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El miedo del régimen cubano a su juventud

El miedo del régimen cubano a su juventud
Integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba asisten a un evento en apoyo al expresidente cubano Raúl Castro, en La Habana (Cuba). EFE/ Ernesto Mastrascusa

“Mamá, ¿hasta cuándo voy a estar aquí?”, pregunta Jonathan Muir Burgos, un cristiano cubano de 16 años y uno de los presos políticos más jóvenes del régimen, durante las llamadas telefónicas de madrugada desde la prisión de Canaleta, en Ciego de Ávila. En esa pregunta se concentra la angustia de una generación que protesta contra los apagones, la escasez y la ausencia de libertad en Cuba. El encarcelamiento de Jonathan contradice abiertamente las reiteradas afirmaciones del presidente no electo de Cuba, Miguel Díaz-Canel, de que en la isla no existen presos políticos.

Jonathan fue detenido por participar en las protestas del 13 de marzo de 2026 en Morón, provincia de Ciego de Ávila. Actualmente enfrenta cargos de “sabotaje”, un delito ambiguo y politizado utilizado con frecuencia para criminalizar la disidencia. Se encuentra recluido en Canaleta, una de las prisiones más severas de Cuba.

El caso de Jonathan refleja una realidad más amplia en la Cuba actual: los jóvenes ya no constituyen un pilar del sistema político, sino una de las principales fuerzas impulsoras de la oposición al régimen.

Todavía no hemos escuchado a Jonathan explicar con sus propias palabras por qué decidió unirse a las protestas. Recluido en una prisión de máxima seguridad, tiene muy poco margen para expresarse libremente. Sin embargo, las injusticias que ha vivido a lo largo de su corta vida ayudan a comprender por qué finalmente decidió salir a las calles.

Desde pequeño, Jonathan fue estigmatizado por su fe cristiana y por las creencias religiosas de su familia. Según su padre, el pastor Elier Muir, sus profesores se burlaban de él y lo marginaban. A los 11 años, las autoridades escolares lo responsabilizaron de la mala conducta de otros alumnos en el aula y trataron el incidente como un “caso político”. Su historia ilustra cómo la educación en Cuba puede funcionar más como una herramienta de adoctrinamiento ideológico que como un verdadero derecho social.

Tiempo después, el padre de Jonathan perdió su empleo tras negarse a colaborar con la Seguridad del Estado, mientras la familia se convertía en blanco de actos de repudio después de fundar la iglesia Tiempo de Cosecha. Según Elier Muir, grupos que actuaban bajo instrucciones de la Seguridad del Estado apedreaban a la familia después de los servicios religiosos.

En este contexto, la participación de Jonathan en las protestas de Morón fue la culminación de años de exclusión y resistencia silenciosa. Su historia ocurre paralelamente al surgimiento de una cultura de protesta más amplia en Cuba, donde artistas, estudiantes y ciudadanos comunes llevan años exigiendo mejores condiciones de vida, mayores libertades, cambios democráticos y la liberación de presos políticos.

Como han señalado académicos como Sidney Tarrow, los movimientos de protesta se desarrollan mediante símbolos compartidos, identidades colectivas y repertorios recurrentes de resistencia. En Cuba, esta cultura de protesta ha tomado fuerza gracias al impacto de la canción Patria y vida, el crecimiento del activismo en redes sociales tras la expansión del acceso a internet y tácticas como transmisiones en vivo, cacerolazos, grafitis, sentadas y denuncias públicas.

En conjunto, estos métodos ayudaron a sostener la movilización cívica después de las protestas del 11 de julio de 2021, pese a la fuerte represión. El Observatorio Cubano de Conflictos ha documentado decenas de miles de actos de protesta y resistencia no violenta en los últimos seis años, ilustrando el crecimiento de esta cultura de protesta.

Uno de los rasgos más significativos del reciente movimiento de protesta en Cuba ha sido la participación de jóvenes y menores de edad, quienes también se han convertido en objetivos prioritarios de la represión gubernamental. En julio de 2022, Justicia 11J y Cubalex informaron que, de aproximadamente 1,484 detenidos vinculados a las protestas del 11 de julio, 166 tenían entre 12 y 20 años y 566 entre 21 y 35 años. Para abril de 2026, al menos 33 menores permanecían encarcelados o enfrentaban procesos judiciales por motivos políticos, según Prisoners Defenders.

