Hay cifras que describen un problema. Y otras que revelan una contradicción.
Esta semana, al conocer nuevos datos sobre el mercado laboral panameño, una cifra se me quedó dando vueltas. Entre 479 personas consultadas sobre las barreras enfrentadas para conseguir empleo, 53% mencionó que le solicitaban más experiencia laboral de la que había alcanzado. Por encima de las limitaciones relacionadas con la edad, 40%, y del nivel educativo requerido, 34%.
No podemos convertir una muestra en una afirmación sobre todo Panamá. Pero tampoco deberíamos ignorar lo que nos está diciendo.
El propio estudio, al analizar a los jóvenes entre 15 y 24 años que no estudian, no trabajan ni reciben capacitación, señala dificultades para acceder a oportunidades laborales y menciona entre las posibles barreras la falta de experiencia y la limitada oferta de empleo juvenil.
La cifra me impactó porque describe una contradicción que he vivido del otro lado, como empresaria: formamos jóvenes a quienes después pedimos experiencia antes de permitirles adquirirla.
He abierto espacios para practicantes y aprendí rápidamente que hacerlo bien tampoco es gratis para una empresa. Requiere tiempo para acompañar, enseñar procesos, descubrir qué sabe hacer esa persona, darle retroalimentación y, muchas veces, construir el empalme entre su perfil de egreso y lo que una organización realmente necesita.
Esa distancia puede ser grande.
Pero cuando hacemos bien ese trabajo sucede algo extraordinario: la empresa recibe nuevas preguntas, capacidades y perspectivas; y el joven sale haciendo algo que antes no sabía hacer. Eso es creación de talento.
Por eso creo que la discusión alrededor de la nueva Ley 513 sobre pasantías debe ir mucho más allá de estar a favor o en contra.
Entiendo a quienes temen que una pasantía pueda convertirse en una forma de sustituir empleo formal por trabajo joven más barato. Ese riesgo merece controles y vigilancia. Pero existe otra pregunta que también debemos hacernos: ¿cómo construimos experiencia si nadie ofrece la primera experiencia?
El problema trasciende ese primer empleo. El BID encuentra que los jóvenes latinoamericanos tienen empleos de peor calidad que los adultos. Entre 2010 y 2022, esa brecha aumentó y, en calidad del empleo, alcanzó 15 puntos. El organismo recomienda alinear las habilidades con las necesidades de talento de los sectores productivos y mejorar la conexión entre quienes buscan empleo y lo que las empresas necesitan.
Aquí veo una oportunidad enorme para la educación superior.
Cada pasantía podría convertirse en un sensor de pertinencia del currículo.
¿Qué tuvo que aprender el estudiante al llegar a la empresa? ¿Qué competencia le faltó? ¿Qué sabía, pero no pudo aplicar? ¿Qué nuevas capacidades le exigieron la tecnología y la inteligencia artificial?
Si esa información regresara sistemáticamente a universidades e institutos, podríamos utilizar la experiencia real del mercado para revisar perfiles de egreso, competencias y currículos con mayor velocidad. No para convertir a la universidad en una fábrica de empleados, sino para evitar que el currículo permanezca inmóvil mientras el trabajo cambia.
Hay además una razón demográfica para actuar. Panamá envejece. Las proyecciones del INEC muestran que hacia 2050 aproximadamente uno de cada cuatro panameños tendrá 60 años o más. Aprovechar el talento de quienes hoy ingresan a la vida productiva es, por tanto, una cuestión educativa, social y económica.
La responsabilidad no puede recaer únicamente sobre el joven. Tampoco sobre la universidad o la empresa.
Necesitamos convertir la primera experiencia laboral en un espacio donde educación, empresa y Estado compartan la responsabilidad de formar talento mientras se genera valor.
Porque quizá la pregunta no sea cuánto cuesta darle experiencia a alguien que comienza.
La pregunta es cuánto le costará a Panamá seguir pidiendo experiencia a quienes nunca dejamos empezar.
La autora especialista en innovación educativa y transformación institucional- CEO de SénecaLab.


