Históricamente, Estados Unidos ha considerado a América Latina como su patio trasero. Desde los inicios de esa nación, la Doctrina Monroe fue una política intervencionista que, amparada en el lema “América para los americanos”, fue establecida por el presidente James Monroe en 1823 como fundamento ideológico para delimitar la esfera de influencia estadounidense en la región. Esta doctrina sirvió para justificar la intervención en Centroamérica y el Caribe, así como para impulsar la expansión territorial hacia el oeste, con la anexión de Texas y la guerra con México.
Por su parte, el Destino Manifiesto fue otra justificación ideológica, acuñada por John O’Sullivan en 1845, que amplió el alcance de la Doctrina Monroe al sostener que los estadounidenses estaban destinados por Dios a expandirse por todo el continente americano. Bajo el pretexto de llevar libertad y progreso por mandato divino, esta visión derivó en anexiones y dominio por la fuerza sobre territorios vecinos, aprovechando sus recursos en favor de Estados Unidos.
Esta conducta imperialista, practicada durante décadas por Estados Unidos, parecía haber sido atenuada con el paso del tiempo en América Latina, en virtud de la diplomacia moderna y del reconocimiento internacional del derecho de los pueblos a definir su propio destino. No obstante, tras largos años de relativo desinterés por la región, Estados Unidos ha vuelto a poner el foco en América Latina, esta vez bajo la figura del presidente Donald Trump, pero con intenciones que evocan viejas prácticas del pasado.
El pasado 2 de diciembre, en su discurso presidencial con motivo del aniversario número 250 de la Doctrina Monroe, Trump destacó la vigencia plena de esta doctrina mediante la inclusión del denominado Corolario Trump, en el cual afirma el derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier lugar del continente americano que considere necesario, bajo el argumento de protegerlo de amenazas externas. De este modo, la violación de la soberanía de los Estados latinoamericanos se presenta como un mal necesario o como el precio a pagar para garantizar una supuesta independencia frente al resto del mundo.
El Corolario Trump pretende reivindicar el liderazgo estadounidense en el hemisferio occidental mediante enunciados hegemónicos, como la idea de que la soberanía hemisférica está vinculada a la capacidad del pueblo estadounidense de controlar su destino en la región. Esto incluye el control del Canal de Panamá y de las rutas marítimas, la lucha contra las drogas, el narcoterrorismo y la migración irregular, así como la revisión y reconfiguración del comercio bajo la lógica de America First.
Los acontecimientos recientes en Venezuela, con la invasión y captura de Nicolás Maduro, no responden a un acto de solidaridad en defensa de los principios democráticos vulnerados en ese país. Por el contrario, constituyen el retorno explícito de una interpretación dura de la Doctrina Monroe, como se desprende de las declaraciones del propio Trump el sábado 3 de enero:
— “Vamos a administrar Venezuela. Ellos nos arrebataron nuestro petróleo y pensaron que no haríamos nada al respecto”.
— “María Corina Machado no cuenta con el apoyo ni el respeto necesarios para gobernar su país. Creo que le sería muy difícil estar al frente del país. Es una mujer muy amable, pero no inspira respeto”.
Ahora resulta más comprensible que el actual presidente estadounidense haya recibido el respaldo mayoritario de los votantes de su país y que continúe contando con la admiración y el apoyo sumiso de su entorno político y del andamiaje gubernamental, de una manera inquietantemente similar a la que, hasta hace poco, practicaba Maduro en su feudo venezolano.
Este comportamiento ególatra y prepotente se refleja también en el documento titulado Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, aprobado en noviembre de 2025, donde Trump aparece como una figura casi providencial que inaugura “una nueva edad de oro” y se presenta como “presidente de la paz”, capaz de garantizar “una paz sin precedentes” gracias a su talento negociador. En dicho documento se fusionan, sin pudor, la seguridad nacional y el culto a la personalidad, una característica más propia de regímenes autoritarios que de democracias consolidadas.
En síntesis, este documento permite observar con claridad el manual de operaciones de Estados Unidos hacia América Latina y su autoproclamado rol como paladín de la justicia y baluarte de la democracia, mientras proclama la paz a través de la fuerza cuando afirma: “La fuerza es el mejor elemento disuasorio. Los países u otros actores suficientemente disuadidos de amenazar los intereses estadounidenses no servirán de nada”.
La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 no debe leerse únicamente como un plan militar o diplomático. Es, ante todo, un proyecto discursivo que busca reconfigurar el orden internacional mediante narrativas de identidad y amenaza. Más que una estrategia de seguridad en sentido clásico, representa un intento de reafirmar la hegemonía estadounidense a través de significados intimidatorios que condicionan la política internacional y obligan a todos —especialmente a los panameños— a poner las barbas en remojo, mientras intentamos adivinar dónde quiere sentarse el elefante.
El autor es escritor y pintor.

