La inteligencia artificial está cambiando una de las preguntas más importantes para cualquier organización: ¿qué significa estar preparado para trabajar? Durante años, la respuesta estuvo asociada con experiencia, conocimientos técnicos y dominio de determinados procesos. Hoy esa definición se amplía. Estar preparado implica aprender con rapidez, adaptarse y tomar decisiones con criterio mientras las herramientas y las profesiones evolucionan. Más que dominar una tecnología específica, el verdadero desafío es desarrollar capacidades que permitan seguir aprendiendo en escenarios cambiantes.
La adopción de inteligencia artificial avanza con rapidez. Según el Work Trend Index de Microsoft y LinkedIn, en 2024 el 75% de los trabajadores del conocimiento encuestados globalmente ya utilizaba inteligencia artificial en su trabajo. Sin embargo, apenas el 39% de los usuarios había recibido capacitación por parte de su empresa.
Esta diferencia revela una brecha que merece la atención de los líderes. Las organizaciones están incorporando herramientas antes de desarrollar plenamente las capacidades necesarias para utilizarlas. Comprar una plataforma puede tomar pocos días; preparar a un equipo para comprender sus alcances, evaluar sus resultados y aplicarla responsablemente requiere una estrategia de aprendizaje permanente. La innovación genera valor cuando fortalece las capacidades de las personas, no simplemente cuando incorpora nuevas herramientas.
La inteligencia artificial también obliga a revisar la manera en que entendemos el talento. El conocimiento técnico conserva su importancia, acompañado ahora por el pensamiento analítico, la adaptabilidad, la creatividad, la comunicación y la disposición para aprender. El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial señala que estas capacidades encabezan las habilidades cuya importancia crecerá con mayor rapidez hacia 2030. El mismo informe destaca la resiliencia, la flexibilidad, el liderazgo, la curiosidad y el aprendizaje continuo.
El desafío adquiere una dimensión particular en espacios laborales donde conviven varias generaciones. Con frecuencia se asume que las personas jóvenes dominan naturalmente la tecnología y que quienes tienen mayor trayectoria encuentran más dificultades para adoptarla. Estas etiquetas desperdician talento. La disposición para aprender aparece en todas las edades, al igual que la resistencia al cambio.
Una persona con décadas de experiencia puede reconocer riesgos, comprender el negocio y aportar perspectiva. Quien inicia su carrera puede explorar con mayor familiaridad nuevos entornos digitales y proponer formas distintas de resolver un problema. Cuando esos conocimientos se encuentran, la organización amplía su capacidad para innovar. Ese intercambio también recuerda que la tecnología no sustituye capacidades profundamente humanas: las potencia cuando existe criterio para utilizarla.
Entonces, ¿quién debe enseñar inteligencia artificial a quién? El aprendizaje debe circular en todas las direcciones. Las empresas necesitan espacios donde las personas puedan experimentar, compartir hallazgos y aplicar las herramientas a situaciones reales. La experiencia puede orientar el uso de la tecnología, mientras la curiosidad puede abrir nuevas posibilidades para aprovecharla.
El liderazgo empresarial tiene una responsabilidad central en este proceso. Una capacitación aislada pierde vigencia rápidamente frente a herramientas que evolucionan de manera constante. Preparar talento exige integrar el aprendizaje a la jornada laboral, acompañar la experimentación y establecer criterios sobre privacidad, ética, calidad de la información y responsabilidad. La capacidad de adaptarse, cuestionar resultados y aprender continuamente será tan importante como el conocimiento técnico.
La empleabilidad, en este contexto, no puede entenderse únicamente como conseguir un primer puesto de trabajo. Es también la capacidad de construir una trayectoria profesional sostenible, evolucionar y generar valor en distintos entornos. Se construye cada vez que alguien logra aplicar lo aprendido a una situación nueva, formular mejores preguntas y tomar decisiones fundamentadas.
Desde la educación superior también debemos asumir nuestro papel. Nuestra responsabilidad no es formar personas para ejecutar una función de manera mecánica, sino darles conocimientos, herramientas y habilidades que les permitan desenvolverse en el trabajo y en la vida. Formar implica conectar el conocimiento con la práctica, fortalecer el pensamiento crítico y preparar a las personas para continuar aprendiendo durante toda su trayectoria. Por eso, el aprendizaje aplicado cobra especial relevancia: permite convertir el conocimiento en capacidad para analizar, resolver problemas y actuar frente a situaciones nuevas.
La inteligencia artificial seguirá transformando funciones y profesiones. Las empresas que aprendan a combinar experiencia, curiosidad y tecnología estarán mejor preparadas para evolucionar. Y las instituciones educativas tendremos que seguir formando personas capaces no solo de utilizar las herramientas del presente, sino de adaptarse a aquellas que todavía no existen. La pregunta para los líderes es directa: ¿están incorporando inteligencia artificial o están construyendo una organización capaz de aprender con ella?
El autor es rector de la Universidad del Istmo y presidente de la Asociación de Universidades Particulares de Panamá.


