Antes que nada, es importante aclarar que la vejez no es sinónimo de demencia. Aunque el riesgo aumenta con la edad, la demencia no es una consecuencia inevitable del envejecimiento. A nivel mundial, se estima que solo entre el 5% y el 8% de las personas mayores de 60 años viven con algún tipo de demencia, lo que significa que la mayoría de los adultos mayores no la desarrolla. Confundir envejecimiento con demencia refuerza estigmas y puede retrasar la búsqueda de una evaluación profesional cuando realmente es necesaria.
La demencia es un síndrome neurocognitivo caracterizado por el deterioro progresivo de múltiples funciones cognitivas, acompañado de cambios conductuales y emocionales. Sin embargo, cuando este diagnóstico toca la puerta de nuestra propia casa, deja de ser un concepto clínico y se convierte en una experiencia profundamente humana. Reconocer la demencia en uno de nuestros padres no solo implica nombrar una enfermedad, sino iniciar un proceso psicológico complejo para toda la familia, atravesado por miedos, resistencias y silencios difíciles de sostener.
Desde la psicología, resulta evidente que una de las mayores dificultades radica en diferenciar el envejecimiento normal de una demencia incipiente. Las creencias culturales sobre la vejez suelen empujar a los familiares a justificar cambios evidentes con frases tranquilizadoras: “es la edad”, “está cansado”, “siempre ha sido así”. Estas explicaciones, aunque comprensibles, funcionan muchas veces como defensas emocionales que alivian momentáneamente la angustia, pero retrasan la búsqueda de una evaluación profesional necesaria.
La negación aparece entonces como un mecanismo casi inevitable. En el padre o la madre, se expresa en la resistencia a ser evaluado, en el temor a perder autonomía o a dejar de ser quien siempre fue. En los hijos, la negación suele estar ligada al miedo a que los roles se inviertan, a asumir responsabilidades para las que no se sienten preparados y a enfrentarse a la fragilidad de quien alguna vez representó seguridad. Aunque protege a corto plazo, esta negación puede convertirse en un obstáculo doloroso para un diagnóstico oportuno.
Con frecuencia, los primeros cambios no son olvidos llamativos, sino transformaciones emocionales y conductuales: irritabilidad, apatía, retraimiento, desinhibición o ansiedad. Estos signos suelen interpretarse como problemas de carácter, estados depresivos o reacciones al estrés, sin considerar que pueden ser manifestaciones tempranas de un trastorno neurocognitivo. Así, la demencia avanza de manera silenciosa mientras la familia busca explicaciones que resulten menos amenazantes.
Quien suele notar primero que “algo no está bien” es un hijo o hija. Con esa sospecha aparece una carga emocional intensa: culpa por pensar mal del padre, miedo a equivocarse, ansiedad frente a lo que podría venir. A menudo, este proceso se acompaña de un duelo anticipado, una pérdida psicológica que comienza incluso antes de que exista un diagnóstico formal: la sensación de que el padre de antes ya no está del todo.
El camino hacia el diagnóstico rara vez es corto o claro. Es un proceso largo, lleno de evaluaciones, dudas y esperas, que impacta no solo al paciente, sino a todo el sistema familiar. La falta de información clara y de acompañamiento psicológico puede intensificar la angustia y el sentimiento de desamparo, dejando a la familia emocionalmente exhausta.
Por ello, la intervención psicológica temprana no debería verse como un recurso secundario, sino como una necesidad. Acompañar psicológicamente permite comprender la enfermedad, trabajar las defensas emocionales, elaborar el duelo anticipado y fortalecer las estrategias de afrontamiento. Sobre todo, ayuda a transitar este proceso con mayor conciencia, humanidad y cuidado, entendiendo que diagnosticar demencia en un padre no es solo un acto clínico, sino un profundo desafío emocional.
La autora es psicóloga y periodista.
