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El impacto real del fútbol de élite

¿Por qué la Sele debería ser un negocio para todo el país?

El impacto real del fútbol de élite
Thomas Christiansen es el director de la selección de Panamá desde 2020. Foto: Elysée Fernández

Cada vez que la Federación Panameña de Fútbol busca contratar a un director técnico de nivel internacional, surgen fuertes quejas en redes sociales: "¿Cómo se le paga ese dineral a un tipo por dirigir partidos, si el administrador del Canal de Panamá gana muchísimo menos?"

Aunque el argumento apela a la justicia salarial, la comparación es errónea. Si el administrador del Canal se jubila, hay una fila de profesionales locales listos para el puesto; el Estado fija el sueldo bajo sus propias reglas. Con los entrenadores de élite pasa lo contrario: escasean en todo el mundo. Los técnicos capaces de transformar una selección en crecimiento se cuentan con los dedos de las manos y se los disputa el mercado global, desde Europa hasta Arabia Saudita. Su precio lo fija una competencia internacional ajena a nuestras fronteras.

Por ello, pagar esa tarifa de mercado tendría que verse como la única forma de competir en la mesa de los grandes. Traer un técnico de ese calibre no debería considerarse un lujo, sino el mecanismo para adquirir la transferencia de tecnología y el cambio de mentalidad necesarios para consolidarnos en escenarios de primer nivel. El debate sobre el banquillo de la Sele tendría que asumirse como algo tan estratégico como el manejo del Canal o la conectividad del Darién: se trata de definir cómo usará Panamá sus recursos para desarrollarse.

Para que esta apuesta funcione en el futuro cercano, tendríamos que cambiar la percepción de que el sueldo de un entrenador de alto nivel es dinero de los contribuyentes arrojado a un pozo sin fondo. La planilla de un cuerpo técnico de primer nivel debería financiarse con los ingresos que genera el propio fútbol: patrocinios de marcas multinacionales, derechos de televisión internacional y taquillas.

Además, en el negocio moderno de la FIFA, un proceso exitoso tendría que traducirse de inmediato en dinero. Clasificar a un Mundial o avanzar en la Copa América debería generarle a la federación millones de dólares en premios en efectivo. Un técnico de vanguardia no tendría por qué costarle al ciudadano; debería operar como un motor que genera los ingresos para pagarse a sí mismo, dejando ganancias en el sistema y reactivando la economía nacional en sectores como el turismo, el comercio y el transporte.

Cuando la Sele dé ese salto y se vuelva un producto cotizado, ese dinero no debería quedarse en la capital. El éxito tendría que atraer inversión privada dispuesta a financiar estadios modernos y centros de alto rendimiento en el interior del país, motores que reactiven la economía de las provincias al atraer a la hotelería y generar empleos en otras regiones. A esto se sumaría un impacto social clave: el fútbol de élite debería funcionar como la herramienta que una al país bajo una sola camiseta, elevando la moral colectiva y proyectando hacia el exterior la imagen de una nación moderna y competitiva.

Es justo reconocer que los niveles alcanzados en los últimos años ya nos muestran resultados concretos: logros deportivos y de crecimiento que no solo nos animan, sino que llenan de legítimo orgullo a todo el país. Esta evolución demuestra que el talento existe y que las bases están respondiendo.

Precisamente, para sostener y potenciar este avance hacia el siguiente nivel, necesitamos a un gerente de alto rendimiento con conocimientos y experiencia, con una propuesta organizacional y de funcionamiento de alta competencia. Necesitamos un líder que entienda al jugador panameño, potencie su velocidad y le quite el complejo de inferioridad ante el mundo.

Lo mejor sería que este conocimiento científico no se quede solo en el fútbol; de allí la importancia de establecer la transferencia de conocimiento como una obligación institucional, mediante una alianza estratégica con la universidad pública especializada. De esta forma, la experiencia y las metodologías de salud y rendimiento podrán llevarse incluso a otras disciplinas deportivas de alta competencia, beneficiando a todos nuestros atletas olímpicos.

Esta transformación metodológica tendría que impactar directamente la vida de nuestros jóvenes futbolistas. Bajo una conducción científica, el jugador tendría que dejar atrás la improvisación del talento de barrio para adoptar estándares profesionales de disciplina y preparación integral, tanto física como mental, lo que potenciará su desarrollo personal. Esto debería alargar su carrera profesional y asegurarle contratos formales con seguridad social. Cuando el jugador sea transferido al extranjero, los clubes locales recibirán ingresos por derechos de formación, inyectando capital en los equipos de barrio que los vieron nacer y obligando a la liga local a profesionalizarse.

Obviamente, si el Estado va a apoyar este proceso en el futuro cercano a través de inversión semilla para el desarrollo de la base, tendríamos que exigir cuentas muy claras mediante un contrato blindado basado en resultados auditables. El dinero público tendría que usarse para dejar un legado metodológico, no para subsidiar el entretenimiento de una entidad privada. Por eso, el acuerdo debería contemplar un sueldo base moderado y bonos agresivos atados al cumplimiento de metas. Si el proyecto fracasa, el costo para el país tendría que bajar drásticamente.

En conclusión, Panamá ya no debería tomar decisiones con el corazón de fanático ni con la billetera abierta a la improvisación. Renovar un proceso por pura inercia o contratar a un técnico por mera publicidad tendría que verse como una irresponsabilidad. No importará el nombre del estratega de turno, sino el nivel de exigencia que le vayamos a poner. Deberíamos aspirar a un líder en la pizarra, un cirujano en la mentalidad del atleta y un socio con un contrato amarrado a los resultados. Solo si empezamos a tratar al fútbol con la misma responsabilidad con la que debemos administrar nuestros recursos estratégicos, lograremos que, en los próximos años, cada dólar invertido se convierta en desarrollo, oportunidades y un futuro digno para nuestra juventud.

El autor es abogado.


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