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El derecho a la utopía: cuando el istmo fue el centro del mundo

El derecho a la utopía: cuando el istmo fue el centro del mundo
Ilustración conceptual elaborada con asistencia de OpenAi.

Al amanecer del jueves 22 de junio de 1826, el repique de las campanas y las salvas de artillería despertaron a los vecinos de la ciudad de Panamá. Tras una misa solemne y el canto del Te Deum, presididos por el sacerdote Antonio Larrazábal —delegado de Centroamérica—, los ministros plenipotenciarios cruzaron del espacio sagrado al espacio político. Las calles empedradas no olían a gloria, sino a lodo, azufre y miasmas coloniales. Los ilustres delegados de la Gran Colombia, México, Perú y Centroamérica —ataviados con pesados trajes de paño— desembarcaron en una aldea amurallada de entre ocho mil y diez mil habitantes. No había palacios. Aquella conferencia intergubernamental de alto nivel se inauguró con la verificación de poderes en la sala capitular del humilde convento de San Francisco.

Bolívar no eligió la opulencia de Lima, el señorío de México o las imprentas de Bogotá, urbes con infraestructura virreinal. Moldeado por la escuela disruptiva de su maestro Simón Rodríguez, el Libertador tenía mundo y entendía la geopolítica global. Despreció la comodidad burocrática en favor de la visión estratégica de Panamá como sede, una bisagra cósmica. El istmo se formó millones de años antes al emerger del océano: unió dos continentes para cambiar el clima y el comercio del planeta. Bolívar quiso replicarlo en el orden político. Prefirió la precariedad de una aldea de paso porque poseía la escala del universo en la cabeza. Aquel inicio litúrgico reveló que, si bien las nuevas repúblicas habían roto con España, no estaban distanciadas de la fe católica ni del castellano.

El Congreso de Panamá no inventó la diplomacia; inventó una diplomacia republicana para un continente de naciones recién emancipadas. Mientras Europa reunía monarquías en Viena para restaurar cadenas y repartirse el mapa como un botín, Panamá reunió repúblicas para fundar libertades sobre una mesa de madera simétrica. Estados soberanos, que hoy representan a 11 repúblicas, debatieron bajo los principios del diálogo, el arbitraje y la defensa colectiva. Es el acta de nacimiento del multilateralismo moderno, una herencia institucional tan clara que la propia ONU reconoce en aquella conferencia un antecedente fundamental.

Tras veintitrés días de debates extenuantes bajo el sopor tropical, los Tratados de Unión, Liga y Confederación Perpetua se firmaron el 15 de julio de 1826 (uno de los originales se exhibe contiguo al sitio de la reunión). El traslado de las sesiones a Tacubaya terminó en un silencioso naufragio.

Las mezquindades y las guerras civiles posteriores llevaron a que Bolívar, en los momentos previos a su muerte, en 1830, en Santa Marta, sentenciara que había arado en el mar.

Ese veredicto de fracaso aparente conecta al Libertador con otros dos gigantes condenados a morir desahuciados o incomprendidos. Cervantes, en la miseria y las celdas, puso belleza en sus propios reveses, transmutando su decadencia material en un hidalgo loco e inmortal. Colón cambió la geografía del planeta, pero murió envuelto en la neblina de su propia terquedad, convencido de haber llegado a las Indias, encadenado por una Corona que incumplió sus promesas y despojado de su propio nombre en el mapa continental.

A doscientos años de aquella cita febril, sabemos que las ideas adelantadas a su tiempo tienen la paciencia de las semillas y que el tiempo es, en última instancia, el señor de la razón. La aldea ha resucitado. La lucidez precisa del discurso bolivariano sobrevive a las bayonetas y a los mapas efímeros. En esta peligrosa época de inmediatismo, donde se confunde la velocidad con la verdad y el éxito se mide en metros de hormigón, Panamá necesita recuperar su verdadera estatura mental. Nuestra mayor grandeza histórica no radica en los rascacielos de la Avenida Balboa ni en el tonelaje del Canal, sino en haber sido el escenario donde la humanidad ensayó, desde la fragilidad de un convento humilde, el pensamiento del porvenir.

Que estas lecciones no se desvanezcan en esta época de sufrimientos, destellos e incertidumbre.

El autor es periodista y filólogo.


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