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El reto no es criar hijos sin pantallas, sino hijos que sepan vivir con ellas

El reto no es criar hijos sin pantallas, sino hijos que sepan vivir con ellas
Ilustración conceptual elaborada con asistencia de ChapGPT.

Hace unos meses se dio a conocer una noticia que llamó la atención de padres, educadores y profesionales de la salud mental: la demanda presentada contra empresas como Meta y YouTube por el impacto que sus plataformas pueden tener en la salud mental de niños y adolescentes.

Más allá de la discusión legal, esta noticia nos invita a hacer una pausa y preguntarnos: ¿estamos preparando a nuestros hijos para convivir con un mundo digital que fue diseñado para captar su atención?

Las pantallas no son el enemigo. De hecho, la tecnología nos ofrece oportunidades maravillosas para aprender, crear y mantenernos conectados. El verdadero desafío aparece cuando dejamos que sea la tecnología la que eduque, entretenga y acompañe emocionalmente a nuestros hijos.

Hoy sabemos que las redes sociales, los videojuegos y muchas aplicaciones no fueron creados únicamente para informar o divertir. Fueron diseñados para mantenernos conectados el mayor tiempo posible. Cada video que vemos, cada like que recibimos y cada nivel que superamos activan en nuestro cerebro la liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado con la sensación de placer y recompensa.

El problema no es sentir placer. El problema es cuando el cerebro comienza a acostumbrarse a recibir recompensas inmediatas y constantes. Poco a poco, las actividades que requieren paciencia, esfuerzo o espera empiezan a parecer aburridas. Leer un libro, conversar, jugar al aire libre o simplemente tolerar el aburrimiento dejan de competir con la velocidad y el estímulo permanente de una pantalla.

Como psicóloga, cada vez escucho con más frecuencia frases como: “Ya no le interesa jugar”, “Se enoja muchísimo cuando le quitamos el celular”, “Todo le parece aburrido”. Muchas veces interpretamos estas conductas como desobediencia o mala actitud, cuando, en realidad, estamos viendo un cerebro sobreestimulado que aún no cuenta con la madurez necesaria para autorregularse.

La infancia necesita tiempo. Necesita aburrirse para crear. Necesita equivocarse para aprender. Necesita esperar para desarrollar paciencia. Y necesita relacionarse con otras personas para construir empatía, resiliencia y habilidades sociales.

Hoy tenemos herramientas extraordinarias capaces de responder preguntas en segundos, redactar textos o resolver problemas complejos. Sin duda, llegaron para quedarse y representan un enorme avance. Sin embargo, también nos obligan a reflexionar sobre lo que no queremos perder.

Nuestros niños todavía están desarrollando habilidades como el pensamiento crítico, la creatividad, la tolerancia a la frustración y la capacidad de resolver problemas. Si cada desafío encuentra una respuesta inmediata, corremos el riesgo de acortar el camino que, precisamente, fortalece esas capacidades.

Me gusta explicarlo con una comparación que tanto niños como adultos entienden muy bien: el videojuego Super Mario Bros. La satisfacción no está únicamente en llegar al final del nivel. Está en recorrer el camino, superar obstáculos, recoger monedas e intentarlo una y otra vez después de perder una vida. Si alguien nos llevara directamente al final del juego, probablemente ganaríamos más rápido, pero también nos perderíamos aquello que realmente nos hizo crecer como jugadores.

Algo similar ocurre con la inteligencia artificial.

Estamos criando seres humanos, no robots. Nuestros hijos necesitarán aprender a utilizar la inteligencia artificial como una herramienta, pero sin dejar de pensar, crear, cuestionar y relacionarse con otros seres humanos.

¿Qué podemos hacer entonces como padres?

Más que prohibir, necesitamos acompañar. Establecer límites claros, crear espacios libres de pantallas, como la mesa, los dormitorios o los momentos familiares; retrasar el acceso a las redes sociales hasta que exista una mayor madurez emocional y, sobre todo, ofrecer una vida offline suficientemente rica para que no toda la diversión dependa de una pantalla.

La protección más poderosa no es una aplicación de control parental. Es una relación de confianza donde nuestros hijos sepan que pueden acudir a nosotros cuando algo los incomode o los confunda.

La tecnología seguirá evolucionando a una velocidad impresionante. Lo que nunca debería cambiar es nuestra capacidad de mirar a nuestros hijos a los ojos, escucharlos, jugar con ellos y recordarles que el mayor sentido de pertenencia no se encuentra en un algoritmo, sino en una familia que está presente.

Porque, al final, nuestros hijos no necesitan una infancia perfecta. Necesitan una infancia profundamente humana.

La autora es psicóloga infantil y adolescente.


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