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Formación docente

Educar para un país que ya no existe

Cuando está en juego el futuro de una nación, el silencio no es una opción.

Educar para un país que ya no existe
CORPRENSA//ELYSÉE FERNÁNDEZ//7-3-2022// MARZO // COVID 19, CORONAVIRUS, PANDEMIA, VIRUS, CONFINAMIENTO, AISLAMIENTOS, PANAMÁ // Imágenes del movimiento del primer día del año escolar 2022 de modo presencial en Arraiján, Panamá Oeste. *Escuela Bilingue El Tecal en Arraiján. Estudiantes, Maestros, Escuela, padres de familia, acudientes, Colegio, Colegial, Colegiales, busitos, transporte, Autopista Arraiján-La Chorrera, Niñas y Niños se despiden de sus padres en la entrada de los colegios. Gel y Alcohol en los salones. Mascarillas y Pantallas.

Panamá continúa educando para una realidad que quedó atrás. Mientras el mundo avanza, cambian las exigencias y evolucionan las habilidades, el sistema educativo responde a un modelo que ya no refleja el presente. Esta desconexión define el futuro de toda una generación.

Los resultados en evaluaciones internacionales como PISA han sido consistentes. Panamá se mantiene por debajo de los niveles esperados en lectura, matemáticas y ciencias.

Estas cifras no son nuevas. Han sido ampliamente mencionadas y reflejan una realidad conocida que, pese a ser señalada en múltiples ocasiones, no ha logrado traducirse en mejoras sostenidas.

La falta de resultados no es un dato aislado. Tiene consecuencias. Cada año sin cambios se traduce en estudiantes que no alcanzan las competencias necesarias para continuar su formación, insertarse en el mundo laboral o tomar decisiones con criterio.

No se trata solo de resultados académicos. Se trata de oportunidades que no llegan a desarrollarse y de un país que pierde capacidad de avanzar con equidad.

Sin embargo, el problema no se limita a las mediciones. Jornadas parciales, interrupciones del calendario y falta de continuidad reducen el impacto de la enseñanza. No basta con abrir las escuelas; es imprescindible garantizar un proceso educativo constante, comprensible y aplicable a la vida diaria.

No todos los estudiantes cuentan con las mismas condiciones para formarse. En áreas de difícil acceso, donde las lluvias afectan la movilidad y ponen en riesgo a estudiantes y docentes, el calendario escolar no puede responder a una lógica uniforme. Ajustarlo no es un privilegio, es una necesidad.

Este tema no es nuevo. Ha sido planteado previamente y, más recientemente, retomado en espacios de discusión pública. Se ha reconocido, pero aún espera traducirse en decisiones concretas.

Cuando las ideas no se traducen en acciones, quienes asumen las consecuencias no son las instituciones, sino los estudiantes: familias que realizan esfuerzos extraordinarios, comunidades que esperan soluciones y jóvenes que van quedando rezagados.

La educación no puede depender del lugar donde se nace. Como país, no es aceptable que las oportunidades se definan por el entorno.

Se hace necesario replantear el enfoque. Algunos sistemas educativos han comenzado a revisar el uso de la tecnología y a fortalecer habilidades esenciales como la lectura, la escritura y el pensamiento crítico. El desafío no está en elegir entre lo digital y lo tradicional, sino en asegurar que cada herramienta tenga sentido dentro del proceso educativo.

Educar no puede quedarse en lo inmediato. Debe preparar para la vida y para el país. Esto obliga a definir qué se debe aprender: no basta con cumplir programas ni acumular contenidos, sino formar en comprensión lectora, razonamiento matemático, pensamiento crítico, formación técnica pertinente y uso responsable de la tecnología, orientando el estudio hacia áreas donde el conocimiento genere desarrollo y oportunidades reales.

En ese esfuerzo, los ejes transversales —valores, ciudadanía, ética, convivencia y responsabilidad social— no pueden quedar al margen. Tampoco la formación y actualización docente: ningún cambio educativo será sostenible si no se fortalece a quienes están al frente del proceso de enseñanza.

Esto exige decisiones responsables, no por acumulación de recursos, sino por claridad de propósito.

Porque educar no es transmitir información.Es formar criterio.Es desarrollar pensamiento.Es preparar para la toma de decisiones.Es brindar herramientas para enfrentar la realidad.

Pero hay una pregunta que no puede seguir postergándose: ¿qué ocurre cuando un niño no se educa?

No se trata únicamente de la ausencia de conocimientos. Implica pérdida de oportunidades, limitaciones en la toma de decisiones y dependencia en lugar de autonomía.

La educación no es opcional. Es un derecho que conlleva la obligación de garantizarlo.

Cuando esa obligación no se cumple, la consecuencia recae directamente sobre el niño. No es un castigo impuesto por una norma, pero en la práctica termina limitando su libertad antes de que tenga la oportunidad de ejercerla.

Un niño sin formación adecuada no solo queda en desventaja. Queda expuesto a un entorno donde la falta de herramientas condiciona sus decisiones y reduce sus posibilidades de desarrollo.

La falta de educación está en la base de muchos de los deterioros que enfrenta una sociedad.

Educar hoy es evitar castigar el mañana.

La pérdida no es individual. Afecta a la familia, impacta al entorno y compromete al país.

No se trata de señalar. Se trata de asumir. No se trata de discursos. Se trata de decisiones.

Cuando la educación se posterga, no se debilita un sistema. Se compromete una generación. Y cuando esa generación no recibe las herramientas necesarias, la consecuencia limita el desarrollo nacional.

La pregunta final no es menor: ¿Estamos formando para el país que tenemos o para el que viene?

Porque si se continúa educando para un país que ya no existe, no solo se pierde tiempo. Se compromete el futuro.

Como panameños, esto nos corresponde a todos. El dolor de uno también es del otro. Al final, familia es familia.

La autora es educadora.


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