Los pronósticos climáticos ya advertían que 2026 estaría marcado por uno de los episodios más intensos del fenómeno de El Niño registrados en las últimas décadas, acompañado por temperaturas excepcionalmente altas y alteraciones en los patrones normales de lluvia.
El 18 de marzo, en Soná, víspera de la fiesta de San José, cayó durante la tarde un aguacero de proporciones casi bíblicas que hizo pensar, por un momento, que aquellos pronósticos no serían tan precisos.
Sin embargo, conforme avanzaron los meses, el calor aumentó como pocas veces se había sentido y las lluvias comenzaron a disminuir.
Mayo, tradicionalmente considerado el preludio de la temporada lluviosa, apenas dejó algunas lloviznas dispersas que poco contribuyeron a recuperar el caudal de los ríos, fundamentales para la agricultura y la pesca de subsistencia.
Las noches de intenso calor obligaron a muchas familias que no cuentan con aire acondicionado a adquirir abanicos para sobrellevar las altas temperaturas.
Este episodio del fenómeno de El Niño nos recuerda que la naturaleza responde a los cambios que el propio ser humano ha provocado sobre el ambiente.
Durante décadas hemos reducido la cobertura boscosa bajo múltiples justificaciones y luego nos sorprendemos cuando disminuyen las lluvias que sostienen nuestros ríos, nuestros cultivos y el abastecimiento de agua.
Diversos especialistas han advertido que el aumento de la temperatura de los océanos favorece la formación de huracanes más intensos y de mayor capacidad destructiva. Los efectos del cambio climático también contribuyen a alterar los patrones de precipitación y a incrementar la frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos.
Hemos tratado a la naturaleza como una fuente inagotable de recursos y, muchas veces, únicamente como una oportunidad para hacer negocios y generar riqueza para unos pocos.
El uso excesivo de herbicidas, la expansión desordenada de la frontera agropecuaria y otras actividades humanas están deteriorando nuestros ríos y destruyendo la flora y la fauna acuáticas.
También resulta inevitable reflexionar sobre el impacto ambiental de ciertas actividades extractivas. Muchas empresas mineras destacan los beneficios económicos y la generación de empleo, pero basta observar extensas áreas que antes eran bosques y hoy son terrenos profundamente transformados para comprender la magnitud del impacto ambiental que producen estas actividades.
Existen procesos naturales que el ser humano no puede controlar. No podemos impedir la formación de huracanes ni modificar el ciclo natural de las lluvias. Sin embargo, sí podemos reducir nuestra vulnerabilidad mediante la protección de los bosques, la conservación de las cuencas hidrográficas y un uso más responsable de los recursos naturales.
Panamá posee un enorme potencial para fortalecer el ecoturismo como motor de desarrollo económico y, al mismo tiempo, preservar su extraordinaria riqueza ambiental. Varios de nuestros países vecinos han demostrado que es posible generar empleo y crecimiento económico apostando por un modelo de desarrollo sostenible.
El gran desafío consiste en comprender que el crecimiento económico y la protección del ambiente no deben verse como objetivos incompatibles. El año que vivimos bajo el súper Niño debería servirnos como una advertencia de que la naturaleza siempre termina recordándonos los límites que no debemos cruzar.
El autor es sociólogo y docente.


