Casi todos creemos que para triunfar en la vida hay que coleccionar diplomas, estudiar en universidades prestigiosas y acumular años de experiencia. Pensamos que, si a esto le sumamos el apoyo de gente influyente o una buena “palanca”, ya tenemos el éxito asegurado.
Pero la vida real nos enseña otra cosa. Para entenderlo bien, primero debemos aclarar dos palabras que suenan casi igual, pero significan cosas totalmente distintas:
Aptitud (con “P”): es el “saber hacer”. Son tus estudios, tus títulos, tus cursos y tu destreza para un trabajo. Es lo que sabes hacer, como hablar un idioma, llevar la contabilidad o redactar un contrato.
Actitud (con “C”): es el “querer hacer”. Es tu forma de ser, tu comportamiento, tu honestidad, tus ganas de trabajar y, sobre todo, la manera en que tratas a los demás.
Cuando la aptitud (lo que sabes) se divorcia de la actitud (cómo eres), el fracaso está casi asegurado.
El ejemplo que vemos todos los días
La vida diaria nos muestra esto a cada rato. Todos conocemos a alguien que se graduó en la universidad más famosa, ya sea en el extranjero o en su propio país. Tiene la pared de su oficina llena de títulos costosos y conoce a gente muy importante. Sin embargo, en el día a día resulta ser un verdadero fiasco como profesional y como persona. No tiene empuje, es apático, desordenado y no es constante en sus propósitos, o se comporta de manera que nadie lo soporta. No sabe trabajar en equipo, trata mal a los demás por orgullo y su carrera termina totalmente estancada.
Por otro lado, vemos con alegría otro ejemplo: personas que quizá no tuvieron la oportunidad de estudiar en centros caros, no tienen grandes títulos ni contactos influyentes que les abran el camino. Pero esa gente sobresale de manera brillante en el mismo trabajo donde el primero fracasó. ¿Por qué? Porque son constantes en sus propósitos, tienen ganas de aprender, son puntuales, respetuosos, honestos y siempre tienen una sonrisa o una mano tendida para ayudar. Su forma de ser los hace brillar donde otros se apagan.
“Los títulos y los contactos te pueden conseguir una entrevista o un empleo, pero solo tu comportamiento y tu honradez harán que te ganes el respeto de la gente.”
La cuenta es muy fácil
Míralo con atención:
Lo que sabes (conocimientos) y lo que sabes hacer (experiencia) se suman.
Pero tu forma de ser (la actitud) multiplica.
Si tienes muchos conocimientos y años de experiencia, pero tu actitud es cero (eres grosero, mentiroso o perezoso), al multiplicar todo por cero, el resultado de tu valor es cero. Por el contrario, si eres alguien que está empezando, tiene menos títulos, cuenta con conocimientos firmes de su trabajo y posee una gran actitud, multiplicas tu valor y llegas mucho más lejos.
Algunas lecciones para no olvidar
Los títulos se quedan viejos; el buen trato no. Lo que estudiaste puede cambiar con la tecnología en unos años, pero ser una persona educada y con ganas de trabajar nunca pasa de moda.
Nadie quiere trabajar con un sabio inestable e insoportable. Las oficinas, los talleres y las familias funcionan mejor con gente que sabe escuchar y colaborar, no con genios que se creen superiores a los demás.
El apoyo de los de arriba es prestado; tu decencia es tuya. La ayuda de la gente influyente se puede acabar mañana por cualquier cambio político o social. Lo único que siempre te queda y te define es tu propio carácter.
Una observación final
Estudiar, superarse y obtener títulos es excelente y requiere un gran sacrificio; nadie dice lo contrario. Pero no olvides que el diploma es solo un pedazo de papel. La verdadera grandeza se demuestra en cómo tratamos al compañero de trabajo, al cliente y a quien nos atiende en la calle.
No usemos los estudios para mirar a los demás por encima del hombro, sino para servirles mejor. Al final del camino, la gente olvidará qué notas sacamos en la escuela, pero siempre recordará qué clase de personas fuimos.
El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.

