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El espejismo tecnológico: por qué comprar laptops no mejora la educación

El espejismo tecnológico: por qué comprar laptops no mejora la educación
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Hay una idea que resurge periódicamente entre los tomadores de decisiones educativas: si le damos una computadora a cada estudiante, la calidad de la educación mejorará. Es una idea intuitiva, moderna y políticamente atractiva. También es, según la evidencia científica más rigurosa disponible, fundamentalmente equivocada.

El Ministerio de Educación (MEDUCA) propone invertir $273 millones en la adquisición de 552,250 laptops para el sistema educativo nacional. Antes de que esa decisión se convierta en contrato firmado, preguntémonos: ¿qué nos dice la investigación mundial sobre este tipo de programas? La respuesta, documentada en el estudio “El espejismo tecnológico”, elaborado por la Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá (FUDESPA) y Jóvenes Unidos por la Educación (JUxlaE), no deja margen para el optimismo.

El estudio más riguroso sobre el tema fue realizado en Perú por investigadores del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y publicado en el American Economic Journal. Un ensayo controlado aleatorizado —el estándar de oro de la investigación científica— que evaluó durante ocho años el impacto del programa One Laptop per Child (OLPC): 850,000 equipos entregados a un costo de $180 millones. El resultado fue categórico: cero mejoras sostenidas en matemáticas y en comprensión lectora.

Uruguay implementó el primer programa OLPC a escala nacional del mundo, con cobertura universal en escuelas públicas primarias. No se documentaron efectos significativos sobre el aprendizaje, mientras el 27% de los equipos requería reparación constante. Suecia invirtió masivamente en tecnología educativa desde 2010, vio caer sus resultados en las pruebas PISA y terminó revirtiendo la política para volver a los textos impresos. Colombia registró patrones similares y, en algunos indicadores, una involución.

El efecto promedio de estos programas sobre el aprendizaje académico se ubica entre 0.00 y 0.05 desviaciones estándar: equivalente a poco más de dos semanas adicionales de aprendizaje anual. Para dimensionarlo: las tutorías personalizadas producen efectos de 0.37 desviaciones estándar; la formación docente bien implementada alcanza 0.40. La diferencia no es marginal. Es de un orden de magnitud.

Lo más preocupante no es que la evidencia internacional sea desfavorable. Lo más preocupante es que Panamá ya tiene su propio historial con este modelo, y tampoco funciona. Desde 2004, distintas administraciones han invertido más de $97 millones en programas de distribución masiva de equipos. En cada caso, ninguno fue acompañado de una evaluación de impacto sobre el aprendizaje. Ninguno.

En 2015, 26,000 laptops aparecieron almacenadas en depósitos del MEDUCA, sin usar y deteriorándose. El destino de las laptops distribuidas entre 2012 y 2013 sigue siendo, hasta hoy, una pregunta sin respuesta oficial. Mientras esto ocurría, el 60% de los estudiantes panameños se ubicaba en los niveles deficiente o regular en las evaluaciones nacionales.

Sería un error leer este análisis como un argumento contra la tecnología en la educación. No lo es. El caso de la India lo demuestra con claridad: el programa Mindspark, basado en software de instrucción adaptativa que ajusta el nivel de dificultad a cada estudiante e integra docentes capacitados para su aplicación pedagógica, produjo efectos de 0.37 en matemáticas y 0.23 en lengua en desviaciones estándar. Eso es impacto real.

La diferencia entre la India y los casos fallidos no es la tecnología en sí. Es el diseño pedagógico que la acompaña. El hardware distribuido masivamente sin currículo integrado, sin formación docente y sin sistemas de seguimiento no enseña nada. Una laptop sin método no es innovación. Es un objeto caro con fecha de caducidad.

Panamá enfrenta hoy una decisión que no puede tomarse sobre la base de intuiciones ni de la inercia de políticas pasadas. Aprobar $273 millones en una nueva compra masiva de equipos, sin evidencia pedagógica y sin mecanismos de rendición de cuentas, sería repetir conscientemente un error documentado.

Los niños y jóvenes panameños —especialmente los de las comunidades más vulnerables— merecen que cada dólar del presupuesto educativo se destine a lo que realmente funciona: aulas equipadas, formación docente, tutorías, nutrición escolar, infraestructura básica, estándares de aprendizaje. Intervenciones que no prometen modernidad, pero sí resultados.

El espejismo tecnológico es seductor. La responsabilidad pública exige ver más allá.

El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.


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