Hace décadas, en las aulas panameñas donde crecí, el ambiente era un tema marginal. Se hablaba de cárcavas o del agujero en la capa de ozono como curiosidades aisladas, sin comprender que formaban parte de un sistema vivo y vulnerable. Hoy, aunque términos como biodiversidad o cambio climático circulan con facilidad, seguimos perdiendo bosques, contaminando ríos y normalizando la destrucción como si fuese el precio inevitable del progreso. La paradoja es clara: sabemos más, pero actuamos menos.
El verdadero reto no es la información, sino la formación. La educación ambiental auténtica no se limita a repetir conceptos; forma conciencia, construye ética y enseña a ver las conexiones invisibles entre bosque y agua, suelo y alimento, política y bienestar colectivo. Sin ella, ciudadanos, empresarios y gobernantes terminan siendo parte del problema, no de la solución.
Panamá, país megadiverso y profundamente vulnerable, necesita con urgencia una cultura ambiental arraigada. No basta con leyes si no hay ciudadanos capaces de exigir su cumplimiento. No basta con áreas protegidas si no hay comunidades que las valoren como propias. En ese marco cobra sentido el 26 de enero, Día Mundial de la Educación Ambiental, que no debería entenderse como una fecha protocolaria, sino como un llamado a repensar cómo educamos, decidimos y convivimos con la naturaleza.
La figura de Jane Goodall (1934) ofrece una brújula ética. Más allá de su legado científico con los chimpancés, su aporte reside en demostrar que la empatía, la observación rigurosa y la acción constante pueden transformar la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Su programa Roots & Shoots resume una pedagogía poderosa: aprender, servir y actuar. No basta con indignarse; hay que organizarse. No basta con amar la naturaleza; hay que defenderla con hechos.
Inspirados en ese espíritu surge la visión de una Escuela de Educación Ambiental “Jane Goodall”, concebida no como un edificio aislado, sino como un modelo de formación continua, presente en territorios críticos como la península de Burica, una de las últimas fronteras de biodiversidad especial de Panamá. Allí, donde bosques fragmentados con especies endémicas conviven con potreros y asentamientos humanos, la educación ambiental debe ser realista y esperanzadora. Debe demostrar que conservar no es renunciar al desarrollo, sino rediseñarlo.
En ese contexto, enseñar que un mono aullador no es solo un animal, sino un indicador de salud ecosistémica; que un bosque nuboso no es tierra ociosa, sino infraestructura natural que garantiza agua limpia aguas abajo; que el manglar no estorba, sino que protege costas y sustenta pesquerías. Esa es la educación que transforma percepciones y prácticas.
Pero esta tarea no puede recaer únicamente en maestros idealistas o iniciativas aisladas. Requiere compromiso colectivo. El sector privado y los medios deben entender que la responsabilidad ambiental no es marketing, sino prevención. La política pública debe dejar de tratar el ambiente como un trámite burocrático y reconocerlo como una inversión estratégica. El sistema educativo debe integrar la ecología con enfoque local, vinculando aula y territorio. Y los medios deben elevar el debate, sin normalizar la destrucción.
Como advirtió Jane Goodall, el mayor peligro para nuestro futuro es la apatía. Este 26 de enero, Panamá enfrenta una decisión clara: ¿formaremos consumidores pasivos del territorio o guardianes conscientes de un patrimonio natural irrepetible? La respuesta no está en los discursos, sino en las decisiones cotidianas: en lo que enseñamos, en lo que exigimos y en lo que protegemos.
La escuela “Jane Goodall” no aspira a ser un monumento, sino una promesa: que con educación, empatía y acción aún es posible construir un Panamá donde la naturaleza no sea el fondo de la historia, sino su protagonista.
Instamos a cada ciudadano, desde cualquier oficio, a convertirse en el mejor maestro de la mejor educación ambiental, aquella que enseña a respetar, amar y proteger la naturaleza y todos los elementos físicos y biológicos que la constituyen. No es pedir mucho: es pedir lo mínimo que todos debemos aportar.
El autor es biólogo y presidente de Proyecto Primates Panamá.


