¿Cuánto vale el agua?
Durante generaciones, los panameños hemos vivido en un país privilegiado por el recurso agua. Quizás, precisamente por haberlo tenido tan cerca durante tanto tiempo, pocas veces nos hemos detenido a preguntarnos cuánto realmente vale.
Hoy, esta pregunta adquiere otra dimensión.
Río Indio ya no es solamente un proyecto sobre la mesa. Está en movimiento. La ACP ha comenzado a ejecutar una de las decisiones hídricas más trascendentales de las últimas décadas, destinada a fortalecer la disponibilidad de agua para consumo humano y, al mismo tiempo, asegurar las necesidades inmediatas y futuras de la operación del Canal.
Mucho se ha dicho sobre su magnitud, su costo y su importancia estratégica. También sobre el enorme desafío que representa para la nueva administración del Canal.
Pero quizás Río Indio nos ofrece la oportunidad de hacernos una pregunta mucho más sencilla:
¿Cuánto vale el agua?
No cuánto cuesta construir una presa.
No cuánto cuesta potabilizarla.
Ni cuánto pagamos mensualmente por recibirla.
¿Cuánto vale?
El agua vale salud. Vale higiene. Vale producción de alimentos. Vale funcionamiento de hospitales y escuelas. Vale actividad comercial e industrial. Vale desarrollo. Y, en Panamá, además, sostiene la principal actividad económica del país y una de las rutas comerciales más importantes del mundo: el Canal de Panamá.
Su verdadero valor comienza a revelarse cuando su disponibilidad deja de estar garantizada. No dependerá únicamente de nuevas fuentes. Dependerá, sobre todo, de las mejores decisiones. Cada río protegido. Cada cuenca conservada. Cada pérdida evitada en redes de distribución. Cada política pública basada en evidencia. Cada ciudadano consciente del valor del agua. Todo suma, porque la seguridad hídrica comienza mucho antes de que la sequía ocupe los titulares.
Durante mucho tiempo asociamos las dificultades de acceso al agua con determinadas regiones o comunidades. Hoy esa mirada resulta insuficiente.
Hogares, comercios, hospitales, escuelas y otras actividades requieren cada vez mayor previsión para garantizar continuidad en su abastecimiento.
Por ello, hemos aprendido a almacenar agua, instalar sistemas de reserva y buscar soluciones particulares que nos permitan continuar funcionando cuando el suministro se interrumpe. Son respuestas necesarias, pero también deberían conducirnos a una reflexión mayor:
¿Hasta qué punto podemos continuar resolviendo individualmente un desafío que, por naturaleza, es colectivo?
Río Indio coloca esa pregunta frente al país en una escala completamente diferente. Su desarrollo no solamente implica ingeniería, infraestructura e inversión. También supone una transformación humana profunda. Familias establecidas durante generaciones en el área deberán dejar sus hogares y reconstruir sus vidas en otros lugares para hacer posible una obra destinada a beneficiar a una población mucho mayor.
Todo esto con una visión estratégica manejada por la ACP.
Entonces, la pregunta del comienzo adquiere otro significado. ¿Cuánto vale el agua para quien la necesita y cuánto vale la tierra para quien debe dejarla para que otros podamos tenerla?
Desafío este en manos de la probada capacidad de la ACP para anticiparse, planificando y adaptando los planes concretos para dicha obra.
No son valores que debamos enfrentar. Son responsabilidades que debemos saber conciliar.
El desafío no consiste únicamente en construir una obra capaz de almacenar más agua. Consiste en demostrar que Panamá puede asegurar un recurso indispensable para su futuro, respetando, al mismo tiempo, la dignidad, la historia y los derechos de quienes formarán parte de esta transformación.
Quizá allí comienza también una verdadera cultura del recurso agua. Entender que garantizarlo exige planificación antes de la escasez, inversión antes de la emergencia y conciencia antes de abrir el grifo y descubrir que no está.
Porque el agua tiene una particularidad: mientras la tenemos, pocas veces pensamos en su valor. Cuando falta, todo cambia.
Río Indio puede convertirse en una de las grandes respuestas hídricas de nuestra generación. Pero quizá su legado pueda ser aún mayor si consigue que los panameños comprendamos que el agua no es simplemente aquello que esperamos recibir al abrir un grifo: es seguridad. Es salud. Es desarrollo. Es dignidad. Es futuro.
El agua vale lo que vale todo aquello que no podemos hacer sin ella.
Tener agua no necesariamente significa tener agua segura. La conversación sobre el agua suele concentrarse en su disponibilidad: cuándo llega, cuánta tenemos y cuánto podemos almacenar. Pero hay otra pregunta igualmente importante y mucho menos frecuente: ¿cómo está llegando?
Disponer de agua es indispensable. Conocer su calidad también debe serlo. Abrimos el grifo, observamos que el agua es transparente y asumimos que es adecuada para nuestro consumo. Sin embargo, la apariencia por sí sola no determina su calidad.
Entre la fuente, la potabilización, la red de distribución, los sistemas de almacenamiento y, finalmente, nuestro grifo existe un recorrido cuya responsabilidad no debe recaer únicamente en quien la suministra. También debemos aprender a conocer el agua que consumimos.
Nos preocupamos por conocer los ingredientes de los alimentos que compramos, revisamos etiquetas y preguntamos por su procedencia. Entonces, ¿por qué sabemos tan poco sobre el agua que consumimos todos los días?
Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cuándo llegará el agua y comenzar también a preguntarnos cómo está llegando.
Garantizar agua para hoy y el futuro es una responsabilidad de país. Conocer y cuidar la calidad del agua que consumimos también es una responsabilidad nuestra.
La autora es empresaria.

