La alegoría de la caverna, también conocida como el mito de la caverna, se considera la más célebre alegoría de la historia de la filosofía y está incluida en el célebre libro de Platón, La República. Se trata de una explicación metafórica sobre la situación ambigua en la que muchas veces se encuentra el ser humano respecto a la búsqueda del conocimiento o la identificación de la verdad. En ella, Platón explica su teoría de cómo podemos captar la existencia de dos mundos paralelos: el mundo sensible o emocional —conocido a través de los sentidos— y el mundo racional —solo alcanzable mediante el uso de la razón y el pensamiento crítico—.
En Panamá está resultando cada vez más evidente la vigencia y aceptación de esta paradoja existencial entre la emoción y la razón. Solo así se explica, por ejemplo, que recientemente los honorables miembros de la Academia Panameña de la Lengua hayan encontrado méritos suficientes para incluir en ella al presidente José Raúl Mulino, quien probablemente debe haber quedado tan sorprendido como nosotros al conocer la noticia de esta insigne designación en un campo tan ajeno a su experiencia como político.
Otro caso de esta extraña y cada vez más común ambigüedad circunstancial que vivimos a diario lo tenemos en la figura de aquel diputado que se considera un referente para hablar y opinar sobre la educación panameña y lo que se debe y tiene que hacer al respecto; no obstante, el aval que ostenta para ello descansa en el hecho de haber agredido a traición a otro colega en el pleno de la Asamblea Nacional, haber defendido con vehemencia, en diferentes ocasiones, al delincuente condenado por peculado y lavado de dinero y prófugo de la justicia residente en Colombia, al igual que otras perlas de comportamiento de igual o peor talante que las mencionadas.
En el manejo de la información periodística ocurre otro tanto. Cierto es que los periodistas pueden equivocarse, en cuyo caso está claro que deben responder por ello, como cualquier ciudadano, dentro del marco legal. Pero otra cosa muy diferente es cuando, en respuesta a una investigación periodística bien fundamentada o a una denuncia por abuso de poder, se recurre a demandas abusivas, presiones institucionales u otros recursos, como la descalificación, con el único y malsano propósito de acallar o intimidar al mensajero.
Toda democracia necesita de un periodismo capaz de investigar al poder sin temor a represalias o a la descalificación antojadiza de quien se sienta afectado y encuentre más cómodo calificar de “bochinche malintencionado” aquello que, en cambio, está obligado a aclarar como funcionario, para bien del país, si en verdad le asiste la razón.
En América Latina, desafortunadamente, crecen las formas de acoso, chantaje y presión sobre periodistas y medios, destinadas a desgastar, desvirtuar, intimidar, silenciar o atenuar el efecto y la trascendencia mediática de tal o cual noticia. En Panamá conocemos bien esta modalidad. Lo peor es que, casi sin darnos cuenta, con estas acciones se desdibuja hasta la médula la esencia de la democracia y se orilla a la población a seguir esperando, obsesionada como nación, la llegada de un líder mesiánico que nos resuelva la vida y proporcione el chen chen anhelado.
Entre tanto, seguimos votando en cada elección por engañadores profesionales. Por esa especie de farsantes a quienes lo último que los mueve al incursionar en política es el bien común. La tragedia, al final de cuentas, radica en que los panameños nos hemos acostumbrado a celebrar las ocurrencias de estos políticos tracaleros y, en ocasiones, procuramos emularlos y hasta los buscamos como abanderados en cada fiesta patronal. Todo indica que, en Panamá, “jugar vivo es bien rareza”.
El autor es escritor y pintor.


