Terminó la 23.ª edición de la Copa Mundial de Fútbol 2026, la primera que contó con 48 selecciones y tres países anfitriones. Además, se implementó un nuevo formato, en el que los equipos se dividieron en 12 grupos de cuatro. Para Panamá destacó su participación por segunda vez en un Mundial, lo que permitió presenciar la afluencia de miles de panameños que viajaron al exterior para apoyar a la selección nacional. Aunque el equipo fue eliminado en la primera ronda de grupos, no puede menospreciarse la batalla que libró la Sele en la cancha frente a equipos con amplia experiencia futbolística, como Croacia e Inglaterra. Queda, además, la esperanza de que, en el torneo de 2030, Panamá participe en la primera edición tricontinental, organizada principalmente por España, Marruecos y Portugal, con partidos inaugurales conmemorativos en Argentina, Paraguay y Uruguay.
Sin embargo, a lo largo de esta fiebre del fútbol, que debería ser una fiesta de alegría y rivalidad deportiva, también quedó en evidencia una faceta cuestionable del ser humano: la proliferación del discurso de odio en los medios de comunicación y, especialmente, en las redes sociales. Así, por citar algunos ejemplos, surgió la polémica protagonizada por la senadora paraguaya Celeste Amarilla, tras sus comentarios racistas sobre el delantero de la selección de Francia, Kylian Mbappé. «Es un camerunés colonizado, fingiendo duro ser francés, resentido, rico nuevo, prepotente y feo», escribió. El futbolista respondió a través de su cuenta en X: «Usted es una mujer despreciable e indigna de su cargo». Lejos de retractarse, la parlamentaria volvió a expresarse con nuevos insultos: «Bruto, no aprendió ni a escribir; en vez de leche materna chupaba cocos y lo más instruido que escuchó eran chimpancés».
Otro caso que generó una fuerte controversia internacional fue el del periodista argentino Eduardo Feinmann, quien expresó: «Detesto a los mexicanos, los detesto con toda mi alma», después de que Inglaterra eliminara a México. Y así podrían citarse muchos otros ejemplos de contenido xenófobo, racista o discriminatorio, pues basta leer los comentarios en las redes sociales para encontrar miles de expresiones de odio que trascienden una simple disputa futbolística. De ahí la importancia del respeto y la tolerancia que deben promover comentaristas y periodistas deportivos, quienes contribuyen a formar opinión pública. Algunos, en medio de esta rivalidad, quizá sin advertirlo, terminan incitando a la violencia.
Conviene recordar que el discurso de odio promueve la violencia y la intolerancia. Su efecto devastador no es nuevo; sin embargo, su alcance e impacto se han visto amplificados por las nuevas tecnologías de la comunicación. Contrarrestarlo exige un esfuerzo colectivo, especialmente desde el hogar, las escuelas y los medios de comunicación. En ese sentido, la ONU mantiene una larga trayectoria de acciones dirigidas a combatir el odio, la discriminación, el racismo y la desigualdad, una misión consagrada en la Carta de las Naciones Unidas, en los instrumentos internacionales de derechos humanos y en los esfuerzos globales para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Podría pensarse que el ser humano nace con una inclinación al odio, como si se tratara de un rasgo intrínseco. Sin embargo, diversos estudios sostienen que no es una condición biológica inevitable, sino una emoción compleja modelada por el cerebro y el entorno. Desde la psicología y la filosofía, el odio se entiende como una combinación de mecanismos de supervivencia, como el rechazo o el miedo, junto con procesos de aprendizaje social, cultural y racional.
Esperemos que esos sentimientos de vivir desde el odio y para el odio, que pueden encerrarnos en una lógica perversa capaz de justificar la destrucción, la venganza, la discriminación y la violencia, no nos impidan avanzar hacia el futuro. Honrar la dignidad inherente a todo ser humano, incluso la de quienes actúan con maldad, establece un límite ético a nuestras respuestas. Si no podemos elegir la aparición del sentimiento de odio, sí podemos elegir la actitud con la que lo enfrentamos, optando por la empatía y promoviendo la conexión entre las personas.
El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia y docente universitario.

