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El país que no lee sus datos decide a ciegas

El país que no lee sus datos decide a ciegas
Hands of teenage boy breaching data from computer on desk

Hay una conversación que Panamá lleva años postergando. No por falta de inteligencia ni de talento, sino porque, como país, hemos preferido esperar a que el futuro llegue a nosotros en lugar de ir a buscarlo. En materia de Inteligencia Artificial y Ciencia de los Datos, ese tiempo de espera se está agotando.

El mundo ya tomó una decisión. Las organizaciones que hoy lideran sus industrias no lo hacen porque tienen más empleados, más infraestructura o más presupuesto. Lo hacen porque toman mejores decisiones. Y toman mejores decisiones porque saben leer, interpretar y actuar sobre los datos que generan. Los datos se han convertido en el activo estratégico más valioso del siglo XXI, y quienes no saben trabajar con ellos están, sencillamente, tomando decisiones a ciegas.

Panamá no es ajena a esta realidad. Somos un hub financiero, logístico y de servicios para la región. Movemos mercancías, capital y personas a una escala que pocos países de nuestro tamaño pueden igualar. Pero toda esa actividad genera millones de datos, patrones de comportamiento y señales de mercado que, en gran medida, terminan sin ser analizados ni aprovechados para generar valor.

¿Por qué? En parte, porque nos falta masa crítica de profesionales con las competencias necesarias. La Ciencia de los Datos no es solo estadística ni solo programación: es la capacidad de hacer las preguntas correctas, construir modelos adecuados y traducir resultados en decisiones concretas. Esa combinación de pensamiento analítico, dominio técnico y visión de negocio sigue siendo escasa en el mercado laboral panameño, mientras la demanda crece aceleradamente.

Según el Foro Económico Mundial, para 2027 los empleos vinculados a datos e Inteligencia Artificial estarán entre los de mayor crecimiento global. En América Latina, la brecha de talento ya se siente con fuerza y Panamá, por su posición geográfica y su vocación de hub regional, tiene la oportunidad de convertirse en un centro de excelencia en analítica de datos.

Pero eso no ocurrirá solo. Requiere decisiones concretas en tres frentes.

El primero es la formación. Panamá necesita programas académicos rigurosos que combinen fundamentos sólidos en matemáticas y estadística con herramientas tecnológicas actuales y una visión práctica de los problemas que enfrentan las organizaciones. No sirve formar expertos en herramientas que el mercado no utiliza, ni teóricos incapaces de convertir un modelo en soluciones reales.

El segundo es la adopción empresarial. Las organizaciones, tanto públicas como privadas, deben entender que la transformación basada en datos no es un proyecto tecnológico: es una decisión estratégica de liderazgo. Los directivos que no se preguntan “¿qué dicen los datos?” antes de tomar decisiones importantes están dejando dinero, eficiencia y competitividad sobre la mesa.

El tercero es la regulación inteligente. La Inteligencia Artificial plantea desafíos reales en privacidad, ética y responsabilidad que no pueden ignorarse. Panamá necesita avanzar hacia un marco regulatorio que proteja a los ciudadanos sin frenar la innovación: un equilibrio complejo, pero indispensable.

La buena noticia es que el país no parte de cero. Existen instituciones académicas comprometidas, un ecosistema empresarial dinámico y profesionales panameños que ya destacan internacionalmente en estas áreas. Lo que falta es decisión colectiva: decidir que Panamá apostará seriamente por construir una economía basada en conocimiento y datos.

Los países que lideren esta transición no serán necesariamente los más grandes ni los más ricos. Serán los que actúen más rápido, formen mejor a su gente y conecten eficazmente la academia, el sector productivo y el Estado.

La ventana de oportunidad sigue abierta. Pero no permanecerá así para siempre. Porque en la economía que ya viene, los países que no aprendan a leer sus datos no solo perderán competitividad: perderán la capacidad de decidir su propio futuro.

El autor es profesional multidisciplinario: ingeniero industrial, internacionalista y abogado.


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