Las manifestaciones de Morón inquietaron profundamente a la élite gobernante cubana. Encabezadas en gran medida por adolescentes y consideradas posiblemente las mayores protestas antigubernamentales desde julio de 2021, reunieron entre 1,000 y 2,000 personas, según testimonios locales. Lo que comenzó como una protesta contra el deterioro de las condiciones de vida rápidamente se transformó en un desafío directo al sistema de partido único y a la ideología oficial del país.

Los manifestantes marcharon hacia las oficinas municipales del Partido Comunista, ocuparon el edificio, arrojaron documentos y mobiliario a la calle y encendieron hogueras en el exterior. El Estado respondió con golpizas, gases lacrimógenos, perros policiales y disparos. Cuatro adolescentes fueron detenidos, junto con otros doce manifestantes.

Más que un estallido espontáneo de ira, las protestas representaron un rechazo simbólico al orden político existente, evocando escenas similares al derribo de símbolos autoritarios en otros contextos represivos.

Los sistemas autoritarios suelen perseguir a los jóvenes porque representan futuros líderes, organizadores y símbolos de cambio. El caso de Jonathan ilustra claramente esa dinámica. Según diversos informes, las autoridades le negaron tratamiento para una enfermedad crónica de la piel mientras lo obligaban a dormir sobre colchones infestados de insectos. Además, cuentas oficiales del gobierno difundieron imágenes manipuladas con inteligencia artificial para humillarlo y desacreditarlo públicamente.

Sin embargo, investigaciones sobre campañas de descrédito sugieren que este tipo de estrategias depende en gran medida de la credibilidad de quienes las ejecutan, algo que el gobierno cubano —cada vez más impopular— parece haber perdido. Lejos de desacreditarlo, la campaña contra Jonathan provocó medidas cautelares emitidas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, además de denuncias internacionales de legisladores, grupos religiosos y activistas, así como campañas de solidaridad dentro y fuera de Cuba.

En Morón, incluso vecinos firmaron un documento público defendiendo el carácter y los valores de Jonathan.

Pero la criminalización de la disidencia juvenil en Cuba no representa únicamente el exceso de un sistema autoritario. También refleja una lógica política más profunda. Desde sus primeros años, el régimen cubano construyó gran parte de su legitimidad sobre el apoyo de los jóvenes, presentando a la juventud como el motor moral de la revolución.

En un discurso pronunciado en 1962 durante la clausura del Primer Congreso Nacional de la Unión de Estudiantes de Secundaria, Fidel Castro afirmó que “la juventud es como el termómetro que señala hacia la justicia”, argumentando que la “pureza” y el “brillo” de una revolución podían medirse por la actitud de los jóvenes hacia ella.

Hoy, sin embargo, el creciente rechazo al sistema por parte de las generaciones más jóvenes evidencia una profunda crisis de legitimidad. La misma generación que antes se invocaba como prueba de la vitalidad revolucionaria se ha convertido en evidencia de su deterioro. Perseguir a los jóvenes cumple un doble propósito: castigar la disidencia presente y desalentar futuras expresiones de organización cívica.

El caso de Jonathan también refleja un patrón más amplio de maltrato contra menores detenidos en Cuba por razones políticas. Su encarcelamiento y procesamiento bajo cargos de “sabotaje”, castigados con penas de hasta 15 años de prisión, parecen contradecir la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, la cual establece que la detención de menores debe utilizarse únicamente como último recurso y durante el menor tiempo posible.

Como sostuvo Michel Foucault, el poder moderno no solo castiga; también disciplina y busca obediencia mediante una represión ejemplarizante. En la Cuba actual, la represión generacional no pretende únicamente controlar el presente, sino limitar aquello que las futuras generaciones consideran posible. Tal vez ese sea el miedo más profundo del régimen: no un disidente aislado, ni un movimiento específico, sino toda una generación que comienza a perder el miedo.

El autor es investigador y director de Espacios Democráticos, una ONG dedicada a fomentar la solidaridad en Canadá con defensores de derechos humanos y la sociedad civil en Cuba. Máster en historia latinoamericana de la Universidad de Toronto.


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