qué constituye un buen o un mal uso de la IA, y estudiantes que pueden decir cuándo utilizaron una herramienta y por qué.
El giro panameño es específico. La brecha entre los colegios particulares de la ciudad y los oficiales en el interior, en las comarcas y en las áreas de menor acceso es una de las limitaciones estructurales (binding constraints) del sistema. La postura policial, aplicada a través de esa brecha, no produce un daño igual. Produce un daño desigual. Los estudiantes con recursos en casa absorben la fricción. Los estudiantes sin esos recursos cargan el costo solos.
La solución puede ser más simple de lo que parece. El jefe de un departamento, junto con uno o dos colegas, se sienta a redactar tres reglas básicas. La primera define un uso de la IA que el departamento considera deseable y que quiere que los estudiantes aprendan, acompañándolo de un ejemplo concreto. La segunda establece un uso aceptable siempre que sea declarado y explica cómo debe hacerse esa declaración. La tercera identifica un uso que no es admisible bajo ninguna circunstancia y explica por qué, en un lenguaje que cualquier estudiante de quinto año pueda comprender.
Son apenas tres reglas. Lo importante no es el documento final, sino la conversación que el departamento debe sostener para elaborarlo. Esa conversación obliga a definir una postura consciente frente a la IA. Sin ella, cada docente termina tomando decisiones por su cuenta y, en sistemas educativos marcados por la presión de las evaluaciones, el resultado suele ser la incertidumbre y la ansiedad.
El autor es candidato a doctor en Matemáticas Puras en el IME-USP y profesor de Matemáticas IB en el Colegio São Luís, en São Paulo.


