Tranquilos. Esto no es una proclamación de superioridad moral ni un manual de cómo deben ser las cosas. Es, sencillamente, mi ideal personal sobre lo que espero de mi profesión y de los gremios que dicen representarla. No me creo perfecta, no pretendo serlo y tampoco me incomoda que alguien piense lo contrario. Pensar distinto, al menos en teoría, debería seguir siendo parte esencial del ejercicio docente.
Mi deseo para la docencia es claro: quiero que ser docente vuelva a asociarse con excelencia profesional, respeto social y solvencia digna, no con el escándalo recurrente ni con la normalización de la precariedad. No hablo de lujos ni de privilegios extraordinarios, sino de una vida coherente con la responsabilidad intelectual, ética y social que implica educar. Aspirar a vivir mejor de mi trabajo no me hace menos ética; me hace consecuente con el valor real de mi profesión.
Espero de mi profesión exigencia y, de los gremios, representación responsable. No me interesa que se les conozca por el ruido, la confrontación permanente o los titulares negativos. Aspiro a gremios reconocidos por la calidad de sus propuestas, por su liderazgo académico y por su capacidad de elevar el nivel del debate educativo. No todos los gremios son iguales, pero es innegable que ciertas dinámicas públicas han terminado por opacar la labor docente más de lo que la fortalecen.
No creo que el docente deba vivir en sacrificio perpetuo para demostrar compromiso. La precariedad no es una virtud profesional ni un valor pedagógico. Mi profesión debería ofrecer posibilidades reales de crecimiento, estabilidad y proyección. Cuando esto no ocurre, muchos docentes recurren a actividades adicionales —como la venta de revistas de productos de belleza u otros artículos— para complementar sus ingresos. No es motivo de burla ni de vergüenza; es un síntoma estructural que merece análisis serio, no romanticismo ni discursos vacíos.
Por ello, el gremio que espero no se limita a reclamar, sino que forma y empodera. Gremios que impulsen seminarios de ética profesional, liderazgo educativo, pensamiento crítico y educación financiera. Porque dignificar al docente no es convertirlo en mártir, sino dotarlo de herramientas para decidir mejor, negociar con conocimiento y ejercer su profesión con mayor autonomía. Un docente formado es más libre, incluso frente a quienes dicen representarlo.
No espero gremios convertidos en partidos políticos ni en vitrinas ideológicas. Espero realismo. Vivimos y trabajamos en un sistema capitalista; puede criticarse, pero hacerlo exige coherencia. Señalar contradicciones no constituye un ataque ideológico, sino una observación práctica: la incoherencia debilita cualquier causa. Defender al docente implica reconocer su derecho a prosperar dentro del sistema en el que ejerce, sin culpas ni dobles discursos.
Tampoco rechazo la protesta ni la huelga. Lo que cuestiono es su uso automático, carente de estrategia y reflexión. La protesta, para ser legítima y eficaz, debe ser pensada, explicada y orientada a objetivos claros. La excelencia profesional también se expresa en la manera de exigir derechos, no solo en los derechos que se exigen. Incluso para luchar hay que ser inteligentes.
Espero, además, gremios que cuiden la imagen pública del docente. Cada acto colectivo construye o erosiona credibilidad. La autoridad profesional no se impone por el volumen de la voz, sino por la coherencia, la solidez de los argumentos y la consistencia ética. Un gremio serio no necesita escándalos para ser escuchado; necesita ideas bien articuladas y conducta ejemplar.
Insisto: este es mi ideal. No una acusación personal ni una receta universal. Sé que el sistema es complejo y que los cambios no son inmediatos. Pero también sé que una profesión que no define sus propios estándares termina aceptando los que otros le imponen. Y yo no quiero que la docencia sea definida por la resignación.
Y entonces despierto.
Despierto en mi aula, con el calor pegado a la piel, el abanico flojo recordándome que en cualquier momento puede caerse encima y el techo crujiendo como metáfora demasiado real. Afuera, el ruido continúa. Adentro, la clase empieza.
Suspiro, tomo asistencia y continúo.
Porque mientras el gremio que espero no exista del todo, desde mi aula todavía puedo intentar ejercer la excelencia que reclamo.
Y antes de que el abanico me caiga encima… se vale soñar.
La autora es profesora de filosofía.


