Las últimas cifras del Tribunal Electoral reportan más de 1.5 millones de ciudadanos inscritos en partidos políticos. No obstante, cuando uno investiga la posición ideológica de la mayoría de los colectivos políticos panameños, la misma parece dominada por el pragmatismo, sin mayores contrastes doctrinales, más allá de estar levemente a la izquierda o a la derecha, siempre desde el centro. Lo que evidencia que el desarrollo ideológico de los partidos carece de postulados diferenciales concretos.
La pregunta aquí es: ¿qué ocurre cuando la ideología (débil, difusa o de plano inexistente) pasa a ser solo un aspecto accesorio de los partidos? Y con esto me refiero a los viejos y nuevos partidos, e incluso a los que a futuro aspiran a serlo. ¿Qué pasa cuando el caudillismo reemplaza a los ideales? ¿Cuál es la ideología imperante en una democracia cuando sus principales motores políticos carecen de ella?
La política es el único espacio posible del hombre en sociedad. Pero una vez vaciada de todo contenido, dicho yermo debe ser poblado por algo más. Sea la lógica de mercado, sea el caudillismo o el clientelismo. Cuando un grupo político se concentra demasiado en torno a la imagen personal de un solo dirigente, ata en gran medida su destino al mismo. En tal caso, si dicha figura cae en desgracia, fallece o se enfrasca en conflictos internos, el proyecto político muere con él o se desintegra lentamente. Por eso es tan importante fundar y organizar los partidos en torno a ideas antes que a personas, para que sobrevivan, para que crezcan y, principalmente, para que sean representativos de algo más allá de la mera suma de sus inscritos.
Es en este punto donde la Ciencia Política nos ofrece respuestas. La ideología es un conjunto de ideales comunes sobre cómo debería relacionarse una sociedad. En torno a ella se construyen relaciones sociales con un marco ético-político común; es decir, la cohesión del colectivo político va, en principio, más allá de las figuras de poder a lo interno del partido.
El programa político, cuando va más allá de un mero enunciado en los estatutos, permite a los miembros movilizarse y actuar en base a principios, permite desarrollar programas coherentes con la visión del partido y, lo que es más importante, permite identificar las oportunidades en que sus agremiados se alejan de esta visión independientemente de que sus acciones sean legales o ilegales.
Vale igualmente mencionar que dicha ideología debe ser colectiva y compartida en gran medida por sus fundadores. Cuando dicho aspecto es reemplazado por los valores y preferencias de un miembro particular o en torno a un objetivo poco trascendente como, digamos, una única elección, se requiere pasar a la construcción de un ideario común para que el colectivo no pierda su propósito.
En su libro Análisis Político Moderno, Robert Dahl (1985), menciona cómo la adquisición de legitimidad es una de las formas de lograr autoridad en una sociedad, no obstante nos recuerda: "Una vez que una ideología política es ampliamente aceptada en un sistema, los dirigentes también se convierten en sus prisioneros, pues si violan las normas corren el riesgo de socavar su propia legitimidad". Sin una ideología que dicte estas normas, los dirigentes no tienen límites morales que respetar, y el ciudadano no encuentra la profundidad política que requieren para construir una idea de comunidad.
La figura del partido como dispositivo de movilización política debe ser rescatada. La construcción o reconstrucción de los partidos debe reconciliarse con sus bases políticas y comunitarias. Generar una identidad colectiva de valores fuertes y unificadores más allá del nacionalismo. Valores que definan y den forma a la política del mañana para la democracia del mañana. Como principales actores de la política panameña, reformar los partidos es tanto o más imperante que renovar la Constitución, pues sin avances en ese sentido estamos condenados a caminar en círculos durante generaciones en el laberinto de la democracia.
El autor es abogado y asesor en temas políticos y parlamentarios.

