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Ingeniería constitucional: por qué el Estado necesita estructuras, no ilusiones

Ingeniería constitucional: por qué el Estado necesita estructuras, no ilusiones

Panamá tiene ante sí una oportunidad histórica invaluable con las jornadas de alfabetización constitucional. Para que este proceso rinda frutos, la gran mayoría de los ciudadanos debe entender qué es una Constitución y para qué sirve, superando años de frustración y promesas incumplidas. Es desalentador ver que personas educadas todavía pregonen que la solución radica únicamente en sembrar valores cívicos y morales. De allí nace la falsa creencia de que una Carta Magna es una lista de deseos líricos y que el éxito del país depende de la moralidad de los gobernantes, de encontrar al “santo” idóneo que nos dirija. Para abrir los ojos ante esta ilusión, no hay mejor ejemplo que nuestra joya: el Canal de Panamá.

¿Por qué la vía interoceánica ha funcionado de manera rentable y eficiente? La respuesta no radica en la bondad excepcional de sus directivos, sino en que se anticipó el peligro. En 1993, al redactar el Título XIV de la Constitución Política, se incorporaron las estructuras institucionales de pesos, contrapesos y autonomía financiera probadas en el modelo estadounidense para aislar la vía interoceánica de la política partidista. La gran lección es que no tenemos que inventar la rueda: el diseño estructural correcto ya existe, funciona y ha ido mejorando en los 50 estados de Estados Unidos. Las buenas instituciones salvan la gestión pública de las imperfecciones humanas.

Hace más de 250 años, James Madison lo advirtió con claridad matemática en los Federalist Papers: “Si los hombres fuesen ángeles, ningún gobierno sería necesario”. Pero los políticos no son ángeles. Nuestra propia historia demuestra que haber tenido gobernantes graduados de prestigiosas universidades y colegios católicos no ha impedido que caigan ante la tentación. Diseñar el resto del Estado panameño asumiendo la santidad de quienes ocuparán los cargos públicos es un error de cálculo catastrófico. Como arquitecta, entiendo que un edificio no se sostiene por la belleza de sus planos ni por las buenas intenciones del constructor, sino por el cálculo riguroso de sus cargas y vigas de contención. Esta misma lógica analítica sustenta la obra Estructuras para crear justicia, vanguardia del diseño constitucional (editado por Tirant lo Blanch, cuya lectura recomiendo altamente): el diseño constitucional vanguardista no debe rogarle al político que sea bueno; debe obligarlo a serlo a través de una ingeniería institucional tan rígida que impida la corrupción y la impunidad.

El diseño de un nuevo pacto social no debe consistir en inundar el texto de “más derechos” demagógicos que terminan siendo puros castillos en el aire. De nada sirve constitucionalizar derechos idílicos si no diseñamos las tuberías institucionales, administrativas y fiscales reales para que el agua llegue al grifo del ciudadano. La prueba del fracaso del enfoque meramente moralista la vivimos con el eslogan de la no reelección. El clamor popular exigió caras nuevas bajo la premisa de limpiar el sistema. ¿El resultado? Las maquinarias clientelares simplemente cambiaron de nombres, pero las prácticas se mantuvieron intactas. Incluso si importáramos ciudadanos “suizos” para gobernar, se comportarían igual al ver las oportunidades que ofrece un sistema sin controles. Si no entendemos esto y, por el contrario, nos negamos a hacer como Ulises, quien no confió en su moral, sino que se amarró al mástil para resistir los cantos de sirena, seguiremos cayendo bajo sus aguas, acarreando eternamente los mismos problemas.

Esta nueva etapa es el momento perfecto para cambiar el rumbo del pensamiento cívico. La verdadera alfabetización constitucional no consiste en redactar poesía social ni en resignarse a buscar al gobernante menos imperfecto. Consiste en aprender a exigir para todo el entramado del Estado la misma estructura de pesos y contrapesos que ya aplicamos con éxito en el Canal, adaptando lo que ya ha sido probado internacionalmente. Solo así nos daremos cuenta de que tenemos que buscar las estructuras necesarias para no conformarnos nunca más con que nos gobierne el que “robe, pero haga”.

La autora es arquitecta.


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