Hablar de vacunas y de “negocio” en la misma frase suele incomodar. Para muchos, la palabra negocio suena a lucro, a intereses ocultos, a ganancias desmedidas. Pero quizá el problema no esté en la palabra, sino en cómo la entendemos. Porque, si hay un negocio que realmente funciona —en el sentido más amplio y honesto del término—, es el de las vacunas.
Las vacunas funcionan como un simulador de vuelo para el sistema inmune. Antes de que un piloto lleve pasajeros a bordo, pasa horas entrenando en simuladores que recrean tormentas, fallas de motor y situaciones extremas. El objetivo no es que el avión se estrelle, sino exactamente lo contrario: que el piloto aprenda a reaccionar sin poner en riesgo vidas reales.
Las vacunas hacen exactamente eso: entrenan al sistema inmunológico para reconocer amenazas reales —virus y bacterias— sin exponer al cuerpo al peligro de la enfermedad. No improvisan, no adivinan, no “dejan que el cuerpo aprenda solo”. Preparan. Anticipan. Protegen.
Desde el punto de vista económico, este entrenamiento tiene un impacto enorme. Un estudio ampliamente citado, publicado por Ozawa y colaboradores (2016), analizó el impacto económico de la vacunación en países de bajos y medianos ingresos. La conclusión es contundente: por cada dólar invertido en vacunas, se ahorran aproximadamente 44 dólares en costos asociados a atención médica, hospitalizaciones, pérdida de productividad y muertes evitables. Panamá, como país de ingresos medios, entra de lleno en este escenario. Cada vacuna aplicada no es un gasto que se va; es un costo que nunca llega.
Y aquí vale la pena detenernos en una distinción clave: gastar no es lo mismo que invertir. Gastar es desembolsar dinero sin esperar un retorno claro. Invertir es destinar recursos con la expectativa —y la evidencia— de un beneficio futuro. El dinero que se destina a comprar vacunas no desaparece; se transforma en niños que no se hospitalizan, adolescentes que no faltan a la escuela, adultos que no pierden semanas de trabajo y familias que no atraviesan el dolor de una enfermedad grave prevenible.
Ahora bien, si quisiéramos ponernos cínicos —o estrictamente económicos—, podríamos decir algo incómodo: a los médicos no nos conviene la prevención. Un niño sano viene una o dos veces al año al consultorio. Un niño enfermo consulta más, necesita más estudios, más tratamientos, más seguimiento. Desde una lógica puramente transaccional, la enfermedad “rinde” más que la salud.
Pero los médicos —y en especial los pediatras— no elegimos esta profesión para maximizar consultas. Elegimos cuidar. Acompañar. Ver crecer. Queremos niños sanos, activos, felices, jugando, aprendiendo, viviendo. Y para eso, la prevención no es una pérdida de tiempo: es una inversión ética.
En casa, esta convicción no es solo teórica. Mi esposo y yo nos vacunamos todos los años contra la influenza y la COVID-19. Nuestros hijos y sobrinos tienen todas las vacunas disponibles para su edad, tanto las obligatorias como aquellas recomendadas para ciertos grupos o situaciones. Nuestros padres también están vacunados con todas las vacunas disponibles para su etapa de la vida. No lo hacemos por miedo ni por moda. Lo hacemos porque queremos disfrutar de una vida larga y feliz, con más celebraciones familiares que internaciones, más viajes que salas de espera, más abrazos y risas que diagnósticos evitables.
Las vacunas no solo evitan enfermedades; evitan sufrimiento. Evitan decisiones difíciles, noches en salas de urgencia, padres angustiados y camas hospitalarias ocupadas por cuadros que nunca debieron ocurrir. Evitan secuelas, discapacidades y duelos innecesarios. Todo eso tiene un valor humano incalculable, aunque también —si alguien insiste en medirlo— un valor económico enorme.
Por eso, cuando se habla del “negocio de las vacunas”, vale la pena decirlo sin rodeos: son un buen negocio para el Estado, porque reducen el gasto sanitario a largo plazo y fortalecen el capital humano del país. Son un buen negocio para el sistema de salud, porque permiten usar recursos limitados en lo que realmente no se puede prevenir. Y son un buen negocio para las familias, porque protegen lo más valioso que tienen: la salud y el futuro.
Al final, el verdadero negocio de las vacunas no está en venderlas, sino en todo lo que nos permiten evitar. Y en ese balance —económico, sanitario y humano— pocas inversiones son tan claras, tan efectivas y tan necesarias.
La autora es pediatra.

