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Entre el águila y el dragón: la soberanía en juego

Entre el águila y el dragón: la soberanía en juego
Buques en transito por el Canal de Panamá en dirección a las esclusas de Miraflores en el lado Pácifico. Foto: LP / Alexander Arosemena

Navegar entre el águila y el dragón sin que ninguna de las dos devore la soberanía. Esa es la ecuación maquiavélica que el presidente Mulino debe resolver si no quiere que Panamá pierda la próxima década logística.

I. La tormenta perfecta

Panamá nunca había enfrentado una crisis portuaria tan compleja. El fallo de la Corte Suprema que declaró inconstitucional la concesión de CK Hutchison en Balboa y Cristóbal no fue solo una decisión judicial: fue el detonante de una guerra geopolítica de tres frentes.

China no tardó en reaccionar. Cosco Shipping cesó sus operaciones en Balboa el 10 de marzo de 2026 y desvió su carga hacia el puerto colombiano de Buenaventura. Pero la verdadera espada de Damocles llegó después: entre marzo y abril, las inspecciones a buques con bandera panameña en puertos chinos se dispararon. En la primera semana de abril, el 75% de las detenciones correspondía a naves panameñas. No era una campaña técnica; era una represalia.

En el frente legal, CK Hutchison reclama 2,000 millones de dólares en arbitraje internacional. Y, en el diplomático, Estados Unidos ha ofrecido su respaldo público, pero con la implícita expectativa de que Panamá limite la influencia china en su territorio.

Mulino está solo en el centro del tablero. Y debe moverse con astucia.

II. La paradoja maquiavélica

El presidente panameño no puede darse el lujo de ser leal a nadie. Porque la lealtad, en la geopolítica de los puertos, es una trampa.

Si se alinea con Estados Unidos, obtiene protección militar y blindaje diplomático, pero rompe su relación comercial con China —el segundo socio comercial de la Zona Libre de Colón y un actor clave en el Canal—. Si cede a Pekín, salva sus inspecciones marítimas y evita el arbitraje, pero entrega la narrativa soberana a Washington y legitima la injerencia extranjera.

El arte del gobernante, escribió Maquiavelo, consiste en parecer virtuoso sin serlo necesariamente. Mulino debe parecer firme ante China, negociador ante Estados Unidos y justo ante los tribunales. Y todo al mismo tiempo.

III. Los movimientos obligados del estratega

Mulino ya ha dado una señal inteligente: anunció que Balboa y Cristóbal no se volverán a concesionar como un solo paquete. Fragmentar la operación portuaria reduce el poder de cualquier actor extranjero. Pero eso no basta. El presidente está obligado a ejecutar cinco movimientos adicionales:

Primero: desactivar las inspecciones chinas por la vía discreta. No con declaraciones públicas, sino mediante canales diplomáticos reservados. Ofrecer a Pekín garantías de que las empresas chinas —no CK Hutchison, pero sí otras— tendrán participación en futuras licitaciones. Separar el conflicto comercial de la presión regulatoria.

Segundo: blindar la transición operativa. La administración provisional de APM Terminals y TiL debe presentarse como una medida técnica, no política. Mulino debe resistir las presiones chinas para que estas navieras se retiren, argumentando que se trata de una decisión soberana y temporal.

Tercero: gestionar el arbitraje como un costo inevitable. Dos mil millones de dólares no son una cifra menor, pero Panamá puede absorberla si negocia un plan de pagos. Mulino debe preparar a la opinión pública para un laudo adverso, mientras explora un acuerdo extrajudicial que evite embargos.

Cuarto: diversificar el riesgo logístico. Los futuros puertos de Isla Margarita, Telfers y Corozal deben concesionarse a operadores de distintas nacionalidades. Ninguna potencia puede tener el control exclusivo de la entrada portuaria panameña.

Quinto: no hipotecar la neutralidad. El respaldo de Estados Unidos es valioso, pero no puede convertirse en una alianza excluyente. Mulino debe recordar que el Canal es panameño, no una concesión de Washington.

IV. El horizonte: la próxima década en juego

Si Mulino logra ejecutar estos movimientos, Panamá saldrá fortalecido. El Canal maneja el 5% del comercio marítimo mundial y registró ingresos récord de 5,700 millones de dólares en 2025. Las proyecciones de crecimiento para 2026 son de 3.9%. El país tiene activos reales.

Pero, si falla, el puerto de Buenaventura, en Colombia, y las terminales ecuatorianas estarán listas para ocupar el espacio que Panamá deje vacante. La ventana de oportunidad es estrecha.

V. Conclusión

El príncipe panameño no puede permitirse el lujo de ser virtuoso. Debe ser eficaz. La soberanía que tanto costó recuperar —desde el “desenclave geográfico” hasta los Tratados Torrijos-Carter— no se negocia en el tablero de las potencias. Pero tampoco se defiende con gestos simbólicos.

Mulino está obligado a traicionar expectativas, seducir a adversarios y moverse en la penumbra de lo políticamente incorrecto. Porque, en la geopolítica de los puertos, el que sobrevive no es el más fuerte, sino el que mejor entiende que la lealtad absoluta es un lujo que ningún Estado pequeño puede permitirse.

El futuro logístico de Panamá para la próxima década depende de que Mulino sepa ser, como Maquiavelo aconsejaba al príncipe, temido sin ser odiado, y flexible sin parecer débil.

El autor es práctico del Canal.


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