Panamá ya cruzó el punto de no retorno: el fenómeno de El Niño está en marcha. No es la primera vez que el país lo enfrenta, pero sí es la primera vez que lo hacemos con un ecosistema de micro, pequeñas y medianas empresas mucho más grande y, me atrevo a decir, más diverso y resiliente que antes. La pregunta que deberíamos hacernos como país no es si El Niño golpeará a nuestros productores y emprendedores, porque ya lo está haciendo. La pregunta es: ¿qué vamos a construir, todos juntos, para que ese golpe no apague el motor que representan?

Los datos que hoy manejan las entidades expertas en la materia son claros: sequía severa en el Pacífico, exceso de lluvias en el Caribe, presión al alza en los costos de fertilizantes y energía, y afectaciones que ya proyectan las autoridades agropecuarias en cultivos como el arroz. Son reportes que preocupan, y con razón. Pero quiero ofrecer una mirada distinta: la de la resiliencia como estrategia, no como consuelo.

Para lograrlo, primero tenemos que dejar de tratar a El Niño, y a los fenómenos climáticos en general, como una emergencia de temporada. Se trata de una variable permanente que debe incorporarse a la manera en que diseñamos soluciones, acompañamos al emprendedor y pensamos el desarrollo territorial a largo plazo.

Por otro lado, la información oportuna debe llegar antes que la crisis, no después. Existen hoy mecanismos públicos de apoyo que muchos micro y pequeños empresarios simplemente desconocen o no saben cómo tramitar. Ante el miedo o la incertidumbre, cualquier solución temporal —como un prestamista informal o un crédito improvisado— que resuelva la necesidad inmediata será vista con buenos ojos, aunque sus consecuencias puedan ser fatales para el negocio a largo plazo.

Desde nuestra experiencia, esto implica que las instituciones financieras, los gremios y los medios de comunicación tenemos la responsabilidad de tender ese puente. Un emprendedor bien informado toma mejores decisiones y llega con más margen a la temporada difícil.

Cuando este episodio de El Niño finalmente ceda, dentro de meses o, quizás, hacia los primeros meses de 2027, la pregunta que deberíamos poder responder no será solo cuántas toneladas de arroz se perdieron o cuánto se redujeron las ventas a causa del alza de los insumos. Deberá ser cuántos emprendedores panameños siguieron abriendo sus negocios cada mañana, cuántas fincas familiares lograron sostener la próxima siembra y cuánto crédito responsable llegó a tiempo para evitar que una sequía se convirtiera en un cierre definitivo.

Durante años hemos escuchado hablar del “espíritu emprendedor” panameño casi como una virtud abstracta. Yo prefiero verlo como un activo económico concreto: miles de negocios familiares, fincas pequeñas, talleres, comercios de barrio y emprendimientos liderados por hombres y mujeres que sostienen el consumo local y generan empleo cuando las grandes cifras macroeconómicas no siempre lo reflejan.

Ese activo no se protege con discursos; se protege con acceso a financiamiento, información oportuna y alianzas que reduzcan la incertidumbre, acompañando así al emprendedor panameño no solo cuando el clima es favorable, sino, sobre todo, cuando no lo es.

El autor es gerente general de Microserfin.