Thomas Hobbes fue un filósofo inglés que vivió durante la Edad Moderna y sentó las bases de la teoría del contrato social. En su obra Leviatán, sostenía que, cuando el Estado funciona bien, las personas deberían pensar cada vez menos en política. Las leyes estarían allí, como un ruido de fondo. Hobbes fue el gran teórico del absolutismo político: concebía al soberano por encima de la ley y justificaba el poder absoluto por su horror a la anarquía.
Pero como en Panamá el Estado no funciona bien, nos vemos obligados a pensar constantemente en política y a escuchar todos los jueves la “versión oficial del paso firme”, en un intento de adoctrinar a la población. La participación ciudadana —fundamental en toda democracia moderna— parece haberse reducido, mientras regresamos a una lógica hobbesiana donde debemos convertirnos en “súbditos pacíficos” que obedecen por su propia seguridad.
Entre los varios errores de la política comunicacional actual podría mencionarse que, si bien el miedo y el deseo influyen en el comportamiento de las “sociedades de masas” —como planteó José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas—, ganar unas elecciones con apenas un tercio de los votos no convierte automáticamente a nadie en representante absoluto de la voluntad popular, mucho menos después del exilio del candidato con mayores posibilidades reales.
Para mí, el peor error comunicacional del “régimen proempresarial” es la promoción política del resentimiento, el odio, la xenofobia y el miedo, elementos que recuerdan los discursos fascistas de Benito Mussolini y Adolf Hitler. El discurso oficial no parece orientado a informar, sino a conectar emocionalmente con el enojo del soberano mediante una narrativa de confrontación y dominación retórica, más interesada en alimentar la viralidad de los algoritmos que en responder al hecho de que el “chen chen” no llega a los bolsillos de los panameños.
En esta ingeniería social digital, la comunicación política y los algoritmos han sido utilizados para recopilar datos con fines de vigilancia y control de masas, reforzando tendencias autoritarias, silenciando detractores y fabricando consensos alrededor de proyectos como la reapertura de la mina de cobre y molibdeno, declarada inconstitucional.
¿Qué enseñanza histórica parece olvidar el “paso firme” sobre la manipulación emocional y el uso político del lenguaje? Las sociedades premodernas entendían perfectamente el poder de las palabras y advertían más sobre sus peligros que sobre sus beneficios.
En muchas culturas, el lenguaje era considerado capaz de convocar fuerzas sobrenaturales mediante hechizos, maldiciones, juramentos, oraciones y bendiciones. También se entendía que las “malas palabras” podían provocar discordia política, destruir reputaciones y dividir familias. El principio era claro: el habla tiene un enorme poder y debía utilizarse con prudencia.
“Sé un artesano del habla”, se instruía a un gobernante egipcio dos mil años antes de Cristo, porque “la lengua es una espada para el hombre y el habla es más valiosa que cualquier combate”.
La vigilancia y el castigo del lenguaje fueron rasgos centrales de muchas sociedades cristianas premodernas. Durante la Edad Media, la injuria verbal podía castigarse con una severidad similar a la violencia física, y numerosas personas murieron en la hoguera durante los siglos XVI y XVII acusadas de blasfemia.
Difamar equivalía a agredir. Para Hobbes, era un principio fundacional de la sociedad que a nadie se le permitiera expresar odio o desprecio hacia otro “mediante actos, palabras, semblante o gestos”. La gente premoderna comprendía que el lenguaje malicioso podía dejar heridas profundas y duraderas.
Muchas culturas del pasado —y buena parte del presente— reconocen que la repetición constante de palabras dañinas y mentiras puede envenenar el discurso público, perpetuar la discriminación, sembrar división social y allanar el camino hacia la violencia. La separación absoluta entre palabras y acciones es, en buena medida, un mito moderno conveniente.
El don de la palabra constituye una de las bases de nuestra civilización y se manifiesta con especial claridad en la política. A lo largo de la historia, los líderes han entendido el impacto emocional del lenguaje y el poder de la revancha política. Las palabras no solo describen la realidad: también pueden alimentar resentimientos y erosionar la confianza en las instituciones. Cuando el lenguaje se convierte en instrumento de división, el siguiente paso puede ser la violencia.
La democracia del odio es estéril y no producirá cambios significativos en la sociedad panameña. Nadie invierte ni progresa junto a quien gobierna mediante el miedo y la confrontación. La crisis, la inseguridad económica y las amenazas constantes han generado un clima de temor que ahuyenta la inversión extranjera, y ninguna ley sobre sustancia económica logrará revertirlo por sí sola.
No es recomendable llenar el vacío económico panameño con odio y polarización. La democracia se sostiene sobre consensos sociales, no sobre la imposición del resentimiento. Incluso en la visión absolutista de Hobbes existía un acuerdo implícito sobre prosperidad y estabilidad para los súbditos.
Panamá no vive bajo un sistema de castas ni en una época colonial donde una aristocracia gobierna por mandato divino mientras el pueblo escucha regaños y falsas promesas revestidas de discursos autoritarios para “salvar” el grado de inversión.
El fascismo suele surgir del provincianismo político, de la incapacidad de comprender los problemas reales y del desprecio hacia la ciudadanía. El odio reside en quien odia, no en el objeto de su odio. El rechazo nace en quien rechaza, no en quien es rechazado.
Esperemos menos odio en las palabras de nuestro soberano. Al final, la obligación de quien gobierna no es confrontar a su pueblo, sino mejorar su calidad de vida. Si se insiste en imponer un rescate macroeconómico sin atender sus efectos sociales, el costo será más desconfianza, más exclusión y más pobreza.
Ojalá que, en las próximas elecciones, el pueblo panameño no termine creyendo que la ausencia de grupos sociales y sindicatos explica la falta de “chen chen” en las calles, entregando nuevamente el poder con demasiada facilidad.
El autor es médico sub especialista.
